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Martes 14 de Febrero de 2012

¡Qué oso!

La mala calificación otorgada a Colombia por la organización Transparencia Internacional en materia de corrupción, debería poner de presente que las cosas no sólo no andan bien, sino que la situación es cada vez más preocupante.

La incertidumbre política por cuenta de la reelección, el deterioro institucional creciente, la politización de las cortes, la pérdida de independencia que se viene dando en entes que deberían ser autónomos, la imposibilidad para contar con Fiscal General, la poca legitimidad de un Congreso, en el que una gran parte de los elegidos se encuentran presos o investigados, y quienes están nombrados tienen poca representatividad y no asisten a las sesiones. Una justicia ausente y sin ningún encargado del tema en el Gobierno, pues la desafortunada fusión de ministerios la dejó huérfana del apoyo gubernamental y agravó el distanciamiento del Ejecutivo con la rama judicial.

Falsos positivos, malas relaciones con muchos países y una total incapacidad de gestión en frentes que deberían ser prioridad, como es el tema de la infraestructura, entre los muchos problemas que enfrenta el país, deberían ser motivo suficiente para pensar que las cosas no van bien y que se necesita un viraje en muchos campos. Las cosas son más críticas, aún, cuando la corrupción crece y se generaliza. Los escándalos del Inco, las maturrangas con el Agro Ingreso Seguro, las preguntas que surgen en el tema del satélite, el fracaso del Runt, los líos con el Convenio Andrés Bello, entre otros, ponen de presente que la ética en el manejo de los asuntos del Estado se encuentra en crisis, y confirma lo que en muchos países se ha observado cuando los gobiernos se perpetúan, y es que no importa las buenas intenciones del gobernante ni su honestidad; a su alrededor se van enquistando funestos personajes que aprenden a moverse en los vericuetos del Estado para apropiarse de inmensos recursos.

Las caras nuevas en los carros oficiales, cada cuatro años, son garantía de renovación y reducen la posibilidad de que los delincuentes terminen manejando a su favor los hilos del gobierno, que necesitan para cometer sus delitos.

Uribe es un presidente que ha hecho cosas positivas y le dio al país confianza. Con errores, pero le dio un impulso que necesitaba. Perpetuarlo, sin embargo, es acrecentar los riesgos de que todos esos problemas de que hablábamos se vuelvan cada vez peores. Por eso, resulta importante evitar, por la vía democrática, ese riesgo. Para ello, se necesita una oposición organizada, que deje a un lado sus ambiciones individuales y trate de aglutinarse alrededor de una agenda común mínima.

El oso que hizo la oposición en la votación de la moción de censura del Ministro de Agricultura, sin embargo, muestra que estamos muy lejos de contar con políticos serios que puedan construir una alternativa. Con actitudes como esa, vamos hacia un tercer período de Uribe con todo lo negativo que eso trae por cuenta, en buena medida, de la incapacidad de quienes deberían jugar un papel definitivo en la conformación de opciones políticas. En el voto de opinión está, pues, la esperanza

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
22 de noviembre de 2009
Autor

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