La sorpresiva decisión de la junta directiva del Banco de la República, que al cabo de varias horas de intensa discusión decidió el lunes pasado rebajar en medio punto porcentual la tasa de interés que le cobra al sector financiero cuando le inyecta liquidez, fue bien recibida por los observadores. Al fin de cuentas, se trata de un esfuerzo adicional orientado a estimular una economía que sigue sin dar muestras contundentes de reactivación. En consecuencia, tanto el dólar como la Bolsa de Valores reaccionaron en forma positiva e inmediata ante lo sucedido.
Para el Emisor, la medida fue posible gracias al descenso acelerado en la tasa de inflación que apunta a terminar el 2009 por debajo del 3 por ciento. En ese sentido, el recorte de intereses hasta el 3,5 por ciento anual permite mantener una tasa real positiva, que en todo caso es inferior en 6,5 puntos porcentuales al nivel que tenía en diciembre pasado. Buena parte de esa reducción se ha transmitido a los usuarios del crédito. Según la Superintendencia Financiera, al cierre de septiembre el costo promedio del dinero en Colombia, para las diferentes modalidades, era 15,3 por ciento anual, 5,67 puntos porcentuales menos que 12 meses atrás.
No obstante, las diferencias son amplias dependiendo del tipo de cartera. La comercial, por ejemplo, llegó en esa fecha a tasas anuales del 14,05 por ciento, mientras que la de consumo fue de 24,24 por ciento, la hipotecaria de 13,65 por ciento y la de los microcréditos alcanzó el 30,98 por ciento. Además, los recortes no han tenido lugar en forma uniforme, pues estos han oscilado entre casi 6 puntos porcentuales para la primera categoría y menos de un punto para la última.
Debido a esa situación hay quienes sostienen que, ante el descenso acelerado en el terreno inflacionario, los intereses reales que hoy pagan buena parte de los usuarios del sector bancario son de hecho más altos que hace un año, en la mayoría de los segmentos. Dicho de otra manera, quienes más han salido beneficiados son los llamados clientes 'triple A' cuya solidez y solvencia los coloca en el grupo de los más apetecidos.
Pero ese no es el único inconveniente. Las encuestas que hace periódicamente el Banco de la República entre las entidades financieras comprueban que la totalidad ha endurecido los criterios a la hora de otorgar créditos. El motivo principal es que la aversión al riesgo es mucho mayor ahora, con lo cual las causas para que una institución le diga que no a quien le solicita dinero son más numerosas que en el pasado. Por ejemplo, quienes están en el negocio de los automóviles se quejan de que han tenido que sacrificar ventas debido a que una porción importante de sus compradores potenciales son rechazados, sobre todo si se trata de personas jóvenes o de trabajadores independientes.
En respuesta, los bancos reconocen que son más cautos, pues si alguna lección quedó de la crisis financiera de hace 10 años es que hay que activar las alarmas cuando la economía entra en recesión. Además, las estadísticas demuestran que la cartera vencida ha aumentado en forma importante, si bien se mantiene en cifras manejables. De acuerdo con los datos oficiales, ésta llegó a 6,8 billones de pesos a finales de septiembre, que equivale a un 4,6 por ciento del total. Aunque el alza en dicho indicador ha sido del 15 por ciento en el último año, hay suficientes provisiones para que el tema esté bajo control. De manera complementaria, los voceros del sector sostienen que el costo de los créditos responde a los perfiles de riesgo en cada categoría, así como al costo de su administración.
Tales argumentos son válidos, pero merecen ser discutidos. Y es que a pesar de que nadie puede invitar a los bancos a hacer préstamos en forma irresponsable, no está de más preguntarse si las talanqueras son demasiado altas. Dicho de otra forma, el efecto benéfico que puede tener la nueva rebaja en las tasas de interés, promovida por el Banco de la República, se puede diluir si tales recortes no le llegan al público o si la llave de los créditos sigue cerrada, como ha sido el caso en Colombia. Se trata, claro, de estimular la demanda, pero también hay que buscar que se mueva la oferta.
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