La VII Conferencia Ministerial de la OMC reunida esta semana en el espléndido palacete de estilo florentino ubicado al borde del lago Lemán en Ginebra congrega una centena de ministros y 2.600 delegados para examinar, según la agenda oficial, el funcionamiento del sistema multilateral de comercio y aprobar dos decisiones menores e intrascendentales sobre la moratoria de los reclamos en propiedad intelectual y comercio electrónico.
La relevancia del cónclave ministerial estriba entonces en los contactos informales que los funcionarios efectúan en los corredores de la OMC para decidir si se mantiene la meta del G-20, el año 2010, para cerrar el ciclo más largo de negociaciones comerciales de la historia del sistema multilateral de comercio creado en 1947.
Desde sus comienzos, la Ronda de Doha ha pasado del desaliento a la frustración colectiva. El mundo recuerda con estupor las violentas protestas antiglobalización de 40.000 manifestantes en la ciudad de Seattle, que literalmente sitiaron el Centro de Convenciones en noviembre de 1999, cuyos desmanes obligaron al entonces presidente Bill Clinton a abortar la reunión ministerial. La comunidad internacional tampoco olvida el colapso de la V Conferencia Ministerial de Cancún en septiembre de 2003, generado por la intransigencia de las grandes potencias, y el fiasco reciente de la Conferencia Ministerial de Ginebra en julio de 2008, resultado del desacuerdo entre Estados Unidos e India por la salvaguardia agrícola.
El escenario de insatisfacción y protestas no ha cambiado. Pascal Lamy, director general de la OMC, sostiene desde hace 18 meses que las negociaciones están al 80 por ciento. El 20 por ciento restante, que contiene la nuez de la negociación, agricultura y la dimensión del desarrollo, divide a los países desarrollados y en desarrollo. La inquietante manifestación realizada en el casco antiguo de Ginebra el fin de semana pasado indica que el fenómeno antiglobalización sigue asediando a la OMC.
La época para convocar esta Conferencia es desafortunada, pues coincide con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. La Comisión Europea se encuentra en una situación de interinidad hasta que el Parlamento Europeo confirme el nombramiento de sus miembros a comienzos del año entrante, incluido la designación del nuevo comisario (ministro) de Comercio europeo, el ex canciller belga Karel de Gucht.
Tiene razón el ex embajador de Estados Unidos ante la OMC, Peter Allgeier (cuyo sucesor Michael Punke, designado hace meses por el presidente Obama, se encuentra en espera de la ratificación del Senado), cuando afirma que "todos esperan que Estados Unidos rescate las negociaciones". El problema es que la agenda política en Washington se centra en los asuntos domésticos relativos a la reforma del sistema de salud y al cambio climático en lo internacional, sin prioridad alguna para las negociaciones comerciales.
La realidad es que las grandes potencias no están actualmente en condiciones de tomar las decisiones requeridas para finalizar la Ronda de Doha. Como diría un pensador europeo, el problema es que hoy se puede ser más pesimista de la voluntad que de la inteligencia. No falta inteligencia para comprender qué tenemos que hacer en la OMC; lo que falla es la voluntad para ponerlo en práctica.
aespinosa@minagricultura.gov.co
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