En Latinoamérica se suceden hechos que permanentemente nos desconciertan y nos llenan de desconfianza sobre las instituciones, y en algunos casos, nos hacen pensar que tienen razón aquellos que nos tratan como 'Repúblicas Bananeras'.
El último es de Ripley. Tumban mediante un golpe de Estado al presidente Manuel Zelaya en Honduras, a menos de un semestre de terminar su mandato. El Gobierno de facto promueve y realiza unas elecciones, a todas luces ilegítimas, y con éstas se coloca en el Gobierno a un derechista que satisface las aspiraciones de los norteamericanos. Se muere la 'Carta Democrática' de la OEA.
Estados unidos y Colombia reconocen el proceso espurio. Todo vale, mientras se justifique después con un 'golpe de opinión'. Otro ejemplo es también la manifestación de estos infundios. Lo que sí tienen en común es que son antidemocráticos, destruyen las instituciones y los equilibrios en el poder y magnifican el caudillismo y el populismo.
Eso mismo ha hecho Chávez en Venezuela, a nombre de un proyecto que nadie sabe en realidad hacia adónde va: 'El socialismo del siglo XXI'. Los postulados del proyecto no parecen corresponder a la realidad de la acción política y para su supervivencia éste depende casi que exclusivamente del comportamiento de los precios del petróleo. ¡Qué desperdicio de tanta riqueza! Adicionalmente, sus manifestaciones destempladas lo enfrentan con amigos y enemigos, casi siempre fortaleciendo a sus peores contradictores.
Y eso también hace Uribe, con una triple falacia que lo lleva a la "encrucijada del alma". Con una 'aparente' seguridad que implica la contribución a la inestabilidad regional, con el uso de bases militares por parte de los 'guerreristas' norteamericanos, que simultáneamente destruyen la institucionalidad y la democracia. Una seguridad inversionista que ha provocado, en contraposición, la mayor catástrofe social. Con un ejercicio populista, a partir de subsidios que manipulan el 'Estado de Opinión', a costa de abrir aún más la brecha de la desigualdad y provocar cada vez menor cohesión social.
Otro elemento común en toda Latinoamérica es la permanencia de proyectos personales de pequeños caudillos y no de país, ni de creación de liderazgos. Se cambian las reglas de juego para favorecer la permanencia en el poder. Ellos se consideran irremplazables, porque se creen sus propias mentiras. Simplemente megalómanos.
Sin embargo, a veces uno piensa que no todo está perdido. En Uruguay, Brasil o Chile se fortalecen los procesos democráticos y la transparencia política. Los ejemplos de tres de los presidentes con más altos niveles de popularidad, dentro y fuera de sus países. Tabaré Vázquez, Luiz Inácio Lula Da Silva y Michelle Bachelet, son paradigmáticos. Estas tres democracias ya tuvieron su propia dosis de dictadura y estupidez. Parece que sus ciudadanos y sus líderes aprendieron la lección.
En Colombia hay que entender que la encrucijada de Uribe es la suya, no la de nuestra nación. Que existen proyectos alternativos que respetan y promueven el fortalecimiento de la institucionalidad. Proyectos que proponen soluciones importantes para el desarrollo productivo, que se la juegan por un cambio estructural en la terrible tragedia del campo, que creen en lo multilateral, y no en un miope bilateralismo, y que entienden que el desarrollo y la equidad son una obligación para todos y no simplemente para el éxito del sector financiero y de los inversionistas.
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