La inversión extranjera en Colombia liderada, en lo inmediato, por la minería y los hidrocarburos está cada vez más presente y extendida a lo largo y ancho del país. Dentro de no mucho tiempo y ante las inmensas necesidades de alimentos, seguramente los inversionistas extranjeros interesados en adquirir tierra y en participar en proyectos agropecuarios que apunten a satisfacer las necesidades de esos grandes grupos de población, empezarán a llegar y se sumarán a los que están ya presentes. Sólo pensar en comunicaciones, comercio detallista, productos de consumo masivo o las licitaciones de infraestructura en curso nos ratifica que ya están aquí e, indudablemente, esperan quedarse por largo tiempo y participar del proceso de desarrollo de un país que, a pesar de sus dificultades, tiene un dinamismo impresionante. Qué bueno que lleguen estas empresas con sus recursos, tecnología y experiencia. Pero también qué bueno que entiendan que si quieren participar de las ganancias y favorecerse de lo que obtienen deben ser parte del proceso y no sólo beneficiarios del mismo. Es cierto que todos estos inversionistas tributan y, seguramente la gran mayoría, son cumplidores de las normas; pero es que del empresario se espera más que eso. El empresario tiene una Responsabilidad Social que no debe eludir y que no se puede limitar a cumplir la ley. A eso estamos obligados todos, y es lo mínimo que se puede esperar de quien llega a lucrarse al venir al país. En el tema ambiental, por ejemplo, muchas de estas empresas lo miran con un enfoque puramente jurídico y se sienten satisfechas cuando cumplen estrictamente con lo que han acordado con el Gobierno, o con las normas vigentes. Lo que no se puede olvidar es que en esos procesos de concertación la capacidad de negociación y de presión de muchas de estas compañías es muy grande y lo que termina siendo su obligación no es siempre lo que más le hubiera convenido al país. De otra parte, por ejemplo, con el afán de otorgar estímulos tributarios se termina reduciendo para estas compañías la tasa efectiva de tributación en forma considerable. Esas, sin embargo, son las reglas de juego y no es criticable que se favorecen de ellas. Su compromiso con el país, no obstante, debería manifestarse es en cosas que vayan más allá de sus obligaciones jurídicas. Un amplio campo para mostrar su compromiso con Colombia está en el apoyo que pueden dar a alguna de las múltiples iniciativas que en el país se adelantan para construir sociedad, por cuenta de colombianos comprometidos que aportan su tiempo, su energía y sus conocimientos pero que, usualmente, tienen en la falta de recursos el gran obstáculo. Los inversionistas extranjeros tienen la posibilidad de apoyar muchas de estas iniciativas compartiendo el esfuerzo con el puñado de empresas y empresarios colombianos que siempre han llevado la carga de estos proyectos. Bienvenidos, pues, señores inversionistas extranjeros, pero 'no le saquen el cuerpo' a sus deberes como parte de un país en construcción que los acoge y que requiere del concurso de todos.
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