Las recesiones o las depresiones son motivadas, entre otros factores por acciones u omisiones de los organismos y funcionarios que tienen a su cargo la conducción de la política fiscal, monetaria, cambiaria y crediticia. Las crisis financieras no ocurren de manera fortuita, ni tampoco se explican con el superficial argumento de ser la consecuencia natural de los ciclos económicos. Las recesiones o las depresiones son motivadas, entre otros factores por acciones u omisiones de los organismos y funcionarios que tienen a su cargo la conducción de la política fiscal, monetaria, cambiaria y crediticia. Hacer claridad sobre estos puntos es necesario al momento de recoger las experiencias y lecciones históricas de los últimos años. Si bien es cierto que el detonante central de la crisis en E.U. fue la onda de especulación en el sector inmobiliario que se trasladó con velocidad a los mercados financieros, el desbordado ritmo de endeudamiento norteamericano, las fallas regulatorias y la decisión de la FED de mantener bajas las tasas de interés por un periodo prolongado, ambientaron una fiesta de irresponsabilidad, con estragos que se recuerdan con pavura. Al hacer una comparación de la recesión del 2008-2009 con la Gran Depresión, autores como Liquat Ahamed con su libro Lords of finance, concluyen que la catástrofe económica de 1929 fue producto de las desacertadas decisiones que Montagu Norman, cabeza del Banco de Inglaterra, Benjamin Strong en la Reserva Federal, Hjalmar Schacht en el Banco Central Alemán y Emile Moreau en el Banco de Francia tomaron durante la década previa al desastre. Como lo comprueban las fuentes históricas, se empecinaron en reestablecer el patrón oro como rector de la política monetaria, lo que ante la distribución desigual de las reservas de oro entre las principales economías, condujo imprudentemente a mantener bajas las tasas de interés en E.U. y a oxigenar la economía alemana, para cumplir las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, con una gran dependencia en endeudamiento de corto plazo. Esto desató una oleada de especulación en Wall Street, que al momento de intentar corregirla con un alza de tasas de interés, produjo la debacle. Frente a la crisis reciente, aunque se le endilgue responsabilidad a la FED de Alan Greenspan, los banqueros centrales han sido distinguidos como los salvadores que evitaron otra depresión. El reconocimiento a Bernanke como personaje del 2009, por parte de la revista Time, es el elogio a los resultados de la coordinación adelantada con las autoridades monetarias del Reino Unido, Europa y Japón, principalmente. Sin embargo, es prudente reflexionar sobre las consecuencias de estas acciones, utilizando la evaluación realizada por el Banco de Pagos Internacionales sobre las medidas monetarias no convencionales empleadas para conjurar la crisis. Para esta institución, el uso que se le dio al balance de los bancos centrales hacia la adquisición de 'activos tóxicos', el financiamiento de empresas y la capitalización de bancos permitió estabilizar los mercados, aunque generando grandes interrogantes. El haber sustituido la intermediación privada favoreciendo sectores específicos ha generando precedentes de dependencia y riesgo moral, que no deben ignorarse. Asimismo, al adquirir elevados volúmenes de deuda pública, la necesidad de coordinar con las autoridades fiscales el manejo del endeudamiento de corto y mediano plazo puede arriesgar independencia e inclusive su vocación anti-inflacionaria. Como lo indica este organismo, las medidas empleadas en los últimos dos años deben ser exclusivas para momentos extremos. Convertirlas en instrumentos convencionales por presiones políticas, puede conducir nuevamente a los redentores por el camino del pecado.
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