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Martes 14 de Febrero de 2012

Editorial / Sueños y pesadillas

Estados Unidos está llamado a seguir siendo un ejemplo en el que la diversidad y la libertad crean prosperidad. Cuarenta y siete años después del sueño de Luther King, los norteamericanos no pueden permitir que el sectarismo los conduzca a una decadente pesadilla.

Históricamente, Estados Unidos se ha caracterizado por ser un país abierto a la inmigración, mediante la cual personas de distintas culturas y nacionalidades han sido acogidas en un ambiente de diversidad, libertad y respeto. Esa característica, que entre 1900 y 1909 abrió sus puertas a más de ocho millones de personas, y que en los últimos cincuenta años se acerca a los cuarenta millones de inmigrantes legales, ha sido la base del reconocido sueño americano.

Gracias a esta apertura al talento, al trabajo y la formación proveniente de otros países, Estados Unidos ha construido un enorme patrimonio de riquezas en la ciencia, las artes, el deporte, la música, la arquitectura, la tecnología y los negocios.

Esta especial característica norteamericana se originó con la decimocuarta enmienda constitucional, que entró en vigencia el 9 de julio de 1868, reconociendo como ciudadano a todo aquel que naciera sobre su suelo, independientemente de la nacionalidad de sus padres.

Como resultado de esa transformación, durante el siglo XX el país atrajo con magnetismo a millones de extranjeros dispuestos a contribuir con su esmero al futuro de sus hijos, combinando la herencia ancestral con el ímpetu de una potencia en ascenso.

Algunos de los más claros testimonios vivos de esa fortaleza son la elección de Barack Obama como primer presidente afroamericano, cuyas raíces paternas se encuentran en los lejanos rincones rurales de Kenya, y la reciente coronación -el pasado 16 de mayo- de Rima Fakih como la primera Miss America musulmana. Estos hechos han sido motivo de orgullo junto con el recuerdo de aquel 28 de agosto de 1963, cuando Martin Luther King Jr. soñaba, frente a la estatua de Lincoln, con una nación donde todos los seres humanos fueran iguales.

Lamentablemente, en medio de estos valiosos acontecimientos, que incluyen aquella mañana de 1957 en la que el presidente Eisenhower, luego de quitarse los zapatos, pronunció el discurso de apertura del Centro Islámico de la ciudad de Washington, invitando a la convivencia de las religiones en una democracia liberal, algunos sucesos recientes parecen estar atentando contra esa herencia.

La Ley antiinmigración ilegal promulgada por el estado de Arizona y la creciente polémica por la construcción de un centro cultural islámico, a cinco cuadras de la locación donde se encontraban las torres gemelas, han puesto en evidencia un preocupante discurso intolerante, excluyente y verbalmente violento frente a la pluralidad y la convivencia.

Estas dos últimas situaciones son bochornosas, y prenden alarmas sobre un sentimiento de rechazo cultural y religioso que puede destruir, si no se corrige a tiempo, uno de los más preciados tesoros de la cultura estadounidense.

En el caso del debate sobre dicho centro cultural en la ciudad de Nueva York, sus más voraces críticos, muchos de ellos políticos buscando beneficios electorales, desconocen que en la tierra del Tío Sam existen cerca de tres millones de musulmanes y un poco menos de dos mil mezquitas, las cuales han sido construidas en sintonía con una cultura donde impera la libertad de credo. Tratar de convertir al Islam en sinónimo de odio y terror, como lo hacen miles de activistas radicales, es un error que podría conducir a episodios fatales.

Para evitar que esto suceda, vale la pena escuchar la brillante conferencia del filósofo Daniel Dennett, pronunciada en el 2006 para el foro TED. En ella, Dennett hacía un llamado a que todos los colegios y universidades se preocuparan por educar a sus alumnos sobre las distintas religiones del mundo, exponiendo sus raíces, valores, principios y credos, con el objetivo de informar y evitar que la ignorancia condujera al miedo y, por ende, al rechazo. Estados Unidos está llamado a seguir siendo un ejemplo en el que la diversidad y la libertad crean prosperidad.

Thomas Jefferson, quien redactó la Declaración de Independencia inspirado en la igualdad, fue un lector minucioso y respetuoso del Corán. Cuarenta y siete años después del sueño de Luther King, los norteamericanos no pueden permitir que el sectarismo los conduzca a una decadente pesadilla.

Publicación
portafolio.co
Sección
Otros
Fecha de publicación
2 de septiembre de 2010
Autor

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