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En el artículo publicado la semana anterior sobre la Colombia rural, señalé que “los estudiantes de primaria, niñas y niños de Amazonas, Arauca, Guajira, Córdoba, Chocó y Putumayo -por ejemplo-, pasaron el primer trimestre del año sin estudiar o haciéndolo a medias, sin comida, profesores, ni transporte, y recibiendo ‘clases’ en infraestructuras de lástima”. La verdad, me quedé corto. Omití mencionar su desgracia mayor.
El sábado 19 de mayo la realidad superó la reseña.
Se conoció que 14 menores de edad, estudiantes de escuelas rurales en veredas del municipio de Puerto Guzmán, en el departamento de Putumayo, frontera con Ecuador, habían sido “reclutados” por la guerrilla de las Farc.
La mayoría son niñas. Tienen un promedio de trece años de edad. Las autoridades del departamento confirmaron el hecho, pero este no alcanzó el grado de suceso nacional. Se extravió en el remolino de otras informaciones, de otros intereses.
Ese es el drama de miles de niñas y niños en la inmensa Colombia rural.
Están siendo cazados por los grupos subversivos, por los paramilitares, las Bacrim, tentados para solucionar su pobreza en la delincuencia común, azotados por el imaginario de la riqueza fácil y rápida que nos legó el narco.
¿Qué porcentaje de ese ‘reclutamiento’, explica las cifras de deserción escolar?
El peligro se cierne sobre niñas y niños en el tortuoso camino que va de sus viviendas en la selva o el campo adusto a las instituciones educativas.
Es un milagro que lleguen. Sobre todo, cuando por falta de acuerdo y procedimientos expeditos entre las entidades de los gobiernos locales, departamentales y nacionales no se puede implementar oportunamente un servicio de transporte.
Hay que atrochar.
También están en los internados. Viven allí, en condiciones de esfuerzo enorme, estoicamente. No tienen que viajar todos los días. Ir y volver. Dos, tres horas diarias, o incluso más. Como en el Putumayo. Miembros de las Farc interrumpieron las clases, las sustituyeron por la ‘Cátedra Bolivariana’. Imaginen la escena.
Condiciones difíciles, una edad incierta. Les prometen un mundo mejor. Espejismos. O vienen o vienen.
En total, se fueron 14. No se volvió a saber nada de ellos. De ellas. Se van a cumplir su triple condición en la guerrilla: combatientes, servidoras y esclavas sexuales.
Por su parte, los paramilitares del Magdalena Medio reclutan niños para vender droga en los colegios, para distribuirla en bares y discotecas. Los ‘enganchan’ ofreciéndoles dulces y dinero.
La Iglesia Católica afirma, por su parte, que en los colegios del sur del departamento de Bolívar hay marihuana y ‘perica’, de las Bacrim.
Bruno Moro, coordinador residente de las Naciones Unidas para Colombia, asegura que el reclutamiento de menores es un fenómeno que crece en el país. Acaban de cazar 14. Sobre ellos y ellas, cae la ley del silencio.
Carlos Gustavo Álvarez
Periodista
cgalvarezg@gmail.com
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