Publicidad
Publicidad
En el transcurso de esta Copa Uefa Euro 2012, que regala el mejor fútbol del mundo, los aficionados hemos visto cómo se consolida un tipo de futbolista: el narciso.
Que tiene en la estrella portuguesa Cristiano Ronaldo su más engreído representante.
Criatura novedosa, mixtura de modelo y reina de belleza, ha convertido la cancha en una pasarela y salta a la grama a cumplir actividades vistosas.
En el caso de Cristiano, el buen fútbol que juega con habilidad y velocidad inigualables, está supeditado al permanente y calculado trabajo de exhibición que hace para las cámaras de TV.
A la producción de gestos, mímicas y expresiones premeditadas cuyo registro él mismo supervisa intensamente en la pantalla del estadio. Al deleite de su propia contemplación embelesada, que convierte al mitológico Narciso en un preescolar incipiente de la vanidad.
El auge del futbolista narciso es posible gracias a una conjugación de factores.
La vida de nuestro tiempo se ha mediatizado completamente, tanto en los confines de la vida pública como en el trámite de los procesos públicos.
La visibilidad posible y la exposición multiplicada nos han convertido en seres que ejercemos la vanidad como una profesión. La autocontemplación se ha exacerbado de una manera enfermiza, y mostrar belleza y cualidades rotuladas es el propósito fundamental de hombres y mujeres.
Al respecto, una amiga atractiva me decía que después de varios días de correspondencia por Internet, había concertado una cita con un pretendiente anhelado.
Sin embargo, acudió al encuentro vestida de una forma recatada, tratando de que sus cualidades físicas no reemplazaran el brillo de su personalidad. Prefirió ser iceberg que pirámide invertida. “Porque si se enamora de mi culo o de mis tetas, estoy perdida”, dijo.
Es un caso aislado.
Vamos por la vida mostrando todo y aprovechando el cuartico de hora de la plenitud física, puesta al servicio de marcas y productos. La moda es un cepo. Asuntos resumidos en los libros La cultura del narcisismo, El imperio de lo efímero y El factor fama.
Cristiano Ronaldo, Adonis de nuestro tiempo, vive de eso y para eso.
No se imagina uno, y eso deben saberlo con más holgura conocedores de la historia como Hernán Peláez e Iván Mejía, que el mono, y también churro para las mujeres de los años 50, Alfredo Di Stéfano, saliera a la grama de El Campín de El Dorado, a hacer algo diferente de jugar fútbol.
Porque eso era, por encima de todo: un jugador de fútbol. Condición humana que tiene clarita Lionel Messi. Por eso es el mejor del mundo.
Cristiano, como Narciso, está fascinado por la belleza de su reflejo. Vivirá contemplándose. Y también jugará fútbol.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
Todos los comentarios en Portafolio.co son hechos por personas registradas y plenamente identificadas.











