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La crisis de gobernabilidad que se ha armado con el hundimiento de la reforma a la Justicia ha puesto a todos a especular sobre qué debería hacer el Gobierno para no quedar cojo durante los próximos dos años y poder ejecutar las políticas que requiere el país.
En el panorama, hay dos caminos muy distintos.
El primero podría denominarse ‘sana que sana, aquí no ha pasado nada’, y consiste en tratar de curar con pañitos de agua tibia las heridas que se abrieron en las relaciones del Poder Ejecutivo con el resto del Estado.
Eso de tratar de estar bien con todo el mundo era fácil de alcanzar mientras todos querían estar bien con el Gobierno, en aquel unanimismo que imperó en los dos primeros años del mandato de Santos. Pero ahora las cosas son distintas.
Mientras más cae la popularidad del Presidente, más incentivos hay para que congresistas y otros actores relevantes traten de armar tolda aparte para capitalizar la crisis.
Y de hecho, la tolda ya se armó: el Puro Centro Democrático con que el expresidente Uribe ha institucionalizado su oposición al Gobierno.
Con una oposición envalentonada y unos parlamentarios volubles, la vieja receta de ayúdame que yo te ayudaré sería costosísima y poco eficaz. El peaje para pasar cualquier iniciativa en el Congreso aumentaría sensiblemente y el Gobierno claudicaría en su intención de sacar adelante las reformas más importantes que requiere el país (la laboral, la educativa, la pensional y la tributaria), como ya lo ha dicho el mismo presidente Santos.
Pero los problemas del camino tradicional van más allá. Si el Gobierno insiste en limar asperezas con el Congreso y otros actores políticos a la vieja usanza, con favores aquí y allá, estaría desconociendo el cambio más grande que se ha dado en mucho tiempo en el panorama político nacional: el hartazgo de la mayoría silenciosa con la politiquería y la corrupción.
Juan Manuel Santos ya había sentido los pasos de ese animal grande en la campaña presidencial, cuando Antanas Mockus empezó a doblegarlo en las encuestas.
En ese momento, Santos conjuró la amenaza arrebatándole la bandera contra la corrupción al candidato verde, para venir a ver que esa bandera ha terminado pisoteada con el autogol de la reforma a la Justicia.
Ahora hay una oportunidad para la enmienda. Un segundo camino mucho más favorable implicaría tres cosas para el Gobierno: que rompiera de tajo con los políticos mañosos y corruptos que han estado rondando la miel durante estos dos años, que aceptara de una vez por todas el esquema gobierno-oposición que propone Álvaro Uribe, y que retomara el propósito de impulsar las reformas que requiere el país con unos congresistas que sean fieles a las ideas y no a los favores.
¿Que no existe capital político para hacer todo eso? Claro que existe, pero hay que conquistarlo… a la mayoría silenciosa le gustaría tener un buen gobierno.
Mauricio Reina
Investigador Asociado de Fedesarrollo
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