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No resulta grato hablar del penoso episodio vivido la semana pasada, por cuenta de la tristemente famosa reforma de la justicia.
Desafortunadamente, fue tan grave lo ocurrido que no es posible abstraerse de ello.
Se trata de un hecho que todos quisiéramos olvidar, pero va a ser muy difícil hacerlo, pues falta mucho por ver para entender el alcance que todo esto puede llegar a tener.
De más está decir que todo salió muy mal y ninguno de los involucrados directamente se salva del efecto negativo de lo ocurrido; y los relacionados indirectamente, o sea, el resto del país, de distintas maneras vamos a terminar afectados.
Es cierto que las cosas hubieran podido resultar aún peor si se se hubiera aprobado el monstruo que se había creado. Por eso, hundir la reforma era el camino correcto.
Poniendo a un lado lo obvio, lo sucedido debería dejar más de una enseñanza.
Una de las primeras preguntas que vale la pena hacerse es si fue la reacción ciudadana lo que frenó aquello que se venía o si se trató de algo diferente.
Hace algunos meses dediqué dos columnas al tema de los ‘indignados’ y hacía referencia al fenómeno social que tomaba fuerza tanto en Europa como Estados Unidos, lugares donde se llevaban a cabo importantes movilizaciones que rechazaban la debacle económica y el deterioro en su calidad de vida.
Decía que era difícil saber hacia dónde iban esos movimientos, pero que lo que estaba ocurriendo iba a tener consecuencias a nivel global, ya que la gente del común tomaría conciencia de que tenía la posibilidad y el derecho a sentirse indignada y expresar su enfado por cuenta de actitudes y acciones de quienes tienen la posibilidad de tomar decisiones que afectan a otros.
Sin duda, en este triste episodio de la reforma, los ciudadanos se sintieron indignados y la reacción fue no solo fuerte y rápida, sino civilizada.
Nadie habló de acudir a las vías de hecho, solo de llegar a las opciones institucionales. Se habló de revocatoria, de referendo, de recolectar firmas, entre otros, y eso muestra que, a pesar de todo, hay reconocimiento y respeto por las instituciones.
El riesgo radica en que las primeras encuestas que se están produciendo después del desafortunado episodio estarían mostrando indicios de una pérdida de confianza en los organismos, y eso sería un costo altísimo para el país y un retroceso monumental frente a lo que se había avanzado.
El reto del Gobierno, por un lado, es hacer la lectura correcta de un momento tan complejo para recuperar el liderazgo sobre la opinión pública y frenar esa preocupante tendencia, y, por otro, entender las características del fenómeno social que se produjo.
Los medios y las redes sociales jugaron un papel importante en lo ocurrido, pero hay que ver si eso se puede convertir en algo más estructurado y duradero, o si no va a pasar de ser una reacción emotiva y coyuntural. Ese es el desafío del Gobierno, y de cómo reaccione dependerá mucho lo que venga, para el país y el propio Gobierno.
Ricardo Villaveces P.
Consultor privado
rvillavecesp@gmail.com
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