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Sin la intención de agriar la suficiencia de algunos comentaristas de prensa, todavía en el primer hervor como politólogos, dedicados a anticipar la derrota en las pretensiones reeleccionistas de Barak Obama, basta invitarlos, por un lado, a releer su reciente discurso ante el Congreso –apoteósico lo calificaron los medios más especializados– y, por el otro, a repasar el país que como líder recibió en una de sus más dramáticas crisis de su historia.
Obama sigue confiando en que el liderazgo de Estados Unidos es una realidad, pero que resulta desaconsejable la condición de dueño único.
Sostiene, con validez, que a la larga una “sobreexpansión imperial” sería inmanejable y una contravía histórica. Que eso de ser “policía del mundo” es tarea imposible y absurda: baste recordar que Estados Unidos cuenta con bases militares en más de 40 países e instalaciones navales en otros 10.
Que el principio de la invulnerabilidad estalló en pedazos el 11 de septiembre. Que el poder monopolístico, ha registrando un enorme déficit federal y una gigantesca deuda interior.
Que hechos sucesivos se han encargado de probar que el terrorismo jamás será vencido unilateralmente, que la infalibilidad tecnológica no existe y el multilateralismo se impone en todos los órdenes. Y, sobre todo, que se precisa instaurar un capitalismo con rostro humano.
Pese a lo ocurrido en las pasadas elecciones parlamentarias, Obama nos ha demostrado que sí cuenta con las condiciones exigidas a un estadista que sabe conjugar la ideología y la esperanza de cambio con las realidades políticas. Además, que es un mandatario aterrizado, consciente de sus errores tácticos con la capacidad para enmendarlos, que ha entendido que en el siglo XXI, tal como lo afirmara Felipe González, “Estados Unidos no puede solo, y sin Estados Unidos no podemos”.
Reductos ciegos e híspidos de la extrema derecha intentan, ahora, satanizar la obra del Gobierno de Obama y a cada una de sus proyecciones tildándolas de ‘socialistas’. Se olvidan del déficit recibido, superior al billón de dólares, y el desastroso balance en todos los órdenes de 8 años del desgobierno guerrero de Bush, lo mismo que de los excesos de los barones de Wall Street y del ‘capitalismo salvaje’, haciendo de las suyas sin Dios ni ley.
Finalmente, Obama sigue teniendo como carta de navegación el compromiso de llevar a buen puerto sus objetivos centrales: “nuestra economía está gravemente debilitada, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar a la nación para una nueva era”.
Adenda: Obama ha rescatado la trascendencia de la oratoria en la vida política de los grandes líderes: un biógrafo suyo sostiene que cuando habla convence y ‘electriza’, al mismo tiempo.
Jorge Mario Eastman Vélez
Exministro delegatario
consignajme@yahoo.com
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