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Todas las organizaciones multilaterales incluyen a los países latinoamericanos entre los más desiguales del mundo y de peor distribución del ingreso obtenido y, por supuesto, Colombia es una de las naciones que se encuentra en los más altos niveles de inequidad.
Cuando la economía crece y aumentan las utilidades, el mejor elemento distributivo es asegurar que la política fiscal del Estado sea útil para cumplir con el objetivo de equilibrar las cargas y evitar que los más ricos se queden con la tajada del león y los demás, con la del ratón.
Por lo tanto, es lógico pensar que en un sistema tributario se debe gravar a los ganadores, a los de mayor patrimonio y, en consecuencia, deberían desaparecer exenciones, subsidios y gabelas de todo tipo a esos sectores. Sencillamente, no las necesitan.
Cualquier país civilizado debería llevar una contabilidad social de las ganancias acumuladas, por ejemplo, por el sector financiero. Desafortunadamente, eso no se hace y cuando sobrevienen las crisis, como lo enseña la historia reciente, muchas veces provocadas por su manejo irresponsable, el pasado se olvida y se pasa sin solución de continuidad a socializar las pérdidas.
Ejemplos claros de esa situación son los de la Unión Europea y Estados Unidos en la crisis actual.
Con los recursos fiscales sobrantes, uno se imagina que el objetivo debería ser el desarrollo sostenible (noble con la ecología y los recursos naturales) y sustentable económicamente.
Y la alternativa debería encaminarse a la planeación de las fuentes que sustituirán en el mediano plazo el frágil crecimiento derivado de la utilización de recursos, por naturaleza no renovables, y claramente susceptibles en sus precios e ingresos al comportamiento variable e impredecible de la economía global.
Los objetivos deberían ser los de fortalecer la demanda; no debilitar las clases medias y, por el contrario, fortalecerlas, sacar con dignidad de la pobreza a los más necesitados con políticas reales de educación, empleo y salud, y generar nuevas fortalezas productivas de bienes y servicios que sustituirán lo no renovable.
Pero no, lo que se aplica es continuar con la seguridad y las gabelas a los más ricos y las limosnas a los más pobres.
Lo perverso es continuar con programas que, como los de familias en acción, desvirtúan la democracia o los anuncios de viviendas gratis para aceitar la politiquería en las regiones.
La mejor manera de tapar los ojos a la realidad es enseñar a un pueblo a tender la mano para la limosna y no vivir con dignidad. Sí, lo que se hace es puro populismo, en este caso de derecha.
Que alguien se de cuenta. No es mentira lo que el Libertador pregonaba: “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”.
Germán Umaña M.
Profesor universitario
dgumanam@unal.edu.co
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