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Uno de los libros más importantes que se han publicado este año se denomina Por qué fallan las naciones (Why Nations Fail).
La esencia de este voluminoso trabajo adelantado por James Robinson y Daron Acemoglu, es descifrar las razones por las cuales unos países tienen gran desempeño, mientras otros padecen problemas crónicos que los conducen a la patología del subdesarrollo.
El resultado de la investigación no es del todo novedoso, pues la conclusión está ligada a la tipología institucional, aunque aborda la historia y problemas de varias naciones con detalle y permite al lector encontrar semejanzas y discrepancias en el proceso evolutivo del Estado.
El libro se refiere a Colombia en varios apartes y busca darle una explicación institucional a nuestra historia. No faltan las menciones tradicionales sobre los enfrentamientos políticos en el siglo XIX, la violencia de los años 40, en el siglo XX, y la fugaz dictadura de Rojas Pinilla, entre otros.
Lo curioso es que para Robinson –quien más ha estudiado a Colombia de los dos autores–, el problema del país consiste en que a pesar de sus continuas elecciones, no ha contado con instituciones incluyentes, y quizá de ahí se cocine lo que mal denomina la ‘Guerra Civil’, que según él, vive el país.
Contrario al rigor que lo caracteriza en la forma que trata a otros países, Robinson aborda los problemas de Colombia, dedicándole un lugar preponderante al paramilitarismo, como elemento amenazante contra la institucionalidad.
No pasa lo mismo con los movimientos guerrilleros, lo cual deja una preocupante sensación de justificación política sobre su motivación para empuñar las armas.
Esto es grave desde el punto de vista académico, ya que para la historia debe quedar claro que son igualmente abominales los dos bandos del terrorismo criollo, como sus efectos devastadores en la sociedad.
Otro pecado que deja Robinson expresado abiertamente tiene que ver con dos afirmaciones. Que a Colombia le falta más centralización del poder, y que el paramilitarismo ha sido institucionalizado por el proceso de desmovilización.
Robinson se olvida de que Colombia ha pecado de centralismo.
Las instituciones sólidas se quedaron en el epicentro de poder por muchos años y el gran reto ha sido dotar a las regiones de instituciones fuertes. También ignora que el proceso de desmovilización hizo parte de una legislación avalada por la Corte Constitucional, para someter a la ley a cualquier militante de grupos armados ilegales, independientemente de su discurso político y que hoy es una política de Estado.
Da pena que el libro haya omitido describir a la Colombia que hace 10 años hizo de la seguridad un valor semocrático, y porqué no decirlo, un genuino protector de las instituciones, que ha permitido recuperar la inversión, expandir programas sociales a las regiones, asegurar las libertades y perseguir al crimen organizado como nunca antes. Robinson, en el caso de Colombia cruzó una raya: la que señala, que omitir es una forma de adecuar la verdad.
Iván Duque Márquez
Analista
ivanduquemarquez@gmail.com
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2 comentarios
La problemática en Colombia la han querido justificar de cientos de maderas, y cómo usted lo menciona, se olvidan del rigor que como profesionales deben tener investigadores, periodistas, historiadores, etc. dejando una sensación de parcialidad amañada. Parcialidad en Col es Pedir peras al olmo.
La problemática en Colombia la han querido justificar de cientos de maderas, y cómo usted lo menciona, se olvidan del rigor que como profesionales deben tener investigadores, periodistas, historiadores, etc. dejando una sensación de parcialidad amañada. Parcialidad en Col es Pedir peras al olmo.