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Después de haber observado con desagrado y resignación ese sainete u 'ópera buffa' que fue la supuesta negociación tripartita para establecer el salario mínimo para el 2009, le surgen a uno reflexiones e inquietudes que deberían tenerse en cuenta en próximas ocasiones.
Así como sobre el tapete hay una propuesta de choque, según la cual el salario mínimo debería rebajarse aún más teniendo en cuenta las condiciones macro de la economía colombiana, con el mismo criterio se podría plantear un reajuste sustancial -muy por encima del decretado unilateralmente-, teniendo en cuenta también condiciones a nivel macroeconómico.
¿Veamos por qué? De acuerdo con la información tomada de las cuentas nacionales, el PIB o tamaño de nuestra economía ronda los 380 billones de pesos para una población (salvo mejor información) de 44 millones de personas.
Esta simple relación nos da que el ingreso promedio de cada colombiano, en un escenario de justa distribución, debería ser de $8'640.000 de pesos al año. En términos mensuales, que es como se expresa el salario mínimo, ese valor equivale a un ingreso promedio de 720.000 pesos, cifra bastante distante de los 497.000 de pesos decretados.
Aclaremos también que en este análisis no hay que enredarse con cálculos en dólares ni elucubrar sobre cuál es la tasa de cambio a utilizar, pues hasta la fecha los colombianos seguimos produciendo bienes y servicios que se cuantifican y valoran en pesos y por otra parte los ingresos factoriales también se siguen percibiendo en otros pesitos, con los cuales a su vez los consumidores acudimos a los mercados para adquirir los bienes y servicios ofrecidos.
En este orden de ideas y sin querer ser excesivamente ilusos, uno podría pensar que la economía colombiana está en capacidad -e incluso requiere- de un fuerte incremento por una sola vez en el salario mínimo mensual, por ejemplo hasta niveles de $600.000 pesos.
Un incremento de esta magnitud (20 por ciento frente al nivel actual) no significaría un mensaje de desconfianza hacia las metas inflacionarias del Banco Central, como sí lo fue la propuesta de subir el mínimo unos pocos puntos por encima de la inflación causada.
Se trataría, amén de un acto de justicia social, de pegarle un estartazo o empujón a una economía en fase recesiva por insuficiencia de demanda. Si hubiese temores de inflación por alimentos, ahí está la posibilidad de abrir importaciones para complementar, mas no reemplazar, la producción nacional. Si los temores son por el encarecimiento en los costos para los empresarios, revisemos entonces la absurda política en materia de precios de los combustibles o los famosos parafiscales, de que tanto se habla, pero que nunca se tocan.
Es claro que las cajas de compensación ya tuvieron un excesivo y prolongado cuarto de hora y para seguir operando deberían dejar de ser subsidiadas por los aportes obligatorios de la fuerza laboral.
En épocas de incertidumbre, como las que estamos viviendo, es conveniente aplicar medidas novedosas y políticas de choque. Así por ejemplo, se hizo en 1985 cuando la devaluación pasó de gota a gota a chorro a chorro, o en el reciente pasado cuando el Banco de la República subió significativamente su tasa de interés, mientras el mundo entero seguía la senda contraria.
gpalau@urosario.edu.co
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