Miguel Gómez Martínez
columnista

Congreso de bolsillo

¿Puede el Congreso, la institución más desprestigiada del país, aprobar una reforma tributaria regresiva en una economía que camina al estancamiento?

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 22 de 2016
2016-11-22 09:24 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/05/56b4c55d1afeb.png

¿Puede el Congreso, la institución más desprestigiada del país, aprobar, a cambio de más mermelada, una reforma tributaria regresiva en medio de una economía que camina al estancamiento? ¿Puede el Congreso, salpicado por escándalos, con fama de corrupción y vagancia, ser el encargado de refrendar un segundo acuerdo de paz, descarado maquillaje del que fue rechazado por el pueblo? La respuesta a estas preguntas es sí. Son capaces, porque han perdido toda la vergüenza.

Que la reforma tributaria aumentará en 1 por ciento la inflación, ya muy elevada, no preocupa a los legisladores, cuyos salarios subirán el índice de precios. Que la reforma castigue a la clase media y a las populares, los tiene sin cuidado, porque ellos obtendrán del gobierno más partidas presupuestales para financiar sus campañas de reelección en el 2018. Que se sigan perdiendo empleos privados en un país cuya tributación alcanza un escandaloso 68 por ciento, tampoco les quita el sueño, pues a ellos solo les interesan los puestos públicos. Ningún parlamentario colombiano sabe que lo que dio lugar al nacimiento de la democracia moderna fue el principio invocado por los colonos estadounidenses de que no podía haber tributos si no les garantizaban representación política en el Parlamento en Londres (“no taxation without representation”). En otras palabras, que ellos son elegidos para evitar que el gobierno abuse con los impuestos. La historia los tiene sin cuidado.

Que el gobierno utilice a su Congreso de bolsillo para refrendar el acuerdo de paz maquillado, no debería tampoco sorprendernos. A pesar de que liberales, conservadores, radicales, verdes y los del polo apoyaron el primer acuerdo y fueron derrotados, serán estos mismos los que le den la bendición simbólica al nuevo acuerdo en el que nada de fondo cambia. Los guerrilleros no irán a la cárcel, podrán ser elegidos a pesar de haber violado el derecho internacional humanitario, el narcotráfico seguirá siendo delito conexo y el tribunal especial una rueda suelta sin límites ni limitaciones.
Cambió el tamaño y el tipo de letra pero, en lo estructural, sigue siendo el acuerdo que el pueblo rechazó en las urnas.

A este Congreso, sin legitimidad, lo manipula con puestos y presupuesto un gobierno que tiene récord de impopularidad y que ahora lo persigue la sombra de haber utilizado tácticas ilegales para desprestigiar la campaña opositora obteniendo un triunfo electoral espurio en el 2014. En medio de su prepotencia, Santos cree que puede gobernar como le dé la gana, sin entender que está poniendo la democracia colombiana en las puertas de la crisis institucional. Todo para ir a Estocolmo con un pedazo de papel firmado que lo convierta en el adalid de la paz.

En Colombia lo único que importa es el poder. Quien lo detenta, puede abusar de él
porque la justicia corrupta le garantizará la impunidad. Pero una sociedad democrática exige que sus instituciones y sus gobernantes gocen además de legitimidad. Una a una las instituciones han ido perdiendo la confianza de los ciudadanos. La perdió la política por la corrupción, los partidos por su mediocridad, la prensa por su falta de independencia, la Policía por sus escándalos, los sindicatos por su egoísmo, las Fuerzas Militares por su ausencia de carácter, los gremios por su docilidad y los empresarios por su voracidad.

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado