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Dignificar el campo
16 de Diciembre de 2009
Los dos factores que producen inmigraciones internas del campo hacia la ciudad, falta de oportunidad de trabajo y violencia, tienen que enfrentarse de forma simultánea, pues de lo contrario el uno desemboca en el otro en un círculo vicioso. En muy pocas oportunidades desde el siglo XIX, la migración interna del campo a la ciudad ha mostrado algún retroceso, a tal punto que este proceso se ha considerado como una de las características del desarrollo económico. Sin embargo, para el Estado resulta mucho más eficiente y económico dotar al campo de servicios básicos que prevengan la migración campesina, en lugar de resolver la problemática creada por la tugurización acelerada de sus ciudades.
Para hacer viable el regreso del campesino al campo es indispensable crear la infraestructura física que permita la explotación actual del potencial agrícola que tenemos. Por supuesto, sin dejar de lado los temas de seguridad que han generado el éxodo hacia las principales ciudades del país. Es necesario movilizar económicamente y a tiempo los productos agrícolas del sitio de producción a los puertos para su exportación, o a las ciudades para consumo interno.
Así mismo, hay un potencial importante en el terreno de la producción ganadera, si se articula un programa serio de adecuación de la infraestructura de transporte, que hoy es en muchos aspectos la más pobre de América Latina. Si a este rubro se le diera una inyección que contribuyera a la creación de un círculo virtuoso de bienestar, este se irrigaría paulatinamente por las regiones, hasta llegar a los centros urbanos con una contribución muy importante a la seguridad. Uno de los factores que conducen a la violencia es la dificultad de comunicación física entre las regiones y dentro de ellas mismas, por falta de infraestructura básica de transporte.
Con esta solución nacerán también cambios fundamentales en el potencial de movilidad social del campesinado, que le garantizarán un futuro pacífico a nuestro campo. La permanencia de la población campesina sin migrar tiene beneficios inmensos, pero no podemos pensar que es un desafío insignificante. Ese logro sería una verdadera conquista, pues requiere de una concertación por parte de todos los estamentos y un esfuerzo colectivo sin precedentes para Colombia.
El aumento de la población en las ciudades, en cierta medida derivado de la inmigración interna, ha contribuido a que la tasa de desempleo aumente significativamente. Mantener un nivel de desempleo como el que tenemos no es una alternativa que podemos siquiera considerar. Los índices de pobreza que publica el Pnud son el producto de un aumento continuado de la inseguridad y de nuestra indolencia frente al problema del desempleo. Continuar esta tendencia es un seguro camino a la frustración de cualquier esfuerzo que se haga en lograr la paz que anhelamos para nuestros nietos.
Es necesario, además, advertir que los sectores que hoy parecen tener una perspectiva de crecimiento no crean las suficientes fuentes de trabajo que requiere el país para lograr llevar a niveles aceptables los índices de desocupación.
Por lo tanto, los cambios no pueden ser cosméticos sino más bien tienen que ser fundamentales, si pretenden lograr un real impacto que haga posible que podamos gozar en un futuro, en forma integral, del bienestar que no ha tenido Colombia en estos años pasados.











