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Lunes 1 de Septiembre 2014

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Pobreza y desigualdad en un mundo en crecimiento

27 de Septiembre de 2011

La cifra puede generar reacciones diversas en quienes la conocen: desconcierto, preocupación, alarma, curiosidad. Más allá del número, este hito histórico despierta grandes reflexiones y nuevos desafíos en términos de sostenibilidad ambiental, acceso equitativo a los recursos y superación de la pobreza. Aunque las tendencias mundiales indican que la pobreza ha disminuido en los últimos 15 años, aún 2 mil millones de personas sobreviven con menos de un dólar diario. De los 1.800 millones de personas que vivían en extrema pobreza en 1990, hemos reducido el número a 1.400 millones. Esta cifra, aún alarmante, es el resultado de la desigual distribución de la riqueza entre los países desarrollados y los no desarrollados; y aún más, al interior de muchos países en vías de desarrollo. Colombia, la cuarta economía más grande de América Latina, continúa teniendo un 45,5 por ciento de su población en condiciones de pobreza, cerca de 21 de los 46 millones de habitantes. Las diferencias de ingresos entre los más favorecidos y los menos están en aumento. De acuerdo con el Banco Mundial, en 1960 el 20 por ciento más rico de la humanidad era propietario del 70 por ciento de todos los ingresos. En el 2005 se encontró que los ingresos de este grupo habían aumentado a un 77 por ciento. Mientras tanto, los recursos en manos del 5 por ciento más pobre disminuyeron del 2,3 por ciento en 1960 al 1,5 por ciento en el 2005. En los países más pobres, la extrema pobreza, la desigualdad en el acceso a los recursos, y las altas tasas de fecundidad están conectadas en un círculo vicioso. La mayoría del crecimiento de la población mundial ocurre en las áreas urbanas de los países en desarrollo, y en muchos de ellos, el número de personas viviendo en la pobreza está aumentando. Los países más pobres tienen las tasas más altas de fecundidad y de crecimiento poblacional. Que la población crezca en el mundo puede ser una buena noticia, pues se asocia con una mayor supervivencia de la especie humana: somos más porque vivimos más tiempo, y en mejores condiciones que nuestros antecesores. La reducción de la mortalidad, los avances en la medicina y la ciencia, y el mejoramiento de las condiciones materiales de vida, ha conducido a este hito demográfico. Sin embargo, que la población crezca en medio de la pobreza y la desigualdad conduce a que muchos de sus habitantes permanezcan excluidos de los recursos, bienes y servicios del desarrollo humano, y que reproduzcan en sus hijos e hijas las condiciones de marginación. Tengamos en cuenta que el crecimiento de la población en el mundo depende de la interacción de las variables de natalidad y mortalidad. Esta última ha disminuido, conduciendo al aumento de la esperanza de vida: de 48 años en 1950 a 69 años de edad hoy. La natalidad también ha venido disminuyendo en el mundo, a pesar de lo que las cifras de crecimiento global puedan hacer pensar: la tasa total de fecundidad mundial ha disminuido un 50 por ciento en 50 años. Las decisiones individuales tienen un aporte importante en el crecimiento de la población mundial: si se tienen o no hijos, cuántos y el espaciamiento entre ellos influye en qué tanto crece la población de un país. planificación familiar Pero estas decisiones dependen, en buena medida, de las condiciones de desarrollo de los contextos en que viven las personas, como el acceso a la educación y la información, la provisión de servicios de salud y de métodos anticonceptivos seguros, y el empoderamiento de las mujeres, y las parejas para decidir libremente sobre su procreación. En los países en vías de desarrollo hay 215 millones de mujeres que carecen de acceso a servicios eficaces de planificación familiar. Atender las necesidades insatisfechas de esta podría reducir la fecundidad en un 35 por ciento en América Latina, un 20 por ciento en África oriental y del sur y en los Estados Árabes, y un 15 por ciento en Asia y África occidental. Los países más pobres son, a su vez, los que ejercen una mayor exclusión social de las mujeres, lo cual se convierte en un obstáculo para su crecimiento económico. Los estudios muestran que casi un tercio del rápido crecimiento económico del este de Asia entre 1965 y 1990 se debió al aprovechamiento de su 'bono demográfico': esa oportunidad en la estructura de la población de un país que permite tener mayor cantidad de personas en capacidad de producir. Por la vía de invertir en jóvenes y en mujeres (salud y formación), se redujo progresivamente el tamaño de las familias y la población en edad activa creció en relación con la cantidad de dependientes. HELGON

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