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Jueves 23 de Mayo 2013

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‘No veo que esta crisis vaya a acabar pronto’: Reinhart

Junio 11 de 2012 - 5:25 pm


Carmen Reinhart, fue invitada a la reciente convención bancaria de Asobancaria.

La coautora del libro ‘Esta vez es diferente’, Carmen Reinhart, considerada una de las profesionales de mayor influencia actualmente en el mundo se refiere a la coyuntura internacional.

Pocas veces un libro de corte académico entra en los listados de los más vendidos.

Pero esto fue lo que ocurrió con Esta vez es diferente, escrito por Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, en el cual se analizan las crisis financieras enfrentadas por diferentes países a lo largo de los pasados ocho siglos.

Nacida en Cuba y con un doctorado en economía de Columbia University, Reinhart ha trabajado en el sector privado, el multilateral y la academia.

Considerada como uno de los profesionales de mayor influencia actualmente en el mundo, estuvo en Cartagena la semana pasada, invitada por Corficolombiana a la Convención Bancaria. Portafolio la entrevistó.

Han vuelto a surgir las preocupaciones sobre lo que puede pasar con la economía mundial. ¿Cómo analiza la coyuntura?

No ha dejado de ser difícil en distintos grados desde que comenzó la crisis ya hace cinco años. Recordemos que esta empezó en Estados Unidos con el problema del subprime en el verano del 2007, y desde entonces viene por olas.

Ahora llega otra ola de incertidumbre.

¿Y es más o menos fuerte que las anteriores?

En Estados Unidos, no hace un mes todavía me preguntaban: “bueno, todos los indicadores de empleo han mejorado, hay más confianza en el consumidor, ¿no piensa que quizás usted sea muy negativa?”, y mi respuesta es no, la situación de las economías avanzadas no ha cambiado y esos fundamentales apuntan a que este proceso de mucha volatilidad, de crecimiento lento, de estos problemas de alto desempleo, tienen un componente aquí muy persistente por el problema de sobreendeudamiento.

¿A qué se refiere?

América Latina en los años 80 no tenía deuda, en comparación con lo que tienen los países avanzados de hoy día.

Esa es una manera de poner en perspectiva tanto la deuda pública como la deuda privada que existe, y eso es un nubarrón enorme.

¿Qué más identifica?

Además, hay incertidumbre en el corto plazo: si Grecia se sale o no del euro, ¿qué va a pasar con la política en Estados Unidos, de si los problemas en España pueden seguir incrementándose y llevar a más fuga de capital de los países europeos? Hay dudas en muchos niveles.

En estos cinco años ¿Ve que algo se haya hecho bien?

Si uno toma como punto de partida que la orden de magnitud del problema que tenemos en las economías avanzadas es tan profunda como lo que se dio en los años treinta, uno dice: bueno, el manejo de política ha sido mucho, mucho mejor.

El esfuerzo inicial de los bancos centrales cuando de verdad la crisis estalla en el otoño de 2008, de dar apoyo de liquidez y tener una política económica expansiva es muy importante.

También hubo una tendencia de la política fiscal de dar apoyo con estímulos.

¿Por qué no han funcionado los remedios bien?

La parte donde para mí el manejo es muy inferior, es el reconocimiento de la magnitud de los problemas de la deuda.

En los países emergentes, cuando hay un problema de deuda, se ven forzados a tomar medidas mucho más drásticas en términos de recortes a la deuda, de renegociación, y no estoy hablando solo de deuda pública sino también de la privada.

¿Qué pasa en este caso?

En la economía de Estados Unidos, y más todavía en las economías de Europa, no hay reconocimiento de que tienen que haber recortes y reestructuración de deuda.

Están en un estado de negación y yo creo que ahí el costo de dejar pasar el tiempo sin solucionar el problema clave, que es el sobreendeudamiento, es enorme.

Que es de alguna manera la perpetuación de la crisis…

Es como una enfermedad: cuando uno la ataja a tiempo el remedio es más ligero que si uno espera mucho.

¿Cuál es el remedio?

Yo no digo que deba ser solo la deuda pública el objeto de esto. La deuda privada también tienen que reestructurarla. El peso promedio de ambas en Europa es más del 260 por ciento del PIB. En los países emergentes, uno llega a 100 por ciento y ya tiene una crisis.

Con esa magnitud uno no puede esperar en cualquier escenario razonable que sencillamente uno vaya a crecer y que esto solucione la deuda. Ni tampoco puede esperar que esto se resuelva solamente con un programa de austeridad, porque los costos sociales y económicos que tienen tampoco son triviales.

¿Quién paga la cuenta entonces?

El que presta. Hay que pensar que muchos de estos contratos de deuda privada se hicieron a raíz de un auge en mercados de bienes raíces en Estados Unidos, Irlanda y España, y que esos precios no van a regresar.

Eventualmente, una gran parte de ese costo se van a socializar. Pero parte van a ser recortes que les tocarán a los inversores. Yo soy muy de la idea de que este es un momento para tomar y hacer canjes de deuda y recortes, porque se deben hacer mientras que la deuda sea privada. Pero todo eso es difícil. Yo no le veo un fin rápido a esta situación.

¿Qué quiere decir un fin rápido?

Que no hay solución este año ni en el que viene. De ahí en adelante, quién sabe.

¿Cuánto más puede durar?

Bueno, ya llevamos cinco años en esto. En Japón, la crisis comenzó en 1991 y ahí va. Son dos décadas perdidas.

Da la impresión de que los problemas se “patean” hacia adelante…

Sí. Sigo todos los indicadores: deuda pública, deuda privada, deuda externa, deuda doméstica.

En Europa, no se ha comenzado todavía a ver una caída de endeudamiento y ya llevamos varios años en crisis.

Usted ha estudiado el tema de la crisis financiera desde el año 1300, y uno ve ciclos más o menos continuos de volver a caer en lo mismo ¿Cuál es el problema?

Es el ser humano. Cuando Ken Rogoff y yo comenzamos a trabajar en este libro teníamos claro cuál iba a ser el título.

Es, por supuesto, irónico porque la gente siempre cree que ahora es diferente: no hay que preocuparse si los indicadores muestran que hay una moneda sobrevaluada, si evidencian que la cuenta corriente ha empeorado, que todos los niveles de deuda han aumentado.

Si uno mira atrás y ve el ambiente que había en países como Irlanda, España, Estados Unidos en el año 2004, esa era la percepción: el auge de los bienes inmobiliarios iba a continuar y esta vez era distinto. Eran países avanzados y esas cosas en teoría solo pasaban en los países emergentes.

Lo que pasa es que todos tenemos memorias cortas, pero cuando uno regresa a los años treinta encuentra que eso sí pasaba en los países avanzados.

¿Qué pasó en ese entonces?

Después de la Primera Guerra Mundial, los países avanzados acumularon mucha deuda, y en la recesión de los años treinta acumularon aún más.

Prácticamente todos, de una forma u otra, hicieron reestructuración, conversiones forzosas, maniobras para reducir la deuda que hoy no se ven como ortodoxas. Estados Unidos en 1933 suspendió el respaldo que tenía su deuda por oro, ¿por qué? Porque cuando rompieron esa conexión fue una quita del más del 30 por ciento.

Entonces…

Lo que quiero decir con todo esto no es una curiosidad histórica. Pensar que las deudas de los países avanzados se van a repagar al 100 por ciento es una ilusión.

A esto hay que añadirle el hecho de que la mayoría de esas economías tienen una población que aumenta en edad. Hay esta deuda contingente de pensiones, que es otra complicación más.

Se habla mucho de la necesidad de buena regulación. Pero España era el modelo de mejor regulación, ¿qué nos dice eso?

España en 1977 tuvo una crisis que duró más de una década para resolverse.

Eso los dejó con una regulación muy estricta, pero llegó una ola nueva de banqueros a quienes, aún si vivieron la crisis, la memoria empieza a fallarles.

El argumento fue que la España de principios de los años ochenta no tenía nada que ver con la de principios del 2000. Y es verdad que el cambio estructural fue una cosa espectacular.

Pero sí hay fundamentales, como mirar así el aumento en los precios del mercado inmobiliario o relaciones de deuda a PIB que empiezan a salirse de cualquier norma histórica y España, igual que en Irlanda, Estados Unidos y el Reino Unido, no les puso atención. Siempre hay explicaciones de “por qué esta vez es distinto”.

¿La globalización hace las cosas distintas en el sentido de que profundiza más el problema?

Ninguna crisis es idéntica a otra. Es como una enfermedad: la misma le da a una persona que tiene 70 años y una de 12, y no va a ser igual, pero sí tienen síntomas comunes.

La globalización, particularmente la integración europea, dio pie a que los niveles de deuda que tenemos hoy día no se hayan visto jamás. He juntado datos de deuda de cientos de años y no he visto órdenes de magnitud como los que en este momento tienen las economías de Europa.

La globalización financiera, en efecto, facilitó que los países se endeudaran más que el resto del mundo.

¿Eso puede cambiar?

Si bien la globalización agravó todo este problema, no hay que pensar que va a perdurar. Una de las cosas en las que hacemos hincapié en mi libro con Ken Rogoff es en que aunque hay periodos de tranquilidad y de crisis, también hay ciclos en la globalización.

Es decir: en los buenos tiempos la tendencia es abrirse, en los malos, todo lo opuesto.

¿A qué se refiere?

Hoy día estamos dando marcha atrás en el lado de globalización financiera por necesidad, no necesariamente por deseo. En Europa los bancos no tienen, en la mayoría de los países, mucho acceso a mercados de capitales internacionales, entonces empiezan a convertirse en instituciones más domésticas.

¿Es posible que el mundo desarrollado esté entrando en un periodo de décadas perdidas mientras las economías emergentes siguen su marcha?

De aquí a diez años un pantallazo de la recomposición del PIB mundial va a mostrar que los países emergentes han ganado una proporción importante y que el porcentaje en que contribuirán los que hoy son avanzados va a disminuir.

Vengo de concluir un trabajo que muestra que históricamente estos episodios de sobreendeudamiento público duran 23 años en promedio. Si un grupo de países avanza más despacio durante ese tiempo y otro grupo no, la diferencia en posición relativa va a ser grande.

¿Esta vez es diferente para América Latina?

Esta vez no son los años treinta, que cuando se desplomaron las economías avanzadas fueron devastadores. En relación con esa experiencia histórica, a América Latina le va muy bien.

No obstante, sí hay que tener mucha cautela en este momento. Si bien los países avanzados no crecen mucho, los precios de los bienes primarios que exportamos están altísimos. Asia avanza y las tasas de interés internacionales están muy bajitas y estables.

Entonces, hay que pensar en que esa combinación externa, que ha sido muy estimulante para el crecimiento de América Latina, no va a durar para siempre. Por eso, yo diría que la política más prudente es la de “esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor”.

Ricardo Ávila

Director Portafolio

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