António Guterres sobre la ONU, Trump y Corea del Norte

El Secretario General de la ONU habla sobre su batalla para renovar un gigante burocrático.

El secretario General de la ONU, António Guterres.

El secretario General de la ONU, António Guterres, se muestra muy preocupado por la situación entre Estados Unidos y Corea del Norte, un conflicto que asegura que es totalmente imprevisible.

EFE/Salvatore Di Nolfi

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diciembre 01 de 2017 - 08:21 p.m.
2017-12-01

El noveno Secretario General de las Naciones Unidas está sentado en una habitación en el 38º piso de la torre de la ONU en Nueva York, y agita su mano hacia una colección de platos de porcelana blanca, con el logotipo azul de la ONU.

“Lo siento mucho. La comida aquí es muy mala”, dice. “Realmente mala”.

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Observo su silueta contra el horizonte de Nueva York, y me río. En este raro momento de franqueza, António Manuel de Oliveira Guterres ha dado en el blanco. Durante la hora previa, hemos estado almorzando en su comedor privado, y la comida fue verdaderamente mala: una ensalada aburrida, un pescado blanco totalmente insípido y un pastel pesado. Aburrida, insípida y pesada: palabras que podrían aplicarse a la organización mundial en un mal día.

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La ONU no es un lugar donde la gente normalmente habla francamente, pues es un sitio acosado por reglas burocráticas, acrónimos y sutilezas. El peligro espera a quienes hablen francamente.

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En 2004, el entonces secretario general Kofi Annan se enfrascó en una batalla con la administración Bush por su supervivencia profesional, después de atreverse a sugerir en una entrevista con la BBC que la guerra contra Iraq era ilegal. Aunque Guterres está a cargo, es prisionero del protocolo y se siente frustrado.

Si alguna vez hubo un momento en que el mundo necesitara un liderazgo global coordinado y franco, es ahora. La semana pasada, Guterres estuvo en Europa, tratando de persuadir a los jefes de gobierno de que se enfoquen más en el cambio climático.
También pidió ayuda para combatir la amenaza de la guerra nuclear en la península de Corea, el aumento de la inestabilidad en el Medio Oriente, el conflicto en Ucrania y la lucha en el Golfo.

Pero, ¿acaso alguien va a escuchar? La ONU una vez más enfrenta una crisis de credibilidad. En los últimos años ha sido expuesta en repetidas ocasiones como ineficiente e inflada; las fuerzas de la paz de la ONU en la República Democrática del Congo han sido acusadas de abuso sexual y funcionarios de todo el mundo han sido señalados como corruptos.

En teoría, Guterres está en una buena posición para mejorar la organización. Pasó la última década como jefe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el cual reestructuró con cierto éxito y reconocimiento, y ganó el apoyo político de diversos países para defender a los refugiados. Pero el exprimer ministro de Portugal no tiene el púlpito intimidatorio de Trump.

“Yo no soy un tuitero profesional”, indica. Tampoco tiene el mando autoritario de líderes como Xi Jinping o Vladimir Putin. Más bien, tiene que operar con la bendición del Consejo de Seguridad de la ONU y dentro de las limitaciones de sus miembros permanentes.

Entonces, ¿puede un hombre que ni siquiera puede controlar a su propio chef renovar la ONU?

Entonces, le pregunto, ¿por qué quería este trabajo? “Mi vida es una especie de movimiento alternativo entre lo humanitario y lo político”, asegura. “Cuando estudiaba en la escuela secundaria de clase media en Portugal, quería ser investigador físico. Luego fui a la universidad y estábamos en los finales de la dictadura portuguesa. Me involucré mucho en el trabajo social en los barrios marginales de Lisboa y decidí meterme en la política”.

Más específicamente, se unió al partido socialista, sirviendo durante muchos años en cargos electivos, antes de convertirse en primer ministro en 1995. En su primer mandato fue popular en Portugal y logró el consenso para las reformas domésticas. También dejó su huella en los asuntos exteriores, negociando la transferencia de Macao a China y presionando a la ONU para que tomara medidas en Timor Oriental, la antigua colonia portuguesa.

Luego, en 2002, cuando los socialistas perdieron varios escaños, Guterres renunció inesperadamente, diciendo que quería “evitar el caos político”. Durante cierto tiempo, no se le vio en público. Años más tarde, los periodistas descubrieron que estaba haciendo trabajo voluntario anónimo en una zona pobre de Lisboa. “Les estaba enseñando matemáticas a los inmigrantes. Pero no quise hacer un espectáculo”.

Guterres asumió la jefatura del ACNUR en un momento difícil: la institución era un gigante burocrático y una marea de refugiados en todo el mundo estaba agotando los recursos. Pero el Guterres comenzó a reformarla. “Cuando comencé en el ACNUR, el 14% de nuestros costos se gastaban en la sede; cuando me fui, la cifra era sólo del 6%”, recuerda. “Cuando comencé, el 41% eran costos de personal; cuando me fui, la cifra era sólo del 22%. Y todo eso mientras reasignábamos 100.000 refugiados cada año”.

Este historial de reestructuración le ganó el respeto entre los gobiernos occidentales preocupados por los costos. También fue muy diestro en forjar alianzas con países no occidentales como China, y esto le ayudó mucho en la contienda por el primer puesto de la ONU: Guterres triunfó porque fue bien recibido por todos los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

Entonces, ¿cuál es su mayor logro en los primeros 11 meses? Increíblemente, señala a Donald Trump. “Hemos evitado la ruptura con EE. UU.”.

Guterres explica que cuando el nuevo presidente llegó a Washington, Trump parecía hostil hacia la ONU. “Al comienzo del año recibí cartas que decían que la financiación de EE. UU. para la ONU debería reducirse, junto con otros organismos”, recuerda.

No fue una amenaza vacía. Frustradas durante mucho tiempo por el multilateralismo burocrático de la ONU — y su percibida obstaculización del poder estadounidense — las administraciones presidenciales han estado tratando de recortar las contribuciones a la ONU durante tres décadas, cayendo repetidamente en mora. Cuando Trump llegó al poder, declaró que reduciría la financiación para todos los grupos multilaterales en un 40%. Desde entonces, Washington ha dicho que se retirará de la Unesco y causará estragos en la OMC.

Pero el mes pasado, Guterres visitó la Casa Blanca y, contra todo pronóstico, logró con su carisma que Trump mostrara un gesto de apoyo: el presidente declaró que la ONU “tiene el poder de unir a la gente”, y pronosticó que “van a suceder cosas con la ONU que no hemos presenciado antes”.

¿Cómo persuadió a Trump de cambiar su tono? “Mi truco es simple: sé auténtico y dile a la gente la verdad”. ¿De veras? Guterres sonríe y admite que Nikki Haley, la dura y ambiciosa embajadora estadounidense en la ONU, también desempeñó un papel clave. “Ella es una persona muy práctica, muy constructiva”.

Al tratar con el presidente estadounidense, “por supuesto que hay cosas en las que no estamos de acuerdo, como el cambio climático. No puedo cambiar eso”, considera encogiéndose de hombros. “Pero EE. UU. está pagando todas sus deudas. Tenemos una relación de trabajo”.

¿Le resulta más fácil tratar con los chinos? Guterres asiente. Ha tenido una estrecha relación con los líderes de ese país durante muchos años, incluso a medida que China se ha vuelto cada vez más poderosa en el escenario mundial.

“China está tomando medidas atrevidas en cuanto al cambio climático”, señala Guterres, y está “desempeñando un papel de seguridad mucho mayor” e incluso participando en misiones dirigidas al mantenimiento de paz.

Entonces, ¿puede China utilizar ese mayor papel para reducir las tensiones en Corea del Norte? La sonrisa de Guterres desaparece. “Estoy muy preocupado”, declara.

Debería ser posible encontrar una solución pacífica en la península de Corea, agrega, pero no es optimista. “Los riesgos de imprevisibilidad son muy altos”.


¿Puede la ONU desempeñar un papel en las negociaciones? Hace una pausa larga. “Sólo podemos desempeñar un papel si ese papel es extremadamente discreto”, apunta finalmente. “Es tan discreto que no puedo responder su pregunta”.

¿Y qué hay de Irán? Parece relajarse un poco. La situación, afirma, no es “crítica”. Pero le decepcionan las amenazas de Trump de retirarse del acuerdo para levantar las sanciones occidentales contra Irán a cambio de congelar el desarrollo nuclear.

El acuerdo con Irán “reduce el riesgo de proliferación”, apunta.

Una obsesión particular suya es la guerra cibernética. “Creo que si tenemos una guerra seria en el futuro, primero habrá un ataque cibernético masivo, para desordenar las capacidades del otro lado, por ejemplo para paralizar la red eléctrica de un país”, desvela.
“En la Primera Guerra Mundial, las batallas comenzaban con un bombardeo de artillería. En la Segunda Guerra Mundial, fueron los aviones los que bombardearon antes de que las tropas avanzaran. Ahora son los ciberataques”.

El Secretario General habla sobre sus distintas fuentes de inspiración. Una es una frase atribuida a Jean Monnet, uno de los fundadores de la UE: “No soy optimista ni pesimista; sólo estoy decidido”.

De su primera esposa, una psicoanalista que murió hace 20 años, Guterres aprendió habilidades sutiles. “Una lección crucial para mi vida política es este análisis psicológico muy simple”, explica. “Cuando tienes dos personas en una habitación, no tienes dos, tienes seis: lo que cada persona es, lo que cada persona piensa que es, y lo que cada persona piensa que es la otra persona. Ésta es la razón por la cual las relaciones personales son tan complejas. Pero lo que se cumple con las personas, se cumple con los grupos y los países”, agrega.

“Entonces, lo que realmente es esencial para mí, con Rusia y EE. UU., o Corea del Norte y EE. UU., es asegurarnos de que estos seis se conviertan en dos, que la percepción se alinee con las realidades”. Eso es difícil, le digo. “Muy difícil”, suspira.

Una de las muchas reformas que Guterres está tratando de introducir en la ONU tiene como objetivo integrar más mujeres. ¿Ha funcionado? Él se encoge de hombros. En las altas esferas, ha tenido un progreso considerable. Sin embargo, es un mayor reto en los niveles más bajos: en las entrañas de la burocracia, existe un sistema rígido que no puede reformarse fácilmente en relación con el género o cualquier otra cosa.

“¿A veces no siente que es algo inútil?” le pregunto. Él sacude la cabeza. “Este sistema es pesado, muy pesado. Pero, por otro lado, sí logras en determinado momento convencer a dos personas obstinadas para que hagan las paces, y evitas que mueran miles de personas”.

Si éste es el sueño de la ONU, es uno que requiere pragmatismo. Guterres recuerda las palabras del fallecido político brasileño Tancredo Neves. “A él una vez le preguntaron, ‘¿Cuáles son las diez cualidades más importantes d.e un político?’ Dijo que no sabía diez, sino siete: ¡paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia y paciencia!”

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