Cómo convertirse en la nueva despensa del planeta

Colombia tiene la oportunidad histórica de estimular el sector agrícola para ser un proveedor de alimentos del mundo. 

Agricultura

La ayuda de las universidades será clave para formar una nueva generación de agroempresarios.

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Economía
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Portafolio
julio 21 de 2017 - 04:57 p.m.
2017-07-21

Al comienzo de la década de los años 60 del siglo anterior, el signo de los tiempos, como ahora, era el pesimismo. Entonces, corrían siniestros pronósticos sobre las posibilidades de supervivencia del género humano, debido al exorbitante crecimiento de la población y a la frágil oferta de alimentos.

La sombra de Malthus volvía, a través de voces tan creíbles como la del otrora afamado Club de Roma y su célebre libro Los límites del crecimiento, a repetir su fatal presagio: el mundo colapsaría en un breve término de manera ineluctable.

El ejercicio de extrapolar tendencias partiendo del pasado carece de exactitud. Lo que no predicen los pronósticos es el papel que juega el conocimiento transformado en tecnología, en la superación de los obstáculos impuestos por la naturaleza al progreso de la humanidad.

(Lea: Agroindustria: pocos le apuestan a la innovación)

Una fehaciente prueba de ello fue la denominada primera revolución verde, cuyos pioneros más destacados fueron el ingeniero agrónomo y fitopatólogo norteamericano Norman Borlaug (1914- 2009), y su colega, el genetista indio M. S. Swaminathan (1925), quienes desde los centros donde sirvieron la mayor parte de sus vidas como investigadores –el Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (Cimmyt) en México y el Instituto Internacional de Investi- gación del Arroz (Irri, por su sigla en
inglés) en Filipinas–, salvaron de la hambruna a centenares de millones de habitantes del planeta, en especial de Asia. Borlaug se hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 1970, como justo reconocimiento a sus hazañas en beneficio de la humanidad.



En el año 2050, cuando la población del planeta alcanzará 9.700 millones
de personas, la producción de comida tendría que aumentar 70 por ciento con relación al nivel alcanzado en el 2009, y esa es la oportunidad para Colombia.

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Colombia desarrolló una institucionalidad adecuada para tomar provecho de ese momento. Creó el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), al tiempo que gestionó, durante el gobierno de Carlos Lleras y bajo el juicioso trabajo de sus dos diestros ministros de Agricultura, Armando Samper y Enrique Blair, el establecimiento en Palmira del Centro Internacional de Agricultura Tropical (Ciat), una de las 15 instituciones científicas que hacen parte, junto con el Cimmyt y el Irri, de la red conocida como Grupo Consultivo en Investigación Agrícola Internacional (Cgiar, por su sigla en inglés). Eran los felices tiempos de una tecnocracia genuina y virtuosa.

De otra parte, el país se empeñó en la formación del talento humano requerido al servicio de la investigación y la transferencia de tecnología en agricultura.

Tras tal propósito contó con el apoyo de varias fundaciones, entre las que cabe destacar la Fullbright, que aportaron numerosas becas en investigación genética, fitopatología y agronomía a quienes luego llegaron con sus doctorados al ICA y al Ciat, y a algunas facultades de Agronomía como la de Palmira, la de la Universidad Nacional en Medellín y la del Tolima, entre otras, a conducir la más notable transformación tecnológica del agro en lo corrido de la historia de la Nación.

(Lea: La agroindustria empresarial es el camino)

Hoy, nos hallamos ante un reto similar y una oportunidad sin igual. Según la Ocde y la FAO, en el año 2050, cuando la población del planeta alcanzará 9.700 millones de personas, la producción de comida tendría que aumentar 70 por ciento en relación con el nivel alcanzado en el 2009, a fin de poder alimentarla.


900 mil millones de hectáreas cultivadas se necesitaría añadir a la frontera agrícola actual para alimentar al mundo.

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Partiendo de las tecnologías del presente, se necesitaría añadirle a la frontera agrícola cultivada de 1.500 millones de hectáreas, otras 900.000 millones. Esto, a pesar de que solo existen 70.000 millones aptas. El resto tendrá que provenir de enormes saltos en productividad y efi- ciencia, tal como ha sucedido durante los últimos 60 años.

La buena noticia es que el acervo de conocimientos en ingeniería genética, para obtener variedades resistentes a la acidez de los suelos y tolerantes a su salinidad, a la erosión y la desertización, ya se halla disponible. Está en las modalidades de agricultura controlada bajo invernadero, en la fertilización combinada con riego por goteo y en la llamada agricultura de precisión, caracterizada esta última por sofisticadas maquinarias no tripuladas, análisis continuo de suelos y aplicación de micronutrientes.

La mala nueva es que en nuestro medio el talento joven en materia científica y gerencial, con vocación suficiente para liderar la modernización que reclama el mundo de los agronegocios, de cara a las exigencias globales de hoy, y comparable al que Colombia tuvo durante las décadas de los 60 y 70, es escasísimo.

(Lea: "El agro, un motivo de esperanza para la economía del país")

He ahí el desafío fundamental para las universidades colombianas que se han distinguido por mantenerse a la vanguardia de la excelencia académica. La respuesta tiene que provenir de su determinación firme de formar y, además, motivar a una nueva generación de agroempresarios, que permita hacer realidad el sueño de conquistar el espacio que nuestro sistema productivo podría llenar en el mercado mundial de alimentos.