Desigualdad representa una amenaza para nuestras democracias

Una posible consecuencia es el aumento del ‘populismo plutocrático’.

Desigualdad

Hay muchos países, especialmente los de economías emergentes, en los que la distribución de las riquezas se concentra en muy pocas manos.

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diciembre 22 de 2017 - 04:45 p.m.
2017-12-22

Entre 1980 y 2016, el 1% de mayores ingresos captó el 28% del aumento total de los ingresos reales en EE. UU., Canadá y Europa Occidental, mientras que el 50% de menores ingresos captó tan solo el 9%.

Pero estos totales ocultan enormes diferencias: en Europa Occidental, el 1% de mayores ingresos captó ‘sólo’ tanto como el 51% de menores ingresos. En América del Norte, sin embargo, el 1% de mayores ingresos captó el 88% de menores ingresos.

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Estos extraordinarios hechos prueban que el crecimiento total por sí mismo nos dice muy poco – de hecho, en el caso de EE. UU., prácticamente nada – acerca de la escala de mejoras en el bienestar económico para la población en general.

Estos sorprendentes datos provienen del Informe sobre la Desigualdad Global 2018 del World Inequality Lab (Laboratorio sobre la Desigualdad Global) publicado recientemente. El panorama general es uno de convergencia entre países y divergencia dentro de ellos.

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Pero esto último no ha sucedido en la misma medida en todas partes. Por lo tanto, “desde 1980, la desigualdad de ingresos ha aumentado rápidamente en América del Norte y Asia, ha crecido moderadamente en Europa y se ha estabilizado en un nivel extremadamente alto en el Medio Oriente, África subsahariana y Brasil”, indica.

El informe también muestra que, después de la Segunda Guerra Mundial, la participación del 1% de mayores ingresos era relativamente baja, al menos según los estándares anteriores a la guerra, en todo el Occidente. Pero, desde entonces, esta participación ha aumentado significativamente en los países angloparlantes, principalmente en EE. UU., pero poco en Francia, en Alemania o en Italia.

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Walter Scheidel, un historiador del mundo antiguo y autor de ‘The Great Leveler’ (El gran nivelador), diría que el aumento de la desigualdad es justo lo que habría de esperarse. En este notable estudio, él argumenta que después de que se inventó la agricultura (y el estado agrario), las élites tuvieron un sorprendente éxito extrayendo todo el superávit que la economía creaba.

El límite de la depredación era establecido por la necesidad de permitir que los productores sobrevivieran. Sorprendentemente, numerosas sociedades agrarias desesperadamente pobres se acercaron a este límite, entre ellas las de los imperios romano y bizantino.

En tiempos de paz y tranquilidad, argumenta Scheidel, los poderosos intereses manipularon a la sociedad de una manera que aumentara su porción (y la de los descendientes) de las ganancias.

El poder crea riqueza y la riqueza crea poder. ¿Existe algo que pueda detener este proceso? Sí, de hecho existe, sostiene el libro: los cuatro jinetes de la catástrofe: la guerra, la revolución, la peste y el hambre.

Algunos argumentarán que el pasado no fue tan sombrío como lo sugiere el libro. Cuando los Estados dependían de la movilización militar, por ejemplo, tenían que tomar en cuenta, aunque fuera en parte, la prosperidad de la gente. Pero, en general, la desigualdad en las sociedades premodernas a menudo era impactante.

¿Qué tiene esto que ver con las sociedades posindustriales mucho más prósperas de la actualidad? Pareciera que más de lo que nos gustaría. Nuevamente, en el siglo XX, las revoluciones (en la Unión Soviética y en China, por ejemplo) y las dos guerras mundiales redujeron dramáticamente la desigualdad.

Pero, cuando los regímenes revolucionarios se suavizaron (o colapsaron), o cuando las exigencias de la guerra se desvanecieron de la memoria, unos procesos bastante similares a los de los antiguos estados agrarios se afianzaron.

Surgieron nuevas élites enormemente ricas, obtuvieron poder político y de nuevo lo usaron para beneficiar sus propios fines. Quienes lo duden deberían mirar de cerca la política y la economía del proyecto de ley fiscal que acaba de ser aprobada en el Congreso estadounidense.

La implicación de este paralelismo sería que, salvo que algún evento catastrófico ocurriera, actualmente estamos en camino de vuelta a una desigualdad en constante aumento. Una guerra termonuclear global sería un evento ‘nivelador’. Pero una catástrofe no es una política.

Sin embargo, tenemos tres razones más atractivas para sentirnos relativamente optimistas. La primera es que nuestras sociedades son mucho menos desiguales de lo que pudieran ser: nuestros pobres son relativamente pobres, pero no al margen de la subsistencia.

La segunda es que entre los países de altos ingresos no todos comparten la misma tendencia hacia una alta y creciente desigualdad y, la última, es que los Estados en la actualidad poseen una gama de herramientas políticas con que corregir la desigualdad de ingresos y de riqueza, si así lo desearan.

Una comparación entre la distribución de los ingresos disponibles y los ingresos del mercado en los principales países de altos ingresos (Canadá, Francia, Alemania, Italia, España, Reino Unido y EE. UU.) demuestra adecuadamente el último punto. En todos estos casos, los impuestos y el gasto público reducen sustancialmente la desigualdad.
Pero la medida en que lo hacen varía significativamente, desde EE. UU., el menos activo, hasta Alemania, el más activo.

La pregunta verdaderamente importante es si las presiones que ocasionan la desigualdad seguirán aumentando y la voluntad de compensarlas mayormente disminuirá. En referencia a la primera parte de la pregunta, es bastante difícil ser optimista. Parece muy poco probable que el valor de mercado de la labor de personas relativamente no especializadas en países de altos ingresos aumente.

En referencia a la segunda, se podría señalar, con optimismo, un deseo de disfrutar de un cierto grado de armonía social y la abundancia material de las economías modernas como razones para creer que los ricos pudieran estar dispuestos a compartir su abundancia.

Sin embargo, a medida que la movilización militar de principios y mediados del siglo XX y que las ideologías igualitarias que acompañaron a la industrialización y a la guerra masiva se desvanecen, y el individualismo se torna cada vez más fuerte, puede que las élites se empeñen más en apoderarse de todo lo que puedan para sí mismas.

De ser así, eso auguraría un mal futuro, no solamente para la paz social, sino incluso para la supervivencia de las democracias de sufragio universal que surgieron en los países de altos ingresos en los siglos XIX y XX.

Una posible consecuencia es el tipo de ‘populismo plutocrático’ que se ha convertido en una característica del EE. UU. contemporáneo (el país que garantizó, debiéramos recordar, la supervivencia de la democracia liberal durante la agitación del siglo anterior).

El futuro pudiera consistir entonces de una plutocracia estable, la cual se las arreglaría para mantener a las masas divididas y dóciles. La alternativa podría ser el surgimiento de un dictador, quien ascendería al poder apoyando una falsa oposición a esas élites.

Scheidel sugiere que la desigualdad seguramente aumentará. Debemos demostrarle que está equivocado. Si no lo hacemos, puede que esta, al final, acabe con la democracia.

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