El acuerdo: un compromiso de Colombia para la paz

Este busca corregir el estado de desequilibrio e injusticias acumuladas y no atendidas anteriormente.

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La firma de la paz entre el Gobierno y las Farc será un momento histórico no solo para Colombia, sino para el mundo.

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Economía
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septiembre 26 de 2016 - 09:57 a.m.
2016-09-26

Hay momentos hitos en la historia de un país que trascienden fronteras e iluminan nuevos caminos al futuro. La firma del acuerdo de paz en Colombia representa tal momento culminante. Si el pueblo colombiano lo ratifica en el plebiscito el 2 de octubre, el acuerdo ofrece la posibilidad de iniciar desde ya las labores necesarias para una transición que deja atrás décadas de guerra y abre el camino para la paz.

Como consejera para procesos de paz en el Instituto de Paz de Estados Unidos (Usip) -una organización independiente y bi-partidista fundada por el Congreso de Estados Unidos- por más de una década me he dedicado a facilitar una resolución política al conflicto interno armado en Colombia. Como testigo privilegiada del proceso y de los intentos inagotables para lograr la paz, reconozco el significado, los retos y las posibilidades de este momento. (Informe especial: La paz, un buen negocio) 

EL SIGNIFICADO

No hay que subestimar el significado de la firma de un acuerdo de paz para Colombia. Después de un trabajo de más de cuatro años continuos en la mesa de negociaciones en La Habana, dos enemigos acérrimos se han puesto de acuerdo para poner fin a un conflicto que ha durado más de medio siglo.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc-ep), la insurgencia más persistente en el hemisferio occidental, se han comprometido a entregar todas sus armas dentro de seis meses a las Naciones Unidas, el garante principal del cese al fuego y la dejación de armas.

En cambio, el Gobierno ha acordado garantizarles a las Farc condiciones de seguridad y 10 curules en el Congreso para los dos próximos términos del Congreso.

La práctica de abrir un espacio en la vida política de la nación para los insurgentes cuando se desarman ha contribuido a las transiciones exitosas en Africa del Sur, Irlanda del Norte, El Salvador, Guatemala, Filipinas, y en otras situaciones de rebelión armada. En Colombia misma, la práctica de abrir un espacio político a excombatientes de otros procesos le ha servido al país.

El acuerdo de paz no sólo silencia las armas en Colombia, sino ofrece también una hoja de ruta para prevenir su retorno. Institucionaliza cambios profundos, pero no radicales, que van al grano de las causas de tantos años de violencia. Busca corregir el estado de desequilibrio e injusticias acumuladas y no atendidas anteriormente.

Estos cambios incluyen proposiciones postergadas como la formalización de las tierras y un equilibrio mayor entre el campo y la ciudad; una participación política más equitativa y con garantías para todos; programas de desarrollo, créditos y capacitación que ofrecen alternativas a la producción de cultivos ilícitos; y un esfuerzo mayor del Estado contra la criminalidad con la colaboración de las Farc.

El acuerdo final crea mecanismos para la construcción de memoria histórica y para enfrentar los legados del pasado de acuerdo a estándares internacionales. Además de establecer un nuevo sistema integral de justicia transicional, los representantes del Estado y de las Farc ya han ido asumiendo paso a paso responsabilidades frente a sus víctimas en casos ejemplares concretos como Putumayo, Bojayá, La Chinita, Valle del Cauca, Chocó, y otros lugares.

Con actos solemnes, conducidos sin los medios de comunicación y con procesos de preparación de más de un año cada uno, ya están ofreciendo alguna reparación simbólica tanto como alivio emocional a las víctimas.

SIGNIFICADO PARA EL MUNDO

Para el mundo, la firma del acuerdo de paz en Colombia tiene otros significados adicionales. Colombia ha introducido una serie de innovaciones que ya son modelos para otros países en conflicto. Menciono algunos pocos aquí:

Primero, un acuerdo firmado en Cartagena constata que la paz es posible, aún en conflictos que se había considerado insolubles. No hay conflictos imposibles de resolver, sólo hay conflictos que no se han resuelto todavía.

Segundo, Colombia ha puesto a las víctimas en el centro de su proceso. Los negociadores establecieron principios compartidos sobre víctimas, les invitaron a participar en la mesa de diálogos en La Habana, les escucharon, y les han dado un rol protagónico en el nuevo sistema integral de justicia establecido en el acuerdo de paz. Este protagonismo es inédito.

Tercero, ofrece una fórmula razonable a la tensión entre la paz y la justicia y, como ha dicho el negociador principal del gobierno, Humberto de la Calle, representa el mejor acuerdo que se podría haber obtenido. La fórmula colombiana es una de las primeras que explícitamente no ofrece la amnistía e impunidad para la violencia sexual o para otros crímenes de Guerra, crímenes de lesa humanidad, o genocidio. Ofrece amnistía sólo para el crimen de rebelión y sus conexos, una práctica promovida por el derecho humanitario internacional cuando termina una guerra.

Cuarto, la fórmula colombiana privilegia una justicia restaurativa. En vez de echar a los criminales en una cárcel (generalmente a un costo alto y sin resultados muy positivos), el nuevo sistema (a través de la Jurisdicción Especial de Paz) busca establecer un diálogo entre víctimas y victimarios para establecer la reparación que satisface los derechos de la víctima; también busca contribuir a la reconciliación y la restauración del victimario a la sociedad.

En Colombia (como en Sierra Leona), donde tantos victimarios son jóvenes o han sido víctimas también, un acercamiento generoso puede ofrecer nuevos caminos para la reconciliación. Se mira este proceso con mucha atención desde afuera.

Quinto, el proceso ofrece algunas innovaciones importantes en el tema de género. La mesa en Colombia estableció una subcomisión de género con el mandato de garantizar en el acuerdo final un enfoque diferencial de género, algo que se cumplió cabalmente. Solo Sri Lanka ha tenido una subcomisión parecida, pero no llegó tan lejos como la colombiana.

El acuerdo final de Colombia refleja y responde a los daños diferenciales experimentados por las mujeres y los del LGBTI en el conflicto, tanto como las demandas de delegaciones de mujeres, y de preferencia lesbiana, gay, bisexual, trans e intersex, a cumplir con sus derechos y reconocerlos como sujetos políticos en igualdad de condiciones frente a la ley.

Con la implementación del acuerdo se espera superar por fin las brechas sociales tradicionales que han bloqueado el acceso de estos grupos a la tierra, el crédito y capacitación, la educación, la justicia, y los proyectos económicos.

Hay que mencionar por fin el establecimiento de una comisión étnica fuera de la mesa. La comisión fue impulsada por grupos étnicos excluidos del proceso y apoyada por miembros de la comunidad internacional. El esfuerzo logró al último momento la inclusión de un capítulo étnico en el documento final. Subrayó para la comunidad internacional la necesidad de pensar más en cómo facilitar mejor la integración de las voces excluidas dentro de otros procesos de paz para mitigar la creación de nuevos conflictos después.

LOS RETOS

A fin de cuentas, el significado de un acuerdo de paz depende del rigor con que se lo implementa. Por ahora, la ruta está bien establecida. Falta solo su refrendación. El mundo mira con esperanza, dispuesto a acompañar y aportar lo que se puede.

Mientras Colombia entra esta nueva etapa, tal vez más exigente que la de las negociaciones, estaremos atentos a las nuevas avenidas que seguirá abriendo en la construcción de una paz duradera e inclusiva.

Virginia M. Bouvier
Consejera para procesos de paz en el Instituto de Paz de Estados Unidos