El declive de población en las grandes zonas industriales

El inusual enfoque de Pittsburgh ofrece esperanzas a otras zonas urbanas que sufren los efectos de la desindustrialización.

Ciudades industriales como Detroit, han sido algunas de las más golpeadas por el declive de la actividad.

Ciudades industriales como Detroit, han sido algunas de las más golpeadas por el declive de la actividad.

Joe Gall/Red Bull Content Pool

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junio 30 de 2017 - 07:52 p.m.
2017-06-30

La ciudad de Yichun, en el noreste de China, creció en poco tiempo de un puesto de avanzada cubierto de maleza hasta convertirse en una ciudad próspera gracias a su mayor industria: la tala de árboles. Pero ahora Yichun tiene problemas; su población disminuyó en 111.000 personas entre 2005 y 2015.

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Décadas de deforestación insostenible ya han pasado factura y ahora, la ciudad está clasificada como de ‘recursos agotados’, y la falta de capa vegetal provoca inundaciones devastadoras.

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Aunque Yichun no está sola. El año pasado, China anunció un paquete de apoyo financiero para ayudar a estas ciudades a lidiar con quiebras y cubrir los costos de limpieza ambiental.

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Su ascenso económico fue similar a los que han disfrutado las generaciones anteriores de ciudades industrializadas, extendiéndose desde los primeros casos de la revolución industrial en lugares como los pueblos algodoneros del noroeste de Inglaterra.

Sin embargo, algunas ciudades emergentes han empezado a ponerse al día con sus contrapartes en el mundo desarrollado de otra manera también: sus economías han llegado a su punto máximo y están desindustrializándose.

El mundo se está urbanizando rápidamente; por primera vez más de la mitad de la población vive en estas zonas y esa cifra aumentará a dos tercios para el 2050. Como resultado, la mayoría de ciudades se están expandiendo, salvo aquellas que rompen con la tendencia por la desindustrialización.

Las ciudades decrecientes se concentran en un puñado de áreas, tales como el Cinturón de Óxido de EE. UU. y el corazón industrial de Alemania. Estos lugares fueron unos de los primeros en industrializarse, pero han tenido dificultades en las últimas décadas para averiguar qué hacer después de que los empleos industriales y de manufactura se hayan trasladado a otros lugares.

La salida de las industrias puede tener amplios efectos en los barrios urbanos, conforme disminuye la demanda de vivienda lo cual provoca una caída en los precios de los inmuebles. Los barrios con los precios más bajos sufren el declive de población más pronunciado, pero los ingresos de los hogares caen más bruscamente en áreas con precios medios, de acuerdo a la investigación de la Reserva Federal.

Un caso típico es el de Pittsburgh, la ‘Ciudad de Acero’ de EE. UU. Su poderío industrial constituyó la base de la riqueza de Andrew Carnegie. En 1901, la venta de su imperio de acero le hizo el hombre más rico del mundo, sin embargo, décadas después, Pittsburgh ya estaba en declive.

Recesiones, cierres, quiebras y despidos se convirtieron en la norma a partir de 1960 conforme las nuevas tecnologías, la deslocalización y la competencia de los fabricantes extranjeros consumían los empleos locales. Pittsburgh estaba sufriendo la dolorosa plaga de la desindustrialización.

Desde un pico de 676.000 habitantes en 1950, su población cayó casi 50% en las siguientes cuatro décadas. En su peor momento, la ciudad estaba perdiendo casi 10.000 personas por año.

“Nos convertimos en el segundo lugar con más ancianos en EE.UU. porque muchos jóvenes se estaban yendo”, dice Tom Murphy, alcalde de Pittsburgh entre 1994 y 2006.

Sin embargo, su transformación da esperanza a pueblos y ciudades de todo el mundo que están experimentando un declive postindustrial. Murphy encabezó un ambicioso y polémico plan de regeneración en el que la ciudad compró terrenos deteriorados del centro urbano y utilizó una mezcla de demolición, subvenciones públicas y acuerdos de desarrollo para regenerarlos.

Siguiendo el espíritu del lema de la famosa urbanista Jane Jacobs de “las nuevas ideas necesitan viejos edificios”, la ciudad transformó filas de acerías en modernas áreas de trabajo para atraer a empresas tecnológicas, artistas y otros profesionales creativos.
Para pagarlo, Murphy despidió a miles de empleados municipales. Sin embargo, es una medida que defiende, diciendo: “este es el reto que enfrentamos: ¿debemos gastar todo nuestro dinero en el presente o invertirlo en el futuro?”.

Hay señales de que la estrategia de Pittsburgh está rindiendo frutos. En los últimos cinco años su población se ha estabilizado, y en 2015 la revista Metrópolis la nombró una de las 11 ciudades más habitables del mundo.

El mundo se dio cuenta de las consecuencias de la desindustrialización en la elección presidencial estadounidense del año pasado, cuando el sorprendente respaldo de los estados del Cinturón de Óxido a Donald Trump provocó un terremoto político.

Trump aprovechó con éxito la ansiedad económica de los votantes en las zonas de declive industrial, quienes se sintieron ignorados por la clase política por mucho tiempo.

Un sentimiento similar de dislocación en las antiguas zonas industriales de las Midlands y del norte de Inglaterra ayudó a impulsar la victoria de la campaña a favor de abandonar la Unión Europea en el referéndum.

Un polémico artículo sobre la ciudad de Hull en The Economist instó a las autoridades a admitir que estaban luchando contra fuerzas implacables y a abandonar estos lugares, en lugar de continuar invirtiendo dinero en forma de beneficios y proyectos de regeneración.

Sin embargo, los ocupantes de estas áreas aún tienen un voto, y los cataclismos políticos recientes muestran que muchos de ellos están dispuestos a utilizarlo. Eso debería ser prueba suficiente, si fuera necesario, para apoyar el argumento de que, en lugar del abandono, las zonas en proceso de desindustrialización necesitan ayuda para encontrar su camino hacia un futuro económico positivo.

En la zona deprimida de Alemania, o Ruhrgebiet, la diversificación de la industria pesada en campos altamente cualificados asociados, tales como la ingeniería, desde la década de 1980 ha ayudado a revitalizar una de las mayores bases de poder industrial de Europa.

Las autoridades locales desempeñaron un papel importante mediante la modificación de su política económica para fomentar las tecnologías emergentes, especialmente las ambientales, según el geógrafo Gert-Jan Hospers.

La región se concentró en el desarrollo de nuevas industrias relacionadas con las ya existentes, en lugar de cambiar a un campo completamente diferente, reveló. El Gobierno de Ruhr también desplazó su atención de intentar atraer inversiones extranjeras a cultivar en cambio las empresas y el talento locales; y una política de descentralización se sumó al enfoque de la “renovación desde adentro”.

Esto refleja un consejo que Murphy tiene para otras zonas que enfrentan la desindustrialización: aprovechen sus fortalezas.

Es un punto de vista que comparte Gordon McGranahan, un investigador del Instituto de Estudios de Desarrollo en el Reino Unido, quien asegura que en lugar de perseguir estrategias de inversión interna, sugiere que las zonas en declive se enfoquen en apelar a los trabajadores educados y altamente calificados que las compañías quieren atraer.

El argumento de McGranahan se hace eco de la obra de Richard Florida, el teórico urbano que sugirió que las zonas con una elevada proporción de ciudadanos bohemios y creativos eran económicamente más desarrolladas. Las ciudades deben concentrarse en atraer a estas personas, en lugar de financiar nuevos desarrollos, argumentó Florida
Esta sugerencia puede funcionar en lugares con una situación demográfica favorable donde hay abundantes trabajadores, pero los países con descenso de población necesitan otras medidas políticas.

Conforme los milagros económicos producen una rápida urbanización en Asia y África, las autoridades deberían estar atentos a los esfuerzos de las ciudades como Pittsburgh; será útil cuando les llegue el momento de desindustrializarse.

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