El dominio económico de las tecnológicas

Examinando el impacto que generan las compañías más valiosas del mundo.

Microsoft

La mayor parte de las principales compañías tecnológicas son de Estados Unidos. En menor medida, China o Corea del Sur también cuentan con grandes firmas.

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POR:
financial times
noviembre 17 de 2017 - 08:21 p.m.
2017-11-17

Ocho de las compañías más altamente valoradas en todo el mundo son negocios tecnológicos.

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La capitalización de mercado combinada de estas compañías es de US$4,7 billones, lo que representa el 30% del valor conjunto de las otras 92 compañías dentro de las 100 compañías más valiosas del mundo.

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De estas ocho empresas, cinco son de EE. UU. (Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon y Facebook), dos son de China (Alibaba y Tencent) y una es de Corea del Sur (Samsung). La empresa tecnológica más valorada de Europa, SAP, ocupa el sexagésimo lugar como empresa con mayor valorización del mundo.

Las valoraciones actuales pueden ser excesivas. Tal vez las clasificaciones relativas del mercado también resulten estar equivocadas. Además, los negocios en los que participan estas compañías son todos diferentes en importantes sentidos. Sin embargo, el ascenso de estos grupos tecnológicos a la prominencia tiene que estar comunicándonos algo significativo.

¿Cuáles son, entonces, las preguntas planteadas por estas notables cifras? No voy a responder considerando la economía digital en sí (aunque sea interesante e importante), excepto en la medida en que pudiera remodelar la economía y la sociedad en general.

Tampoco me enfoco en los beneficios generados por el colapso de los costos de generar y distribuir la información misma. Yo me concentro a continuación en siete retos más amplios.

En primer lugar, ¿cuáles son las implicaciones del notable dominio estadounidense? Si bien cinco de las 10 compañías estadounidenses más valiosas son empresas tecnológicas, ninguna de las compañías europeas más valiosas lo es.

De hecho, la compañía europea más valiosa es Royal Dutch Shell. Sin embargo, Exxon, la contraparte más valorada en EE. UU., es solamente la octava compañía estadounidense más valiosa.

La opinión optimista pudiera ser que lo que importa es la capacidad de aprovechar lo que crean los grupos de tecnología estadounidenses o chinos. La opinión pesimista es que, si la economía propia no es parte del juego tecnológico, no será parte de los juegos económicos del futuro en lo absoluto. Yo sospecho que esta última opinión puede ser la correcta.

En segundo lugar, ¿cuál es la economía de estas extraordinarias valoraciones? La respuesta debe ser que se trata de monopolio. Al 30 de septiembre, el valor contable del capital de Apple era de US$134.000 millones, mientras que su valoración de mercado estaba sobre los US$900.000 millones.

La diferencia tiene que estar reflejando la expectativa de ganancias duraderas ‘supernormales’. Es probable que esto no sea producto de un comportamiento maligno, sino más bien de innovación y de economías de escala y alcance, incluyendo las externalidades de red que mantienen a los clientes. Sin embargo, sólo el monopolio podría generar beneficios tan supernormales.

En tercer lugar, ¿cómo deberíamos pensar acerca de la política de competencia para los negocios que se benefician de tan poderosas posiciones de monopolio? Una pregunta es si estas posiciones son temporales — tal y como lo como argumentaría el economista austríaco Joseph Schumpeter con su idea de ‘destrucción creativa’ — o duraderas.

Esto sugiere una gran cantidad de respuestas, pero al menos una parece simple. Schumpeter argumentaría que las nuevas entradas son una condición necesaria para erosionar tales monopolios temporales. Si así fuera, los gigantes de la tecnología deberían ser fuertemente disuadidos de comprar a sus competidores potenciales. Eso debe ser anticompetitivo.

En cuarto lugar, ¿cuál podría ser el impacto macroeconómico de tales compañías? Las cuentas de Apple son, de nuevo, fascinantes. Los activos totales de Apple fueron de US$375.000 millones para el 30 de septiembre, pero con activos fijos de apenas US$34.000 millones. El valor de las inversiones a largo plazo de Apple fue casi seis veces mayor que el de sus activos fijos. Sus ingresos netos en lo que va del año hasta el final del tercer trimestre también fueron más del 40% más altos que sus activos fijos totales. Evidentemente, esta compañía no tiene una forma rentable de invertir sus enormes ganancias en su negocio. Actualmente es un fondo de inversión conectado a una máquina de innovación y, por lo tanto, un agujero negro para la demanda agregada. La idea de que una tasa de impuestos corporativos más baja aumentaría la inversión en tales negocios es absurda.

En quinto lugar, ¿cómo debe gravarse a un negocio como ése? Un aspecto de la respuesta a esta pregunta es que un impuesto corporativo bien diseñado recaería en la renta monopólica. Una forma de hacerlo sería mediante la contabilidad de la inversión como gasto, junto con un impuesto corporativo más alto, no más bajo, que el actual.

Otro aspecto igualmente importante es reconocer que los impuestos territoriales son ineludiblemente defectuosos en gravar a las compañías tecnológicas globales, ya que la ubicación de su producción es extremadamente difícil de definir en la realidad.

La incapacidad de gravar a las compañías tecnológicas de una manera que iguale la tributación de los competidores territoriales crea una enorme distorsión económica.

En sexto lugar, ¿cómo deberíamos pensar acerca del impacto de los gigantes tecnológicos sobre los medios de comunicación? Estos no son sólo un negocio, sino un elemento vital dentro de una sociedad libre y democrática. En esta categoría, Google y Facebook son actualmente las piezas claves.

En 2017, se espera que estas dos empresas reciban 63% de todos los ingresos de publicidad digital estadounidense, en sí una creciente porción del total. Sin embargo, estos negocios enormemente rentables son parásitos de las inversiones en la recopilación de información generada por terceros.

Al límite, se convertirán en diseminadores altamente eficientes de la ‘no información’. Esto se conecta con un punto adicional: ellos pueden, como bien sabemos ahora, ser utilizados por personas que tienen una mala voluntad para deliberadamente diseminar peligrosas falsedades. Estos hechos plantean enormes problemas.

En último lugar, las actividades en las que la industria de la tecnología está involucrada — lo que Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson llaman “machine, platform, crowd” (máquina, plataforma, multitud) — van a tener un gran impacto sobre nuestros mercados laborales y, si la inteligencia artificial continúa avanzando, sobre nuestro lugar mismo en el mundo.

A final de cuentas, ¿cuáles son las implicaciones que tiene para el mundo todo esto? Que nuestros futuros son demasiado importantes como para dejarlos tan sólo a la merced de la industria tecnológica. Esta industria ha logrado durante las últimas décadas cosas absolutamente mágicas. Pero lo cierto es que nadie la eligió como ama del universo. Los legisladores deben tomar el control intelectual sobre lo que está sucediendo, y éste es el momento de comenzar a hacerlo.

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