El mausoleo de Doña Juana

Debemos reconocer que gran parte de las basuras que estamos generando son combustibles.

Doña Juana

Es sorprendente que en 456 hectáreas de una zona de ladera cercada por asentamientos humanos se sigan disponiendo 200.000 toneladas de basura al mes (cifras oficiales).

César Melgarejo/ CEET.

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septiembre 07 de 2017 - 09:53 p.m.
2017-09-07

Los reiterados problemas que se presentan, desde hace ya varios años, con relación al manejo de los residuos sólidos en los centros urbanos, en especial en Bogotá y su relleno sanitario Doña Juana, son fruto de un método que se concentra en ocultar -vía entierro tecnificado- los subproductos del consumo (metabolismo) urbano, que no tienen un uso claro, ni capacidad real de recuperación en el momento de ser generados, ni tampoco una valoración significativa en el mercado o en proceso productivo alguno.

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Esta forma de deshacernos de aquello que no usamos, que nos incomoda, nos estorba, nos huele feo, se encuentra dañado o deteriorado, caduco o podrido, está fuertemente influenciada por la cultura reinante de esconder u olvidar los problemas y esperar que otros los solucionen.

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El problema inicia en nuestros hogares, cuando dejamos de preocuparnos una vez sacamos las bolsas a la calle o las lanzamos por un shut, así este explote por la acumulación de gas metano, como ocurrió hace algunas semanas en unos edificios del norte de la capital colombiana.

Para muchos tecnócratas, los rellenos sanitarios son la expresión máxima de la gestión de los residuos sólidos; mausoleos enormes donde descansan indefinidamente materiales con tiempos de degradación que muchas veces superan los años de expectativa de vida de aquellos que los generamos. Obras civiles que multiplican el problema ambiental que buscan resolver.

La generación de lixiviados (líquidos resultantes por el paso del agua a través de los residuos sólidos y por su descomposición), las emisiones con potencial efecto invernadero, la degradación e inutilización del suelo, la generación y proliferación de ratas, moscas y plagas (vectores), y por supuesto, las basuras contenidas, son el culmen de este arcaico método, que proviene de antiguas civilizaciones que literalmente no sabían cómo lidiar con sus basuras; encontrando como única alternativa el entierro en zonas cercanas al asentamiento humano.

A manera de ejemplo, podemos hablar del monte Testaccio, en Roma, que está formado únicamente por ánforas en las cuales se transportaba vino y aceite de oliva, desechadas hace más de dos mil años por sus otrora habitantes. A semejanza del Relleno Sanitario Doña Juana, que inició operaciones en 1989 y cuya vida útil llegó a su fin en 2014 -en la primera licencia-, luego de haber recibido aproximadamente 42 millones de toneladas de basura; pero que, gracias a artificios técnicos, al optimismo tecnocrático y a decisiones políticas erróneas ha logrado una vigencia forzada hasta la actualidad, sobrepasando un diseño inicial que ahora muestra sus consecuencias.

Es sorprendente que en 456 hectáreas de una zona de ladera cercada por asentamientos humanos se sigan disponiendo 200.000 toneladas de basura al mes (cifras oficiales), sin detenerse a pensar que el sistema colapsará pronto -hecho que efectivamente ya estamos viviendo-. Pero la solución más fácil -y pobre, mentalmente hablando- es extender aún más la licencia de operación del relleno, hasta cuando aguante.

Por otro lado, pensar en un segundo relleno sanitario implicaría habilitar un área del Distrito Capital de la cual no disponemos para estos menesteres. Recordemos que los terrenos urbanos ya están comprometidos y que la ruralidad de Bogotá -ubicada principalmente en Usme- tiene un valor estratégico desde el punto de vista de la provisión de agua y demás servicios ecosistémicos.

En las condiciones actuales de la frontera urbana no es tan fácil o factible pensar en abrir nuevos agujeros o formar terrazas artificiales para acumular en éstos toda la expresión del metabolismo urbano de los capitalinos. La única acción desesperada está en considerar una estructura compartida con otros municipios del conurbano... Sabrá Dios qué alcalde aceptará esta propuesta.

Dentro de muchos años, los arqueólogos del futuro comprenderán nuestro comportamiento ambiental suicida al explorar la localidad de Ciudad Bolívar, verificando que desechábamos a diestra y siniestra nuestras efímeras posesiones, que desperdiciábamos comida como si viviéramos en la opulencia, que convivíamos con sustancias químicas peligrosas y padecíamos de trastornos obsesivos compulsivos con los productos de aseo. Seguramente, estos científicos del futuro se preguntarán las razones por las cuales no pensamos en hacer algo mejor, o en por qué no teníamos un estilo de vida más frugal o austero.

Luego de tres milenios de hacer lo mismo, ¿no sería posible pensar en otras opciones?, como el aprovechamiento energético de la mayoría de residuos que generamos, como lo hacen otros países que no pueden darse el lujo de derrochar tierras útiles para cultivos, reservas naturales o expansión urbana (aquello que tanto desea nuestro actual alcalde).

Corea del Sur, Singapur, Japón, Reino Unido, España y Alemania, entre otros, son ejemplos exitosos. Hacen una excelente separación en la fuente, una exhaustiva concienciación ciudadana y proveen energía eléctrica a su población gracias a la combustión de muchos materiales desechados.

Bogotá podría hacerlo, debemos reconocer que gran parte de las basuras que estamos generando son combustibles, pudiendo obtener una energía bruta aproximada de 71 GigaBTU al día (20 millones de kwh), cantidad suficiente para socorrer las necesidades mensuales de energía eléctrica de la ciudad. Eso, sin lugar a dudas, es mucha energía desperdiciada en un relleno sanitario.

¡Nos estamos quedando cortos, distrayendo e imposibilitando para definir realmente el problema de las basuras y, por ende, de encontrar soluciones verdaderas y definitivas!

Cristian Julián Díaz Álvarez,
profesor de Ingeniería Ambiental de la Universidad Central

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