Este vendedor ambulante de TransMilenio gana más así, que en un empleo formal

La historia de Arney Ramírez, quien dice que en este subempleo ha llegado a ganar 2,4 millones en un mes.¿Es la informalidad un tema de nunca acabar?

Ambulantes TransMilenio

Las ventas informales son pan de cada día en TransMilenio. Muchas personas logran su sustento económico con este trabajo informal.

Archivo Portafolio

Empleo
POR:
ana maría Gutiérrez
junio 20 de 2016 - 07:27 a.m.
2016-06-20

Por varias razones, Arney Ramírez ama su trabajo. Por mal que le vaya, en un mes se gana 780 mil pesos, dinero con el que paga arriendo, servicios y alimenta a su esposa y a tres de sus hijos. Puede decidir qué tanto quiere trabajar, aunque suele empezar su jornada a la 1 pm y terminar a las 10 pm.

Pero lo que hace Arney está prohibido. El paisa recorre la capital del país en TransMilenio narrando su historia o vendiendo cosas, y se gana entre 70.000 y 180.000 pesos al día, el sustento de los suyos. Y aunque la necesidad lo llevó a las calles, él confiesa que dejó un puesto de trabajo por este nuevo oficio.

Se vino de Pereira en busca de oportunidades, cuando su hermano le propuso trabajar en construcción. Pero en aquel lugar solo le pagaban 30.000 pesos diarios, lo que se le va en la alimentación de su familia.

Hoy, gracias a su nuevo ‘empleo’ o -subempleo en realidad- logró salir de casa de su hermano y pagar un arriendo de 350.000 pesos en Bosa-Brasil. Incluso le alcanza para pasear con los suyos los domingos. “No soy ni mucho menos millonario, pero tampoco soy pobre, bendito sea Dios. Se lo debo a lo que hago”, asegura, con el desparpajo que heredó de su cultura paisa.

Para él es un trabajo como cualquier otro y no se avergüenza. Aunque entiende por qué TransMilenio no le permite desempeñarse –y por eso no se pelea con los “tombos”-, defiende que lo que él y muchos otros hacen no tiene nada de indigno, “es mejor que estar por ahí robando y haciendo mal. Yo nunca sería capaz”, destaca, más con el par de ojos verdes que resaltan en su piel morena que con su amable acento.

De hecho, aunque cuenta que en varias ocasiones le han decomisado mercancía o incluso sacado de las estaciones, también dice que se han presentado momentos donde las autoridades “se hacen los bobos” y, “de buena onda”, lo dejan trabajar.

Lo cierto es que lo que el paisa hace es ilegal por informal  y TransMilenio ya ha manifestado su intención de ser más rigurosos con el rechazo a las ventas ambulantes dentro de los articulados. Esta costumbre –que antes se veía en los buses urbanos- se ha vuelto tan popular que en un recorrido de 40 minutos se pueden subir fácilmente más de cuatro artistas, vendedores o personas con historias que buscan conmover el bolsillo de los pasajeros –muchas veces con mentiras-.

Arney no tiene problema con ello. “¡Pero es que no le están haciendo mal a nadie! Muchas personas no tienen qué contar, nada que les sirva y por eso deciden inventar. Igual tienen necesidades y necesitan la plata, nada cambia”, responde.

Tampoco le ve lío a que cada vez tiene más competencia pues, según él, en la capital “hay trabajo pa’ todo el mundo” y hay muchos que necesitan el dinero”. Según cifras que la Defensoría del Pueblo presentó en noviembre del año pasado, en el 95 % del sistema hay presencia permanente de personas como Arney.

Asegura que los pasajeros normalmente son amables y le ayudan con lo que tienen. Según cifras del emprendimiento SmartCoin, en limosnas los colombianos gastan 200.000 pesos al año y TransMilenio reveló a inicios de 2015 que el 42% de los usuarios compra o está dispuesto a comprar comida a los vendedores, mientras que el 60 % le da dinero a los artistas.

Arney no miente sobre la otra cara de la moneda: también son muchos a quienes les incomoda la situación y se lo hacen sentir.

“Un día, cuando los saludé, un pela’o dijo ‘izque’ ‘aghhhhhh’, yo le contesté: ‘¿le duele algo mijo?’. Hay que tomárselo con humor o ignorar a los groseros. Obvio eso lo achanta uno y es maluco, pero ni modos, hay que seguir porque hay que alimentar a la familia”, dice.

Incluso dice que su ‘trabajo’ no es para todo el mundo y que, aunque ha intentado que más miembros de su familia ‘se le midan’ –incluso se lo propuso a su esposa- cuenta que después del primer día todos renuncian. “Les da pena. No son capaces. A mí no me critican porque con eso los alimento, antes me admiran. Y yo les digo: ‘dejen la pena que de eso no se come. Hay que darle con toda, agradecerle a Dios y ‘camellar’ duro”.

Si bien Arney asegura que jamás es grosero con quienes le ayudan, acepta que hay compañeros que no son agradecidos y que “le echan la madre” a quienes les den monedas de 100 o 50 pesos. “De poquito en poquito se va llenado el tarro. Esa gente no sabe apreciar. ¡Antes que nos dan plata!”, exclama.

Los casos de agresión han llegado a involucrar armas blancas. A inicios de este año se conoció el caso de un vendedor que hirió a dos policías con cuchillo en mano y por las estaciones se escuchan historias de quienes se enojan ante una moneda de baja denominación y no dudan en atacar.

Lo cierto es que a esta tendencia parecen surgirle más aristas en contra que a favor. Si se habla de calidad de empleo, lo único a favor son las ganancias que se pueden obtener. Los vendedores ambulantes son parte de ese 47,1 % de trabajadores informales y el 43,1 % se concentra en el comercio, según las cifras más recientes del Dane.

Estas personas, que viven del rebusque, no suelen tener EPS, no aportan para pensión, no tienen seguridad social, derecho a vacaciones, primas ni estabilidad económica y laboral. Que casi la mitad de los trabajadores de las trece ciudades y áreas metropolitanas esté bajo estas condiciones denota la falta de calidad de empleo en el país, a pesar de que la cifra de desempleados baje mes a mes.

Sin embargo, tampoco se puede ocultar el sol con un dedo. Arney y muchas otras personas pueden sobrevivir gracias a las ventas en TransMilenio. Incluso hay jóvenes que pagan sus universidades con este ‘empleo’ y paras quienes los articulados son el primer escalón de sus ideas de negocio.

Ana María Gutiérrez
Portafolio.co