'Estamos jugando con candela': Luis Alberto Moreno

Jefe del BID afirma que la reforma tributaria favorece al país. Dice que se deben solucionar diferencias políticas en torno al acuerdo de La Habana.

Luis Alberto Moreno

Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

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Economía
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octubre 30 de 2016 - 09:21 a.m.
2016-10-30

Luis Alberto Moreno es presidente del Banco Interamericano de Desarrollo desde mediados del 2005, sin duda el cargo de mayor relevancia entre las entidades que le toman el pulso al hemisferio. Con sede en Washington, el exembajador de Colombia recorre en forma permanente Latinoamérica y no pierde su contacto con el país. 

(Vea aquí todo lo que necesita saber de la reforma tributaria 2016)

Usted tiene un punto de observación privilegiado desde el BID sobre la situación de la economía mundial y regional. ¿Cómo se ven las cosas?

No hay duda de que este ha sido un año complicado para el mundo y más todavía para América Latina. El ritmo de crecimiento global es mediocre, apenas cercano al 3 por ciento, y en el ámbito regional vamos para una contracción importante que nos va a devolver un poco en materia social.

¿Cuál es la causa?

La verdad es que con excepción de India, ningún país grande crece a buen ritmo. China se ha desacelerado y ya no es el comprador de materias primas de antes; Japón no arranca; Estados Unidos avanza, aunque no es claro si el buen dato del tercer trimestre es temporal, y Europa se encontró con la sorpresa del ‘brexit’ que es un lío de marca mayor.

¿Por qué?

Porque es romper un matrimonio que llevaba 43 años. El camino que viene no será fácil y va a hacer daño a ambos lados del Canal de la Mancha. La mayoría de analistas coincide en que para la economía británica el golpe puede ser importante, como ya lo demuestra la descolgada de la libra esterlina.

Usted sostiene, sin embargo, que actualmente hay una gran paradoja en el planeta. ¿A qué se refiere?

A que nunca la humanidad había sido tan próspera. Hace una generación, una de cada tres personas vivía en la extrema pobreza y ahora esa proporción es inferior al 10 por ciento. Los indicadores de esperanza de vida, salubridad o educación no tienen precedentes.

Pero nadie parece notarlo…

Es verdad. Las encuestas en todas partes muestran una gran insatisfacción con el presente y un enorme temor hacia el futuro por cuenta de los interrogantes que acompañan a la política o la revolución tecnológica. En Europa, para citar un caso, se habla del ‘precariato’, una nueva clase social sin empleos estables que se encuentra en una especie de limbo.

¿Es generalizado ese descontento?

Abunda. Hay cuestionamientos a la democracia, al libre comercio y a la globalización. El ‘brexit’ o la candidatura de Donald Trump en Estados Unidos tienen mucho que ver con eso. Son situaciones asociadas también a las presiones migratorias, al aumento de la desigualdad o la urgencia del cambio tecnológico sobre oficios que de la noche a la mañana se vuelven irrelevantes. Suena irónico, pero el populismo está apareciendo en los países más ricos mientras en Latinoamérica se ve en retirada.

¿Qué le lleva a decir eso?

Hicimos una encuesta con Latinobarómetro según la cual el 77 por ciento de la gente de la región apoya la integración económica, una proporción que uno no encuentra en Europa, en donde los nacionalismos surgen con fuerza. En Estados Unidos, para citar otro caso, 62 por ciento de las personas está en contra.

El surgimiento del populismo de derecha, interesado en ponerle barreras al movimiento de personas y de productos, es un peligro potencial al que hay que prestarle atención, porque nos devolvería a épocas que ya creíamos superadas, en las cuales la humanidad era mucho más pobre.

Igual por estos lados hay una gran insatisfacción…

Es verdad. La pobreza disminuyó y la clase media creció mucho, pero los servicios estatales en América Latina son de mala calidad: la educación, la salud, la justicia, la seguridad. Además, la percepción de corrupción sube y el desencanto con los dirigentes es enorme.

¿Qué propone?

La política tiene que evolucionar en busca de esquemas más participativos. Las administraciones necesitan ser más efectivas a la hora de entregarle soluciones a la gente y la corrupción debe ser extirpada. No hay de otra.

Más fácil decirlo que hacerlo…

De acuerdo, pero creo que podemos salir fortalecidos de esta prueba si entendemos el tamaño del desafío y en América Latina adelantamos las reformas que se pospusieron por cuenta de la autocomplacencia que nos generó la bonanza de los bienes primarios. No todos, pero la mayoría de los gobiernos de la región han comenzado a hacer muchas tareas que tenían pendientes.

Es imposible no preguntarle sobre Colombia. ¿Cuál es su análisis de lo que estamos viviendo?

Cuando vi los resultados del 2 de octubre, me sorprendí mucho, como la mayoría de los colombianos. Ver una votación prácticamente dividida en mitades iguales me inquietó. Entonces me acordé de lo que pasó en Quebec, la provincia francófona de Canadá en donde los partidarios de la independencia fueron derrotados por un margen muy estrecho. Desde entonces, esa presión ha bajado porque ambos lados lograron negociar cambios importantes.

Es decir…

Que aquí lo que hay es una oportunidad para entenderse. Hay que aceptar que la mitad de nuestros compatriotas no quiere una paz como la que se negoció. Partiendo de esa realidad, lo que más debería interesarles a las propias Farc es que haya un nuevo acuerdo que tenga el respaldo de la gran mayoría de la sociedad colombiana y ojalá de todos los que apoyaron el ‘No’.

Cualquier otra cosa es mucho más riesgosa, por más seguros legales que le quieran poner. La legitimidad viene del apoyo popular, no de blindar un contrato.

El problema es que la lista de las modificaciones es grande…

No estoy en capacidad de afirmar cuáles sugerencias valen la pena y cuáles no. Mi aspiración como ciudadano es que prime el sentido común y el propósito de conseguir de verdad una paz estable y duradera.

Eso requiere humildad, paciencia, diálogo y espíritu de cooperación. Aspiro a que ese sea el caso y que podamos tener un texto reformado, ojalá pronto. Coincido con la apreciación de que este limbo es muy peligroso y no debería prolongarse demasiado.

En varias ocasiones usted mencionó que la paz había que hacerla en Bogotá y no solo en La Habana. ¿Qué opina ahora?

Que lamentablemente los hechos me dieron la razón. Mirar hacia atrás es muy fácil, pero lo cierto es que debimos buscar entendernos antes. Cuando uno gradúa a los contradictores de opositores, descubre que acaban ejerciendo como tales. Ahora lo que toca es cerrar heridas y aprender que más allá de las aspiraciones políticas de cada uno hay una sola Colombia que nos pertenece a todos y por la que debemos identificar objetivos comunes. Desconocer eso es asegurar que las divisiones actuales nos persigan durante muchos años más.

¿En qué consiste eso de los objetivos comunes?

En que es obligatorio pensar en el país de los próximos 15 o 20 años. Salud, pensiones, envejecimiento de la población, educación, infraestructura y la manera de responder a los desafíos de la revolución tecnológica son apenas algunos temas, aparte de hablar sobre cómo vamos a aprovechar bien nuestro enorme potencial agrícola, de forma sostenible y respetuosa con el medioambiente.

¿Y si ese clima no se crea?

Pues estamos jugando con candela. La confianza es la que hace que la economía crezca, atraiga inversiones, genere empleo y aumente el bienestar social. Colombia, más allá de todas las dificultades que hemos enfrentado, siempre ha sido un país bastante predecible porque las decisiones que tomaban sus dirigentes eran responsables. Nada de eso está asegurado en medio de esta incertidumbre porque nos estamos creando problemas que no teníamos.

Por eso insisto en que mientras la política no se arregle, pues no se va a arreglar la economía y eso incluye las posibilidades de la reforma tributaria en el Congreso.

Usted que habla con los banqueros internacionales, ¿qué tan grave sería si no pasa la reforma?

Mucho. Perderíamos el grado de inversión, y el margen de riesgo de nuestros títulos de deuda subiría. Colombia tiene un déficit externo importante que necesita financiar y tiene programadas nuevas emisiones de deuda con el fin de remplazar las obligaciones que expiran. Sería previsible un costo mayor que algunos han estimado en cinco billones de pesos anuales.

Por otra parte, es conocido que hay impuestos temporales que se vencen y que es necesario sustituir porque las cuentas sencillamente no dan. Además, todo indica que viene un alza de tasas de interés en Estados Unidos, con lo cual las condiciones externas se volverán más difíciles.

¿Cómo le parece el proyecto?

Es una mejoría significativa, sin duda alguna. Recomponer las cargas que hoy afectan de manera desproporcionada a las empresas y elevar el aporte de las personas naturales hace toda la lógica, así como el combate a la evasión.

El IVA es impopular pero quedaría en niveles muy similares al promedio de América Latina. Lo que uno espera en estos casos es que el debate en el Congreso sea serio y que se privilegie el interés común sobre el particular. A nadie le gusta pagar más impuestos, pero hundir la reforma nos costaría a todos. Eso lo deberían pensar los partidos que quieren llegar a la presidencia en el 2018, pues a ellos les tocaría llegar a manejar un lío muy difícil.

Normalmente es más optimista sobre Colombia…

Lo sigo siendo. Hemos avanzado mucho en materia social y económica en los últimos años. El colombiano promedio hoy es mucho más próspero, mucho más educado y mucho más sano que nunca antes. Nuestros recursos naturales son enormes y también la capacidad de nuestra gente. Pero estamos en una encrucijada y tenemos muchos problemas por resolver. Si nos entendemos, llegaremos a la solución de una mejor calidad de vida para todos por la vía más corta. Pero si prima el egoísmo, pues nos va a costar más trabajo construir un país mejor.

RICARDO ÁVILA
Director de Portafolio