‘Aquí y ahora’

En estos últimos días he tenido la oportunidad de escuchar, personalmente, los discursos de posesión presidencial de Alan García Pérez y Alvaro Uribe Vélez. Ambos, reelegidos con amplio respaldo y reconocimiento internacional.

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agosto 14 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-14

El mandatario peruano lo había sido muy temprano, en 1985, cuando frisaba los 35 años de edad, a nombre del Apra: el partido histórico fundado en 1930 por Víctor Raúl Haya de la Torre. Nuestro compatriota, por su parte, ha reinaugurado la institución de la reelección a través de una reforma reciente de la Constitución de 1991 como líder triunfante de una coalición disidente, abrumadoramente mayoritaria, ante el concordato inminente de la política tradicional. Con el vigor propio de una juventud ya madura, expusieron sus programas de gobierno ante sus respectivos parlamentos. Coincidieron en su visión geopolítica dentro de un mundo globalizado arrinconado, hoy, por el terrorismo y la injusticia social. Y, sobre todo, reafirmaron su vocación latinoamericanista. En principio, y relativamente, la distribución, objetivos y monto del presupuesto nacional de un gobierno sirven para clasificarlo como de izquierda, derecha o centro. Del mismo modo un discurso de posesión hace las veces de carta de navegación sujeta a controles y sanciones de todo orden. Y, además, constituye punto de referencia forzoso para el llamado ‘veredicto de la historia’. Por tener esta certeza, ambos presidentes han prometido absoluta transparencia en sus gobiernos y firme decisión para fortalecer y modernizar el Estado, atacar la pobreza y el desempleo, multiplicar las coberturas del desempleo y salud, asegurar la libertad con equidad e impedir la violación de los Derechos Humanos y la resurrección del populismo. Sus discursos se blindaron contra cualquier asomo caudillista. Se advierte en ellos, también, los efectos de las lecciones recibidas durante sus gobiernos, tanto en lo positivo como en lo negativo. Y su propósito irreversible de enfrentar los desafíos sociales, tal como aconsejaba Mitterrand, ‘aquí y ahora’. Como lo expresará en esta misma columna hace 4 años celebro, de nuevo, que las grandes mayorías nacionales hayan señalado a Uribe Vélez como el promotor de una gran rectificación histórica destinada a estructurar un Estado democrático pero fuerte, eficaz, transparente y con profundo acento social. Objetivo que impone entender, primero, que lo único tan costoso como la guerra es la paz, y, segundo, que un reformismo integral sólo es viable si la sociedad civil participa e influye en su procesamiento. No hay que dejarse extraviar por ese ‘síndrome del consenso’ que ha servido siempre de recurso farisaico a los dueños del statu quo para perpetuarse en el poder. Se precisa tener conciencia que el cambio verdadero impone la existencia de opositores: claro está, dentro de un escenario civilizado y ético. Que nos encontramos frente a sectores estratificados renuentes a modificarse: unos por ser como dinosaurios políticos en ejercicio; otros porque la guerra y el atraso les garantiza el mantenimiento de sus privilegios. Que no hay que temerle a la controversia y, por el contrario, hay que propiciarla. La obsesión por el unanimismo carece de viabilidad en un momento de definiciones cruciales como el actual. La personalidad, conocimientos y ejecutorias de nuestro Presidente permiten confiar que no le temblará el pulso para girar sin contemplaciones sobre la inmensa popularidad con que arranca su nuevo mandato. El, bien sabe que ciertos voceros de los ‘intereses creados’ sólo acatarán reformas de maquillaje puesto que son conscientes, tal como lo enseña la máxima china, que frente a los cambios estructurales ‘cada paso que da el zorro lo acerca más a la peletería’. Un precio que no debe importarle dadas sus innegables condiciones de líder capaz de jalonar la historia y no hacer de palafrenero, es decir, de simple presidente de ‘mantenimiento’. Ex ministro delegatario y ex embajador en E.U. "No hay que temerle a la controversia y, por el contrario, hay que propiciarla”.

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