A los abstencionistas

Para un abstencionista que ha mirado la política electoral desde sus cuarteles de invierno, no es fácil abandonar esa relativamente cómoda posición. Tengo que confesar mi profunda desconfianza por el sistema electoral colombiano, por los políticos y la politiquería.

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mayo 25 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-25

Y, es que para mi generación, la de la canción de Ana Belén, Yo también nací en el 53, que empezó a ejercer su derecho ciudadano a los 21 años, en medio del denominado “Frente Nacional” -donde solamente existía la posibilidad de la alternación del poder entre liberales y conservadores- con una democracia restringida, donde el clientelismo campeaba por doquier y los que pensábamos distinto teníamos que camuflarnos para poder sobrevivir, no eran para nada atractivas las alternativas que se nos presentaban. Entre otras cosas, la generación que nos antecedió, había vivido la euforia de la triunfante revolución cubana, muchos de nuestros mejores jóvenes, intelectuales y universitarios se habían incorporado a las filas de los movimientos insurgentes, con la esperanza de un mundo mejor y lo habían perdido todo en el intento, inclusive la vida. Los que creíamos que la vía armada NO era la solución, pero que tampoco nos sentíamos parte de un sistema injusto que negaba a la juventud y al pueblo, la posibilidad de escoger una vía alterna, nos sentíamos solos y sin apenas darnos cuenta escogíamos el camino de la misantropía. Teníamos verdaderos motivos para abstenernos y para la incredulidad. Personajes paradigmáticos que quisieron cambiar el estado de las cosas desde la institucionalidad terminaban en su desespero, muertos o asesinados. Se agolpan, sin solución de continuidad los recuerdos de la historia reciente. Camilo, por ejemplo, muerto joven, en un combate en el que no combatió. Participó, con otros intelectuales de la época, en la fundación de la facultad de sociología que después sería la base de tantos y tan olvidados estudios sobre la realidad colombiana. En la pequeña y discreta capilla de la universidad casó a casi todos los estudiantes marxistas, jugó a mezclar revolución y el humanismo y empezó a cavar su propia tumba. O, su gran amigo: Jaime Arenas, un estudiante de la Universidad Industrial de Santander. Un líder. Organizó y dirigió una marcha estudiantil que protestaba por algo, ¿por qué era que protestábamos? Fue una gesta épica, gloriosa, pero sus objetivos y logros hoy están en el baúl de los recuerdos. Su epílogo no tuvo nada de heroico. De cansancio se durmió en una guardia, fue condenado a muerte por sus jefes militares y huyó. Se entregó al establecimiento. Más tarde fue dizque ‘ajusticiado’ en plena carrera séptima de Bogotá. La historia reciente, los asesinatos sistemáticos de los miembros de la Unión Patriótica, de los defensores de los derechos humanos. Los anónimos muertos de la violencia en el campo, los sindicalistas. La locura asesina del paramilitarismo. La pérdida de rumbo de la insurgencia, sus actos terroristas que condenamos sin dudas y, mientras tanto, un establecimiento impávido, aplicando una democracia formal, expoliadora y explotadora, de espaldas a la realidad y defendiendo los intereses de una burguesía que jamás estuvo interesaba en el país real, el país profundo, como dirían los peruanos. Hoy se ha desarrollado una nueva fuerza. Propone en lo fundamental la búsqueda de la “eliminación de los extremos de la riqueza y pobreza, la lucha contra la exclusión social, la decisión política de combatir el hambre y el desempleo… una estrategia de fortalecimiento del Estado Social de Derecho, así como la consolidación del orden civil y de la legítima autoridad pública”. Parece una verdadera alternativa al caudillismo, a la desinstitunacionalización del país, a la propuesta de seguridad sin democracia. Quiero creer que es posible. He decidido abandonar, por ahora, el camino de la misantropía y el abstencionismo. Votaré por un proyecto distinto. Espero no equivocarme. Profesor U. Nacional "Votaré por un proyecto distinto. Espero no equivocarme”.

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