El abur

Ninguna democracia, ni siquiera la colombiana tan tocada de escepticismo, resiste el espectáculo bochornoso del 14 de marzo. A las trapisondas y a los sobornos del votante, de parte de los buenos...

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marzo 18 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-18

Los adioses a Álvaro Uribe apenas comienzan. La primera tanda estuvo a cargo de quienes se regocijaron con el contundente fallo de la Corte. Entre guiños y guiñoles le darán un respiro hasta después de las elecciones presidenciales.

Don Sancho Jimeno, quien fue testigo de una crisis dinástica, no quiere ser el último en abures. Pocos años después de que él, en 1697, se irguiera casi solitario contra huestes invasoras en Bocachica, murió sin descendencia el último de los austrias españoles. Desenlace tan inapelable como el mazazo constitucional que abatió las aspiraciones del señor Presidente.

Carlos II, el rey de marras, dejó poca cosa aparte de un sucesor francés. Uribe en cambio recuperó para el Estado el monopolio de la fuerza. Ese es un bien inestimable, para conservar con perseverancia y vigor, y un legado no del todo incruento, pero no por culpa del Presidente.

Gran parte de la responsabilidad de la mancha criminal remanente en Colombia -a izquierda y derecha- hay que atribuirsela a la obtusa política de interdicción penal del tráfico de alucinógenos por parte del mundo desarrollado. Mancha imposible de despintar mientras la interdicción subsista en su versión actual. Va para largo, como la malévola sombra francesa de Luis XIV sobre la península Ibérica en tiempos de don Sancho. A Uribe no hay que achacarle ni el narcotráfico ni las bandas de malhechores concomitantes, pero la historia podría cobrarle el haber descendido un escalón más en la inviabilidad democrática de Colombia al acentuar el descrédito del Legislativo.

El acatar la providencia de la Corte no exime de culpa. La espina estaba clavada y supuraba. El largo transitar de la segunda reelección con su estela de triquiñuelas y cohechos agravó lacras preexistentes. Una república que desde su incepción ha aceptado sólo el veredicto de las urnas como fuente de legitimidad está terminalmente enferma. El Poder Legislativo carece de sustento. Ninguna democracia, ni siquiera la colombiana tan tocada de escepticismo, resiste el espectáculo bochornoso del domingo 14 de marzo.

A las trapisondas y a los sobornos del votante, de parte tanto de los buenos como de los malos, se sumó la incompetencia del organizador de las justas electorales, al punto que parecía borracho.

La clásica metáfora de bárbaras naciones que se creían superadas envolvió de nuevo al país. En ese maremágnum fueron una excepción los puros. El reflector enfoca al PIN, por ser el colmo de los colmos, pero casi nadie está sin pecado. ¿Por qué habrá el colombiano de obedecer las leyes emitidas por un legislador espurio? ¿No sería mejor declarar nulas las elecciones de Senado y Cámara?

Y para regresar al adiós de quien se aviene mal a ser un mueble viejo durante varios meses, Álvaro Uribe podría quizá hacerle un último favor al país que abrumadoramente cree en él. Cierre el Congreso, Presidente. borrón y cuenta nueva. Use el bolígrafo como los ayatolás. Tache a los sospechosos y a sus parientes. Jubile a los que están en edad. Obligue a los partidos a reconstituir listas sin mácula. Convoque a nuevas elecciones legislativas en la fecha de las presidenciales, mientras aplica severísimos y sumarios castigos a todo aquel de quien medio se sospeche que carga la tula para comprar electores.

Todo por decreto ley, con poderes dictatoriales pro témpore, como en la antigua Roma. -Estás pensando con el deseo, don Sancho-. El presidente será recordado por haber rescatado a Colombia en las puertas del infierno, una vez. Empero, no habrá por ahora regeneración. Uribe no es Núñez. Vaya con Dios.

rsegovia@axesat.com