Lo accesorio

Al levantarse de la cama cada madrugada Álvaro Uribe tropieza con una bandeja atiborrada de peleas por casar. Son contradictores, no dan tregua.

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noviembre 16 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-16

Hay que remontarse a los tiempos de Rafael Núñez para toparse con un presidente respondón en la mira de francotiradores. Y las andanadas de hoy son mucho más nutridas. El Regenerador era menos respetuoso de la libertad de prensa y no tenía que habérselas con la radio y la televisión. Ahora cualquiera opina mientras los medios dan cabida generosa tanto a la calumnia como a la crítica razonada. Uribe es un regalo de Dios para los periodistas. Frentero y elocuente, asume gustoso su propia defensa. Se deja manosear, dicen algunos, pero al colombiano del común le gusta su presidente con reservas de adrenalina, raciocinio riguroso y salida aguda. Hay quienes sostienen, sin embargo, que casar tantas peleas va en detrimento de las instituciones, porque se junta con un talante autoritario que tolera mal las divergencias de opinión y añade el desconsiderado hábito de descalificar a los adversarios. Esos juicios severos, aún admitiendo que contengan algo de verdad, no dejan de ser meramente accesorios. A los presidentes se les sopesa no por la minucia, sino por los aciertos en la conducción del Estado. En ese orden de ideas qué importan esporádicos brotes de malacrianza si se recupera con singular tesón el monopolio de la fuerza como legítimo e indelegable atributo del Estado. Con la tarea aún inconclusa, pero ya sin la nación al borde del colapso y sin guerrilleros y paramilitares señoreando extensas porciones del territorio patrio, bien pude regañar de vez en cuando, sobre todo a los que rehúsan por resabios ideológicos repudiar la rebelión como instrumento para llegar al poder. Igualmente, si el país crece como nunca en la posguerra porque se ha privilegiado la inversión productiva y porque se han seguido liquidando haberes y deslastrando al Estado de tareas que hace mal, poco importa que algunos elementos de la economía hayan quedado imperfectos o que se abuse de ellos, dado que la política es apenas el arte de lo posible. Ya habrá una mejor ocasión para corregir desequilibrios antes de que se acentúen. También irrelevante es tachar de simple populismo electorero los Consejos Comunales que diluyen con métodos heterodoxos presiones populares en un país donde la pobreza ha sido herencia de la estupidez de sus gobernantes. Frente a necesidades impostergables, el Presidente aplica ungüentos y gana tiempo para distribuir los beneficios del desarrollo y para construir capital intangible con políticas educativas por fin medianamente coherentes. Don Sancho Jimeno, héroe de Bocachica cuando enfrentó desde el fuerte de San Luis a los corsarios franceses que atacaron a Cartagena en 1697, era devoto de San Ignacio de Loyola. Recordaba que designados en 1546, tres jesuitas como ‘teólogos del Papa’ por Paulo III para asistirlo en el Concilio de Trento, recibieron del santo fundador de la orden estas instrucciones: ser lentos en el hablar y hacerlo de manera amistosa; escuchar con tranquilidad para apreciar mejor el punto de vista de los otros; al exponer los temas dar las razones contrarias, sin parecer parcial ni indisponer a nadie; si la réplica es tan evidente que no se puede callar, dar la opinión con modestia; en la prédica no tocar los puntos que separan a los adversarios, sino contentarse con tratar de las buenas costumbres y las devociones que se usan en la Iglesia. Sabios consejos, pero más aplicables a quienes mueren en olor de santidad que a quienes se enfrentan al fragor de la política. Ex ministro. Historiador Qué importan esporádicos brotes de malacrianza si se recupera con singular tesón el monopolio de la fuerza como legítimo e indelegable atributo del Estado”.

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