La aduana de la droga en México

Ciudad Juárez/AFP. En medio del desierto y bajo un sol que raja la tierra, 50 militares y otros tantos policías asentados en el solitario paraje de Samalayuca, forman el primer cordón de seguridad que rodea a Ciudad Juárez, el mayor escenario de la guerra al narcotráfico en México.

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julio 04 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-07-04

En ese arenal interminable, un pabellón sirve de refugio a los soldados que custodian el sitio ubicado 35 kilómetros al sur de Ciudad Juárez, sobre la carretera que lleva a Chihuahua, capital del estado homónimo, donde el precario puesto de control contrasta con la moderna tecnología para detectar cargas de droga. Los policías se jactan de un camión equipado con un enorme brazo de metal llamado Vasic, dotado de rayos gamma que durante “el paso de los trailers envía información a un computador marcando posibles indicios de cargamentos de drogas y armas”, explica la suboficial Mariana, única mujer destinada al puesto. Pese a la moderna tecnología, hasta ahora se ha hallado poco y nada para el previsible nivel de trasiego de drogas de la zona, cerca de la frontera con Estados Unidos, mayor mercado mundial de consumo de cocaína. “Desde que se instaló este sistema este año, los mayores decomisos fueron de una camioneta con 51 kilogramos de marihuana y un trailer con 5,8 kilogramos de la misma droga”, detalla Mariana, quien como el resto de sus compañeros prefiere omitir su apellido. Al otro lado de la carretera, de regreso del vecino del norte, la actividad de control para detectar las armas que abastecen a los cárteles es escasa. La caravana de camionetas de la policía federal con hombres encapuchados y fusiles de alto poder emprende el regreso a Juárez, escenario de guerra declarada donde se multiplican los retenes, patrullajes y filtros de seguridad. Convoyes militares y federales se topan en las amplias avenidas de la ciudad con otros de la policía municipal, y se observan con evidente recelo. “Se trabaja poco con la policía local por falta de confiabilidad. A muchos se les ha dado de baja, pero no ha sido el 100 por ciento”, admite un alto oficial policial a la AFP, mientras observa desde su camioneta a municipales a bordo de sus vehículos. La colusión de policías locales con los cárteles es uno de los asuntos medulares en el combate al narcotráfico. Las autoridades también temen que los foráneos establezcan lazos con los cárteles, y por eso los relevan cada 30 días. El alto oficial coordina a los 1.800 federales que junto a 8.500 militares patrullan las avenidas centrales de Ciudad Juárez, para intentar frenar la disputa entre los poderosos cárteles de Sinaloa y el de los Carrillo Fuentes, aunque la guerra no cesa, a un ritmo de una decena de ejecutados por día. Uno de los filtros de seguridad fue instalado en una avenida que divide a un barrio situado al norte del aeropuerto, llamado Héroes de la Revolución, el escenario más encarnizado de la guerra entre pequeños distribuidores de drogas, la mayoría jóvenes de bandas que buscan atrapar el creciente mercado local. “Se trata de ajustes de cuentas entre bandas rivales”, dice el responsable de ese operativo, que al igual que su superior considera que se ha reducido el nivel de violencia en Ciudad Juárez con la presencia de federales y militares. Pero María Contreras, una repostera de 35 años, no opina lo mismo. “La situación está igual que cuando no estaba el operativo. Los militares y los policías federales nada más andan paseando”, señaló. No deja novedades la revisión de un vehículo con una señora embarazada y de otro con una madre que, con dificultades y visiblemente molesta, desciende con su hijo en brazos bajo una agobiante temperatura de 40ºC para que un policía con su detector verifique si el auto carga drogas. “La gente se molesta un poco, pero los que están afectados por la delincuencia lo piden. Estos operativos son fundamentalmente de carácter disuasivo", dice el jefe de retén. Pero al interior de ese bravo barrio, donde se enfrentan por la plaza los grupos Los Aztecas y Los Micles, los operativos son escasos, pese a que los enfrentamientos y ejecuciones son cotidianas. Llega la noche en Ciudad Juárez y sus 1,3 millones de habitantes saben que a la mañana siguiente no habrá sorpresas: otros muertos engrosarán la interminable lista de los casi 2.500 homicidios violentos perpetrados desde 2008. El apabullante laboratorio de las muertes violentas “Din don, din don, son las cosas del amor”, suena la voz del baladista argentino Leonardo Favio desde una radio colgada en la morgue de Ciudad Juárez, donde el trabajo de los forenses es a destajo y en estado de máxima tensión. “Los médicos necesitan la música suave para distraerse, porque es muy duro su trabajo”, dice Héctor Jaule, jefe del Centro de Servicios Periciales y Ciencias Forenses de Ciudad Juárez, quien precisa que el promedio es de siete autopsias diarias, la gran mayoría producto de los enfrentamientos del crimen organizado. Un cuerpo envuelto está depositado sobre la camilla, otros dos están apilados en unas tarimas y todo el recinto huele penetrante, el olor de la muerte, que es el que se respira en una ciudad agobiada por la violencia del narcotráfico. La morgue integra un moderno complejo en el que trabajan 110 personas en las áreas de criminología, balística, química y genética, antropología y administración, todo para intentar saber cómo y quién en una ciudad que se acostumbra a reportes de una decena de asesinatos diarios. Ahora la mayoría de las víctimas son jóvenes distribuidores de droga, que integran pandillas que se disputan palmo a palmo cada barrio y cada calle por el mercado minorista. Estos jóvenes son el primer eslabón de una guerra a gran escala entre los poderosos cárteles de Juárez y Sinaloa, que tienen la mira puesta ahí muy cerca, cruzando el límite para abastecer a Estados Unidos, el mayor mercado mundial de cocaína. “Se ha construido este centro por la gran cantidad de hechos, para dar más servicio”, admite Saúl Chávez, criminalista de campo.WILABR

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