Albur de educar

No digo que sea una suerte, porque es un derecho. Ya moneda de plata o ya moneda de cartón, es de naturaleza impredecible y misterioso en su transcurso. Y no somos muy conscientes de ella. Educamos como si se tratase de una ciencia exacta. Y la educación es una ciencia, sí, pero no exacta.

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mayo 21 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-21

Esperamos un efecto donde hemos sembrado una causa, y limitamos el campo de nuestros objetos a los que consideramos como reales o valiosos. Y puede no ser siempre así. Puede ser que el discípulo nos señale otros significados a la razonable objetividad que le transmitimos. Se trata de eso además. Apegado todavía a mi maestro Platón, creo que enseñarle algo a alguien es hacerlo consciente de que ya lo sabía. En sentido figurado. Si lo reconoce es porque lo trae, de algún modo, consigo. Enseñar es tan solo una parte de lo que supone educar. Quien ha sido maestro que recuerde tan solo cómo se transformó el rostro de su estudiante cuando aprendió aquello que estábamos tratando de enseñarle. Por un segundo. Enseñar supone despertar el interés por aprender. Antes que cualquier cosa sin ese interés es casi baldío el tiempo y el esfuerzo que dediquemos a enseñar. Y eso que, es como decir que el agua moja, es lo que menos hacemos. Somos expertos en crear desinterés, el padre putativo de la abulia. Se me diría que es deber del estudiante aprender, y que nos es posible mantenerlo interesado por todo y todo el tiempo. Cierto. Hay una forma en el que el deber se expresa y que incluso nos puede conducir a descubrir intereses inesperados. El problema no es el deber que cumple, por supuesto, un papel en el proceso de educar. El problema es su dosis. Son kilos y kilos de deber a cambio de unos pocos gramos de querer. Se instruye el entendimiento y se educa el carácter, y tanto lo uno como lo otro se traslapan en planos que la propia personalidad recorre como un camino interior hacia sí misma, y como búsqueda del papel que tengo en un mundo poblado de otros, ora como deber ser, ora como deseo, ora como etos político, ora como pura contención neurótica. Creo que nunca, como en los tiempos actuales, la educación había servido para las cosas más banales y al mismo tiempo más sublimes. Presa de las más variadas influencias con frecuencias fútiles, la escuela, uno de los escenarios más interesantes para educar, se debate entre la tensión permanente de servir a los intereses de la sociedad en la que vive en términos de competencias de todo orden, y ser su contrapunto crítico en términos de transformación de sus realidades más abyectas. Difícil tarea. Sobre todo, si no recordamos las pocas fisonomías iluminadas de nuestros discípulos reconociendo que sabían, y que además es divertido. '' Educamos como si se tratase de una ciencia exacta. Y la educación es una ciencia, sí, pero no exacta.WILABR

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