América Latina, a la búsqueda de la equidad

El pronóstico es alentador: expertos predicen que los países emergentes y sus clases medias constituyen el motor que alienta la salida de la crisis global. Que parte de este desarrollo también se refleja en la región, nos hace sentir optimistas acerca del futuro de América Latina y el Caribe.

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abril 08 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-08

En los últimos 50 años la riqueza de América Latina y el Caribe no sólo se duplicó, sino que casi se cuadruplicó. Aun así, y a pesar de logros recientes, la región sigue siendo una de las más desiguales del planeta. En algunos países de Latinoamérica el ingreso del 20 por ciento de los hogares más ricos es 30 veces superior al del 20 por ciento de los más pobres. Si la experiencia nos ha enseñado algo es que el crecimiento a futuro de América Latina tendrá que ser distinto al del pasado. Si hemos de acercarnos a un mundo libre de pobreza, es esencial que el crecimiento económico signifique más que ganancias para unos pocos. Aquellos países que crecen, pero excluyen sistemáticamente a una buena parte de su población terminan siendo víctimas de conflictos sociales que al final entorpecen el crecimiento a largo plazo. América Latina no ha estado exenta a estos enfrentamientos. Por lo mismo, ha creado mecanismos para proveer un mínimo alivio a la pobreza. Por medio de las llamadas Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC), hoy en día 21 millones de familias en 17 países de la región reciben un subsidio supeditado a que los niños continúen estudiando y reciban atención médica preventiva. La idea central es que niños y jóvenes mejor educados y sanos aumentarán, por una parte, sus oportunidades laborales y de generación de riqueza, y por otra, la productividad del país. Eso, a su vez, proveerá cada vez mejores oportunidades para los pobres. Este círculo virtuoso de alivio a la pobreza ha sido replicado en países y ciudades alrededor del mundo, y en algunos países ya se transformó en políticas sociales institucionalizadas. Otras reformas estructurales y serios esfuerzos para mejorar la educación han permitido un continuo descenso en la desigualdad de ingresos entre los trabajadores mejor preparados y los que no han tenido oportunidades. Gracias a dicho crecimiento con equilibrio social, América Latina y el Caribe empezaron a revertir la tendencia de desigualdad por primera vez en 30 años. En la última década, 13 de 17 países latinoamericanos reportaron una reducción en el coeficiente de Gini que mide la inequidad de ingresos. Entre el 2002 y el 2008, 60 millones de personas salieron de la pobreza, con lo que parecía que la región podría cumplir con uno de los principales Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas: reducir a la mitad la tasa de pobreza para el año 2015. Pero como resultado de la crisis económica global, el Banco Mundial calcula que la recesión regresó al menos a unos diez millones de latinoamericanos a la pobreza y aumentó en unos 3.5 millones las filas de los desempleados. El riesgo ahora es que en el afán por recuperar el ritmo de crecimiento se descuiden los esfuerzos que, en los últimos años, han permitido un desarrollo económico con mayor equidad social. Más aún, esta es la oportunidad óptima para reevaluar políticas como los llamados ‘subsidios universales’. Antes de la crisis, la región gastaba entre 5 y 10 por ciento del Producto interno Bruto en subsidios (energía, educación, entre otros). Aproximadamente, una tercera parte de ellos terminaban en manos del 20 por ciento de la población con mayores ingresos. Si esos fondos se redirigieran a programas como las Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC), podrían triplicar la ayuda a familias que más lo necesitan. Pero las TMC no pueden confundirse con soluciones de largo plazo a la cuestión social. Representan simplemente un paliativo que requiere complementarse con políticas destinadas a responder a las profundas causas de la pobreza, tales como la pobre calidad educativa, y la falta de acceso a servicios públicos esenciales. Estos programas TMC no son generadores inmediatos de empleo. Para ello, los gobiernos deberán mantener sus esfuerzos para aumentar la productividad y la diversificación económica basada en la innovación. No olvidemos que la región aprendió de debacles pasadas, y a la hora de la crisis, se encontraba en una posición macroeconómica y financiera mucho más fuerte y estable para enfrentarla. Había tenido superávit presupuestarios y niveles de reservas internacionales nunca antes vistos, creando un ambiente para la inversión mucho más atractivo y tasas de inflación bajas. Así pues, la última crisis mundial causó menos estragos económicos en América Latina en comparación con otras regiones y con crisis anteriores. Ahora se trata de que el desarrollo poscrisis continúe promoviendo un modelo de crecimiento con equidad social con oportunidades para todos, haciendo que cada vez sean más los países de la región que generen una prosperidad compartida. "Si hemos de acercarnos a un mundo libre de pobreza, es esencial que el crecimiento económico signifique más que ganancias para unos pocos.” "El Banco Mundial calcula que la recesión regresó al menos a unos diez millones de latinoamericanos a la pobreza y aumentó 3.5 millones de desempleados". "En la última década, 13 de 17 países latinoamericanos reportaron una reducción en el coeficiente de Gini que mide la inequidad de ingresos". *Vicepresidenta del Banco Mundial para América Latina y el Caribe. ADRVEG

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