Análisis / Los extranjeros nos cantaron la tabla

Análisis / Los extranjeros nos cantaron la tabla

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Análisis / Los extranjeros nos cantaron la tabla

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mayo 20 de 2013 - 01:50 a.m.
2013-05-20

Dos ilustres extranjeros, el profesor James Robinson y el actual presidente de la República de Alemania, Joachim Gauck, visitaron Colombia, y literalmente nos cantaron la tabla.

El primero, politólogo, economista y profesor de la Universidad de Harvard, fue el conferencista de una reunión convocada por la Fundación Ideas para la Paz, que convocó a empresarios del país, académicos y políticos. El segundo, en visita oficial por América Latina, fue invitado, además, por la Universidad de los Andes y, concretamente, por su área de Ciencia Política, y tuvo un lleno completo en el auditorio Mario Laserna, con la presencia de invitados especiales, profesores y universitarios.

Los que habíamos leído el libro de Acemoglu y Robinson Por qué fracasan los países ya estábamos impresionados por las similitudes que se habían identificado con los males de la sociedad colombiana, pero su presentación y, aún más, su último artículo, que fue distribuido en la conferencia, nos dejó llenos de mayores preocupaciones. La tesis central del libro que plantea “que son las instituciones extractivas las que impiden que los países progresen”, al analizar el caso colombiano en su intervención, fue mucho más específico: “no son ni las Farc ni las drogas los problemas más graves del país. Son el resultado de más y más profundos problemas”. Y continúa: “los males que Colombia ha experimentado surgen de la forma como ha sido gobernada. Según él, las élites de Bogotá han delegado el funcionamiento del resto del país y otras áreas periféricas a las élites regionales. Y estos grupos han tenido la libertad de manejar sus regiones a su antojo y aun representarlas en el Legislativo, a cambio de su apoyo político y de no cuestionar el centro”. Así se ha creado lo que él denomina el caos y la ilegalidad que existen en el país.

Así nos duela el alma, es difícil encontrar una mejor descripción de nuestra realidad que la plateada por Robinson, al que muchos critican –a veces con razón y a veces sin ella– en Colombia. La crítica válida, que no tiene que ver necesariamente con su análisis sobre el país, se refiere a que sobredimensiona las bondades de las instituciones de EE. UU. e Inglaterra, donde la desigualdad es creciente en el segundo, y en el que la separación de clases sociales es una realidad en el primero. Por ello, y por muchas razones más, no se puede aceptar fácilmente que sean modelos a seguir al pie de la letra. Pero esas críticas no invalidan sus reflexiones sobre Colombia.

¿Cómo puede persistir semejante sociedad tan caótica? es una de las preguntas que plantea, y sugiere algunas respuestas parciales. Esta situación abarata el precio de los votos porque los grandes líderes nacionales, que mandan en el centro, en vez de tener que plantear políticas para ganar el apoyo, solo tienen que ganarse a los jefes locales, que controlan el mercado de los votos a punta de clientelismo y otras prácticas, non santas. Esto último no lo dice explícitamente Robinson, pero con seguridad está de acuerdo. Toca ser diplomático, al menos un poco. Otra razón que señala el conferencista es que, con esta estrategia, se logra una democracia amigable con la élite. Con esta forma de gobernar, los dirigentes de la sociedad evitan rebeliones contra ellos que les resultan costosas. Agrego, no lo dice Robinson, que los líderes nacionales no se hospedan en hoteles de provincia, sino en las mansiones de los políticos locales, así hayan pasado por la cárcel.

Aquí es donde entra la perversa naturaleza de nuestras instituciones, porque en Colombia les ofrecen a las élites compartir el poder, de manera que evitan conflictos. Y como ejemplo pone nombres en su artículo, aunque solo algunos de ellos son identificados en la conferencia. No es fácil en Colombia tocar a los intocables, y todos los colombianos que nos rebelamos, así sea tímidamente, lo hemos vivido en carne propia. Es muy posible que a Robinson le advirtieran que en Colombia los cacaos no se mencionan sino para lo bueno, pero sinceramente se salvan pocos.

Y como si no hubiera sido suficiente este destape, que no le gustó a algunos dirigentes gremiales, aunque lo disimularon muy bien, porque en este país somos muy amables con los extranjeros, el Presidente de Alemania dijo claramente “que sin verdad no hay reconciliación”, algo que en Colombia está bastante enredado, no obstante los esfuerzos que muchos están haciendo para recuperar la memoria histórica. Además, basado en su amplia experiencia en su país, insistió: “las circunstancias de maltratos, secuestros y asesinatos deben ser reconocidas por los allegados de las víctimas del conflicto armado colombiano, de casi medio siglo”. No se pueden meter a la cárcel a todos y, por ello, la verdad es tan importante, agregó en diferentes momentos de su conferencia. Insistió en la importancia de la reparación “aunque sea simbólica a las víctimas, así como en la necesidad de reinserción a cambio de confesiones de los exguerrilleros”. “La solución (en Suráfrica) fue la reconciliación en lugar del castigo”.

La conferencia del presidente de Alemania, Joachim Gauck, terminó en una ovación, pero quedó la sensación de que los colombianos estamos muy lejos de enderezar este país y avanzar rápidamente en lo fundamental: la verdad y la reparación. Ha sido una semana intensa, porque los extranjeros nos cantaron la tabla, pero lástima que cuando los colombianos tratan de hacer lo mismo, los amenazan, los atacan y hasta los matan. Ese es el país que todos debemos empezar a cambiar.

Cecilia López Montaño

Exministra de Agricultura

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