Análisis/ El impacto del TLC con Estados Unidos

Como parte de su estrategia de apertura comercial, Colombia no solo ha firmado en los últimos años 14 tratados de libre comercio con diversos países, sino que ha desestimado los llamados para parar esta política, mientras se evalúan sus resultados.

El saldo positivo del comercio agropecuario se redujo drásticamente y los productos campesinos como trigo, arroz, lactosueros y

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El saldo positivo del comercio agropecuario se redujo drásticamente y los productos campesinos como trigo, arroz, lactosueros y

Finanzas
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mayo 11 de 2015 - 02:30 a.m.
2015-05-11

La oportunidad de comentar dos libros sobre el impacto del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, amerita no solo tomar algunas de sus cifras y reflexiones, sino compartir esas preocupaciones que, lejos de resolverse, parecería que se acrecientan. El primero fue de Fernando Barberi, La agricultura y los pequeños productores, 2 años después de entrar en vigencia el TLC con Estados Unidos, y el otro de Aurelio Suárez, Un pulso incierto.

Para quienes estuvimos involucrados en los acalorados debates sobre el tema, tanto en el Congreso de la República como en los diversos foros que se dieron en ese momento, nace una sensación de profunda frustración al leer estos documentos. La razón es muy simple: lo que se previó, sustentado con trabajos serios y ponencias que se elaboraron en el Congreso, con el apoyo de muchos analistas –entre ellos, Fernando Barberi y Luis Jorge Garay–, resultó ser totalmente cierto. Por la forma como se negoció este tratado y por las reacciones del gobierno de Uribe, que compraba oposición con prebendas, resultó absolutamente cierto, hasta ahora, que el gran ganador en esta negociación ha sido EE. UU. Además, que las pérdidas colombianas se han centrado en los pequeños productores, en algunos productos y en sectores de la agroindustria. Y faltan datos de otros municipios. Los dos trabajos mencionados confirman plenamente esos hechos.

El TLC entró en vigencia el 15 de mayo del 2012 y dos años después, de acuerdo a los análisis de Barberi: “EE. UU. pierde participación como comprador de exportaciones colombianas, pero sí aumentó como proveedor de las importaciones de nuestro país. Las compras de Colombia a EE. UU. pasaron del 23 al 26 y 28 %, en estos dos primeros años del TLC; la participación de EE. UU. como destino de exportaciones colombianas se redujo al pasar del 38, al 35 %, y al 19 % entre los dos periodos”. Lo anterior ratifica lo que se previó: en los dos años el sector agropecuario no resultó ser un ganador neto y lo que se sigue observando es una alta variabilidad de los importadores y una disminución de los exportadores. ¿Cuántas veces se le dijo al Ministro de Agricultura y a los gremios de la producción que EE. UU. aprovecharía más el mercado colombiano, mientras sería lo contrario en Colombia?

Más aún, no se cumplió la premisa básica que impulsó el afán del Gobierno Uribe por aprobarlo. Se dijo, por parte de los funcionarios, que la razón de fondo que justificaba algún sacrificio era que con este TLC se abriría para nuestro país el mercado más grande del mundo. Pero no fue así por múltiples razones, que no solo fueron desoídas por el Gobierno, sino por el mismo Partido Liberal que, al final, echó la ponencia negativa en la basura e improvisó de la manera más increíble una proposición de apoyo a dicho tratado.

La falta de diversificación de la oferta exportable y el abandono de algo que se creía fundamental, la Agenda Interna, para superar limitaciones en muchas áreas, entre ellas la infraestructura, terminaron dejando una larga lista de perdedores que los dos libros señalan. Perdedores: carne de cerdo, cuyas importaciones aumentaron 182% y no bajaron los precios; carne de pollo, cuyo impacto negativo en los productores se dio por la cantidad y los precios; leche, especialmente las importaciones de lactosueros que causaron tal daño que fue una de las causas del Paro Agrario del 2013. Además, tampoco ganó el consumidor, que era lo que se suponía.

Para entender lo que le pasó a la economía campesina, basta tomar las cifras de Barberi que demuestran cómo en este sector las importaciones totales aumentaron, así como la participación de productos originarios de EE. UU.. Pero, el libro también demuestra que la agroindustria sufrió: el país quedó invadido de trozos de gallinas y gallos, de leche importada y de lactosueros. A su vez, subieron las importaciones de productos que utilizan tomate. En síntesis, la agroindustria colombiana se frenó al no poder competir en fríjol por precios, y en trigo y maíz por volumen. Se entiende ahora lo que le pasa al arroz, cuyas importaciones crecieron 861%.

Las conclusiones de Barberi son: durante los primeros dos años del TLC, el saldo de la balanza comercial de bienes de Colombia con EE. UU. se disminuyó, y en el segundo año fue negativa. El saldo positivo del comercio agropecuario se redujo drásticamente y los productos campesinos fueron los que estuvieron sometidos a mayores amenazas: trigo, arroz, lactosueros y leche en polvo.

Por su parte, en su trabajo, Aurelio Suárez plantea, basado en estudios de caso, cómo los campesinos han visto una merma de ingresos por la caída de precios y por el alza en los costos de insumos y créditos impagables. Aunque reconoce que no todo se debe, en estos dos años, al TLC, sí afirma algo que deja muchas inquietudes: “(…) el TLC fue el detonante de la nueva crisis agropecuaria”. En este trabajo el autor mira más allá de este acuerdo con EE. UU. y afirma que la cadena láctea ha estado afectada por seis acuerdos. Concluye con una frase contundente: “las importaciones entran por doble calzada y las exportaciones (salen) por trochas”.

Es fundamental reconocer que los dos trabajos que hoy se comentan no solo son excelentes sino, más importante aún, muy oportunos. Principalmente, porque, como parte de su estrategia de apertura comercial, el país no solo ha firmado en los últimos años 14 TLC con diversos países, sino ha desestimado los llamados para parar esta política, mientras se evalúan sus resultados. Hasta ahora, la hipótesis de que la demanda externa estimula la débil y poco competitiva producción nacional, es más una esperanza que una realidad. Por lo menos, como lo demuestran estos autores, hasta hoy esa no ha sido la realidad con el TLC que se hizo con Estados Unidos.

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora