'De tanto andar las muletas me hacían ampollas'

Dramático testimonio de Elizabeth Rivera, una habitante del sur de Bogotá, con discapacidad física

POR:
septiembre 23 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-23

Nombre: Elizabeth Rivera. Edad: 48 años
Correo electrónico: elrelator06@yahoo.es
A qué se dedica: Líder Comentaría Consejera Local de Discapacidad
Barrio: Arborizadora Baja
Localidad: 19 de Ciudad Bolívar

Vivir en una ciudad tan grande, compleja y diversa como Bogotá implica un sin número de complicaciones y conflictos. Vivir en una localidad como Ciudad Bolívar los duplica: baja planeación urbanística, inseguridad, basuras, enormes distancias a los centros de empleo, desorganización, estigmatización, etc.

Tener una discapacidad los multiplica: ser ignorada/o, relegada/o, en algunos casos rechazada/o o, por el contrario, mirada/o con compasión como si tener una discapacidad o limitación física fuese igual a ser inútil.

Carecer de contactos, experiencia, capacitación, ser mayor de 40 años; y además mujer, lo hace casi imposible. La vida de las personas con discapacidad está notablemente más obstaculizada que la de las personas con capacidades regulares. A causa de que los desafíos que enfrentan tienen generalmente un carácter social estructural y por ello difícilmente podrán hallar solución si la voluntad individual, los esfuerzos familiares y las prácticas caritativas o humanitarias y filantrópicas que trabajan para aliviarlos son dejados a sus propias fuerzas. Reza la declaración de motivos de la Convención internacional sobre los derechos de las personas con discapacidad aprobada por consenso en la Asamblea General de Naciones Unidas el 13 de diciembre de 2006.

Este es el panorama que enfrenta, un sinnúmero cada vez mayor de habitantes de Ciudad Bolívar que, como yo, debemos sobreponernos a la discapacidad. Yo tenía 8 años cuando mi madre una mujer de 30 años, muy bella; y sola con 6 hijos bajo su responsabilidad, su situación económica, la obligó a salir de la civilización, pensaba yo, para llevarnos a vivir a un casa de tablas (más de cartón), sin alcantarillado, sin agua, sin luz y menos transporte. Como a 10 cuadras (no, potreros), había una pila o lavadero. Y después de un pequeño incendio, mi mamá (quien salía a trabajar cuando todavía era de noche y llegaba de noche) pagó, y teníamos electricidad de 6:00 p.m. a 6:00 a.m.

A pesar del cambio tan brutal, el lugar nos gustaba. La casita rodeada de flores silvestres, pajaritos de todos los colores; de entre el follaje salían a calentarse ranas, sapos, iguanas; las culebras ponían huevos pecosos (los niños vecinos decían que se los comían las ratas), a nosotras nos daba miedo (mis hermanitos varones eran muy pequeños).

Las calles eran solo potreros y caminitos para entrar a las casalotes. Era gracioso: mi mamá decía "hay que cerrar con el broche para que no se entren los animales" (era la puerta de alambre de púas). Se entraban vacas, caballos, ovejas cerdos, hacían daños en la sementera; la gente se quejaba y peleaban por que se los llevaban al "coso". Después tenían que pagar para sacarlos.

Era muy tierno ver en vivo gallinas, patos, vacas, caballos (bueno yeguas) con sus bebés (solo lo había visto en mi cartilla Charry). Cuando entré a estudiar a segundo grado (ya sabía leer), la escuela era igual de pintoresca y bonita pero lejos.

Tenía que caminar mucho (salía bien temprano el frió me quemaba las manos y la muleta me hacía llagas en la axila y en la mano, el tremendo callo, se convertía en vejiga. Rosarito -mi madre- habló con la profesora pidiéndole el favor de no devolverme por llegar tarde, me decía "siéntese y descansa un ratico". A veces llegaba al recreo (antes estuve en jardín de monjas, yo decidía a qué jugar; y quién jugaba. Pero cuando empecé el primer grado las profesoras me querían sentada en el recreo; eso sí, me daban la leche y la mogolla más grande).

Nunca me pasaban al tablero, ni me preguntaban nada. Pero era buena estudiante, igual que mis hermanas, hasta donde mi madre pudo.

Más historias en www.eltiempo.com/laciudadjamascontada.

El proyecto

'La ciudad jamás contada' es un proyecto de la Dirección de Responsabilidad Social de Casa Editorial El Tiempo, diseñado como aporte a Bogotá Capital Mundial del Libro, en el 2007. El punto de partida fue convocar a las personas más alejadas de la cultura escrita a sumarse a esta celebración, con el ánimo de hacer más incluyentes, diversas y participativas los medios de esta Casa Editorial.

La respuesta ciudadana confirmó lo que fue una apuesta, una intuición: todos tenemos algo que contar, la ciudad se construye con los relatos de sus habitantes, existen estéticas, temáticas y formas de contar, que trascienden la coyuntura noticiosa.

'La ciudad jamás contada' es el espacio para que los ciudadanos escriban la ciudad como la sienten, la viven y la ven. La siguiente es una de las 1.100 historias.

Siga bajando para encontrar más contenido