Arreando el ganado en Sincé

Dice la tradición oral que en Sincé acostumbraban desayunar con mazamorra, aquella bebida de leche y maíz endulzada con panela. De ahí nace -aseguran- el apelativo de ‘mazamorreros’ con el que hoy designan a los sinceanos.

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mayo 14 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-14

Medir el tiempo no era una preocupación en ese entonces, y las actividades del día se dividían, simplemente, entre antes y después de mazamorras. Tarde o temprano, claro, las cosas tenían que cambiar. Y fue así como a comienzos del siglo XX, y con la llegada del ‘progreso’, surgió la preocupación por un reloj para el pueblo. Cuenta el historiador Lorenzo Ulloa que ya hacia 1916 había una junta pro reloj público nombrada por el alcalde y encargada de recoger donaciones entre los finqueros. Años más tarde llegó, procedente de Alemania y por la vía de Magangué, el ansiado reloj. Solo entonces se percataron los sinceanos de que la torre de la iglesia no era capaz de albergar el pesado mecanismo, ni siquiera reforzándole su estructura. Hubo, pues, que hacerle, y con grandes tropiezos, una torre propia al reloj, torre que hoy identifica al pueblo. San Luis de Sincé fue otro de los 42 poblados que sembró en el mapa de la provincia cartagenera, por allá a finales del siglo XVIII, el gran fundador de ciudades don Antonio de la Torre y Miranda. A este pueblo, ganadero desde entonces, le vio don Antonio su posición estratégica, al estar en el límite sur de las grandes sabanas, y a corta distancia de las fértiles tierras cenagosas de las riberas del San Jorge, región que se conoce como la Mojana. El fundador le construyó buenos caminos. Por un lado, hacia el noroccidente trazó el de Corozal y los montes de María, que sería la comunicación por tierra con Tolú y con la misma Cartagena; y por otro, al oriente, un sendero hacia Magangué y las grandes arterias fluviales, que incluía un puente sobre el arroyo Mancomoján. Hay pocos relatos del día a día de aquellos recorridos épicos cuando se transportaba el ganado a pie y por semanas enteras, desde las sabanas de Tolú hasta los mataderos de Medellín, Cúcuta o Bucaramanga. Adelante echaban media docena de bueyes, seleccionados entre los terneros que buscaban siempre puntear en la manada. De estos pocos animales, cuya virtud central era una terquedad inquebrantable, se encargaba el ‘bueyero’. Era tragedia cuando un buey dubitativo daba media vuelta en medio de un río, ahogando con ello treinta reses. Cuentan los corrillos que en la sala de juntas de la asociación de ganaderos de Sucre tienen todavía la cabeza disecada de un buey que, después de ser vendido en Bucaramanga, apareció de nuevo en su finca de Sincé tras hacer a solas el largo recorrido. Detrás de los bueyes se iba la manada. Cinco o seis vaqueros eran suficientes para lidiar trescientas o cuatrocientas reses. Unos pocos más se necesitaban si, por la ausencia de corrales y de posadas, había que velar por el rebaño en las noches. Los vaqueros que iban atrás llevaban la peor parte, sobre todo por las polvaredas que se levantaban al cruzar los grandes bancos de arena y los playones de ríos y ciénagas. Cantar era un remedio para la soledad y una manera de apaciguar al ganado arisco: “Este playón inmenso en donde me he criado yo”, dice una vieja canción de vaquería, “sólo lo cruza el sol y algunas veces el viento”. El cajonero, con sus mulas, les madrugaba a los demás y se iba ‘alante’ para tenerles preparada la comida de la noche a los vaqueros, con el invariable menú de queso, yuca y carne salada. Aún hoy, los vaqueros de Sincé hacen cada año sus viajes de ganado, camino a la Mojana, cuando el verano avanza en las sabanas mientras que allá, al sur, los ríos bajan dejando abonados los enormes pastizales. Unos meses más tarde, cuando entran las lluvias, es el mismo ganado el que empieza a mugir, acosado por los insectos, mientras mira al norte como quien añora los retoños de pasto que traen a los sabanales las primeras lluvias. Vale también citar aquí que es sinceano, y por varias generaciones, el ancestro paterno de Gabriel García Márquez. Su padre, Gabriel Eligio García, fue hijo de Gabriel Martínez, hijo a su vez del potentado terrateniente (y fértil semental) don Leandro Garrido. Aquí en Sincé vivió Gabo en sus años de juventud. En Vivir para contarla dice: “Una vez proclamada la paz con el Perú mi padre se extravió en un laberinto de incertidumbres que terminó por fin con el traslado de la familia a su pueblo natal de Sincé”. También nos cuenta Gabo: “Tomamos en alquiler una casa enorme en la mejor esquina de la población, con dos pisos y un balcón corrido sobre la plaza, por cuyos dormitorios desolados cantaba toda la noche el fantasma invisible de un alcaraván”. Sinceanos ilustres ha habido varios. Quizás el de más méritos sea Adolfo Mejía, un compositor y poeta que muchos consideran cartagenero. Fue en esa ciudad, después de todo, donde vivió la mayor parte de su vida, y a ella dedicó sus mejores piezas, como los himnos a la ciudad, a la Universidad de Cartagena y a la Armada Nacional. El gran estudioso de la música colombiana Luis Antonio Escobar considera a Mejía “uno de los compositores de más talento que haya tenido Colombia”. La biografía de este músico sinceano está llena de aventuras. Su viaje de regreso desde Francia en un barco cargado de explosivos, y por la vía de Río de Janeiro, es tan solo una de ellas. Es justo, pues, cerrar son unos versos del maestro Mejía titulados ¿Y para qué? Comienza el poema diciendo: “Reclama nombre quien no está seguro / de ser aquello que el diploma dice”. y lo remata el maestro diciendo que el que de veras vale, “papel no ha menester, cartón ni sello”. Mazamorrero tenía que ser. '' Una vez proclamada la paz con el Perú mi padre se extravió en un laberinto de incertidumbres que terminó por fin con el traslado de la familia a su pueblo natal de Sincé”. Gabo.WILABR

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