¿Asociación latinoamericana?

Los países latinoamericanos carecen de claridad y consenso acerca del tipo de asociación que quieren: si es la consolidación de la democracia, la seguridad y la paz en la región; si es la posibilidad de institucionalizar mecanismos de diálogo, consulta y cooperación; si buscan una integración económica y/o política; o si pretenden simplemente una inserción bilateral.

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marzo 12 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-12

El tema resulta pertinente a raíz de la recién creada Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe por medio de la Declaración de Cancún (febrero, 2010), así como de los cuestionamientos que han surgido sobre la viabilidad de la OEA, no sólo por su ineficacia a la hora de actuar ante crisis como la de Honduras, sino por los cuestionamientos que han rodeado la reelección del Secretario General de este organismo el próximo 24 de marzo. Existen diversas subregiones latinoamericanas con proyectos políticos, ideológicos y económicos diferentes y en ocasiones antagónicos. La fragmentación política y económica que caracteriza hoy al Hemisferio es una realidad que obstaculiza la construcción de una unidad latinoamericana y que va más allá de la voluntad política de sus gobernantes. Obstáculos a la asociación latinoamericana Son varios las dificultades para concretar un esfuerzo de asociación regional. Entre estas se destaca la ‘debilidad’ de la democracia y la carencia de una institucionalidad y gobernabilidad democrática en casi todos los países latinoamericanos. En algunos se observan avances y retrocesos acompañados de crisis de representación y participación. Hoy en día han tomado fuerza ‘neodemocracias’ y liderazgos autoritarios tanto de derecha como de izquierda. A su vez, la concepción de seguridad que tienen los países es altamente variable, con lo cual las distintas percepciones de amenaza que tienen dificultan la creación de agendas comunes realmente efectivas. No sólo se tratan de las percepciones en cuanto a amenazas emergentes, sino que subsisten conflictos territoriales en Colombia, Venezuela, Chile, Perú y Nicaragua, entre otros. Algunos de estos países han tomado acciones disuasivas que incluyen la compra de armas, conduciendo la región hacia una posible carrera armamentista. De igual manera, el apego a una concepción tradicional de soberanía impide avanzar en procesos de asociación, concertación e integración. En la gran mayoría de los países, hay gobiernos que no aceptan el involucramiento de nuevos actores como las ONG, los empresarios y las regiones que en ocasiones desarrollan diplomacias más efectivas que las tradicionales. Las dificultades señaladas repercuten en una marcada falta de claridad y consenso acerca del tipo de asociación e inserción que buscan los países. Son básicamente tres los modelos políticos –no económicos– que se han presentado hasta ahora. Por una parte, un modelo tradicional de asociación como la OEA con el liderazgo de una potencia como Estados Unidos que ha demostrado un creciente desinterés en América Latina, pero que contribuye con más del 65 por ciento de la financiación de este organismo sin representación de actores no estatales. Por otra parte, un modelo más acorde con las nuevas realidades latinoamericanas del siglo XXI de búsqueda de mayores márgenes de autonomía, como podría ser Unasur con el liderazgo de Brasil, pero que carece también de un involucramiento institucional de la sociedad civil. O finalmente, un esquema de mecanismos bilaterales de concertación y cooperación como los que privilegia Colombia en detrimento del multilateralismo. La crisis de la OEA Este organismo atraviesa una crisis de legitimidad que diversos esfuerzos de modernización y adaptación no han logrado superar. Ni la diplomacia de Cumbres, ni la Carta Democrática de 2001, ni la Conferencia Especial en Seguridad de 2003, han vencido la desconfianza generalizada que existe dentro de la OEA, la cual se ha profundizado con la llamada nueva izquierda en la región –con todas sus distintas tendencias–, crecientes diferencias de opinión que existen entre la mayoría de los países miembros y E.U., distancia entre la parte continental e insular, y crisis como la de Honduras. Esta situación alude y hace parte también, de la asimetría regional. El fraccionamiento se personifica en las elecciones del 24 de marzo. Ese día se elegirá –o reelegirᖠal Secretario General de la OEA. José Miguel Insulza requiere de 17 votos de 33 países (Honduras sigue suspendido y no podrá votar, y Cuba no ha sido reintegrado aún). El respaldo de E.U. es improbable, aunque Insulza cuenta con el apoyo de Chile, Costa Rica, Uruguay, Brasil, Colombia, Guatemala, El Salvador y República Dominicana, entre otros. Por su parte, los países miembros del ALBA no tienen una posición clara, como tampoco los del Caribe insular. A pesar de ello, el secretario general adjunto, el surinamés Albert R. Ramdin, también busca ser reelegido, para lo cual el apoyo del Caribe Insular resulta decisivo. Incertidumbre de la Comunidad Latinoamericana y del Caribe Surgen incertidumbre y dudas también en torno a la nueva Comunidad Latinoamericana y del Caribe en cuanto a la capacidad real de este nuevo grupo de profundizar ‘la integración política, económica, social y cultural’ de la región, tal como lo señala la Declaración de Cancún. Los interrogantes se relacionan principalmente con el fraccionamiento, y la falta de identidad y consenso, pero también con la ausencia de un liderazgo legítimo en la región. Se desconfía de E.U., pero también, aunque en menor medida, de México y Brasil. Difícilmente se podrá conducir a una nueva organización efectiva, ahora con Cuba y sin E.U. y Canadá. La ausencia de éste último se sentiría por el papel de moderador y conciliador que demostró por ejemplo en la OEA desde su ingreso en 1990 con su liderazgo en temas como la democracia, la sociedad civil y el desarme, y porque disminuye la asimetría dando lugar a un relativo equilibrio en la relación de E.U. con la región. Existen cuestionamientos acerca del papel tanto de Brasil como de México en América Latina. Parecería que la nueva iniciativa de la Comunidad Latinoamericana refleja la competencia y contrapunteo entre estas dos potencias medias regionales. La primera con mayor legitimidad, voluntad política y liderazgo, que genera más confianza –o menos desconfianza– a nivel regional, no sólo de los diversos estados, sino también de la sociedad en general. Y la segunda con una política ambivalente que en ocasiones ha mostrado buscar pertenecer más al norte, pero que en la coyuntura actual le aquejan problemas relacionados con la seguridad –como el narcotráfico– y con los efectos de la crisis financiera internacional, con implicaciones a nivel de su posicionamiento y legitimidad en el liderazgo regional. De todas maneras, con o sin OEA, con o sin Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, la región deberá avanzar en mecanismos de consulta, concertación y cooperación como lo señala cualquiera de estos grupos de asociación. Será la única vía para que América Latina se inserte en el sistema internacional de manera activa, positiva y diversificada, al tiempo que le permita buscar mayores márgenes de autonomía frente a los grandes polos de poder, construyendo con pragmatismo una agenda común que responda a sus propios intereses. *Red Colombiana de Relaciones Internacionales "Ni la diplomacia de Cumbres, ni la Carta Democrática de 2001, ni la Conferencia Especi- al en Seguridad de 2003, han vencido la desconfianza que existe dentro de la OEA". "No sólo se tratan de las percep- ciones en cuanto a amenazas emergentes, sino que subsisten conflictos territoriales en Colombia, Venezuela, Chile, Perú y Nicaragua, entre otros".ADRVEG