Aterrizaje suave

Aterrizaje suave

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septiembre 24 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-24

Para los que piensan que nada se planea bien en Colombia, la formidable crisis económica que se nos vino encima es una rectificación o una sorpresa, como se quiera verla. Como nos estaba yendo tan bien, con crecimiento sin antecedentes en nuestra penumbrosa historia, era porque algo tenía que estar mal.

Y el Banco de la República decidió que eso que tan mal andaba era la inflación, de seguro causa artificial de semejante peligrosa bienandanza. Y con ese 'Eureka' en los labios, los directores se dieron a planear el aterrizaje suave que necesitábamos, para conducirnos a un crecimiento sostenible del cinco y medio o seis por ciento anual, algo más de acuerdo con nuestra pobreza espiritual. O con la de ellos.

Nada valieron advertencias, reflexiones, súplicas. Que la inflación no era causa del crecimiento, sino expresión inevitable de una crisis petrolera acompañada de otra alimentaria, dijimos muchos. Que no sabíamos nada de economía, replicaron ellos. Que no es malo crecer tanto, cuando hay armonía en tantas cifras y cuando la inversión es poderosa y permanente, agregábamos. Pues nada.

La caída es más suave, de más bajito y la descalabrada menos probable, insistían. Y que subir las tasas de interés cuando todo el mundo las baja puede ser suicida, protestábamos, por último. Nada. Es que los demás saben poco y nosotros mucho y en algo nos hemos de distinguir de la manada, afirmaban los del Banco.

Y la suerte quedó echada. Y para que no aumentara el Producto, lo que es tan miedoso, a subir las tasas, en lo que somos especialistas. El República tenía que recordar con nostalgia esos meses felices en que puso las tasas interbancarias por encima del ciento por ciento anual, en que logró quebrar unos cuantos bancos y de paso a centenares de miles de infelices deudores. Pero si París vale una misa, la perfección económica valdrá mil. Y si logramos salir de la bancarrota pasada, mucho más fácil será mantenernos en plataforma después del suave planificado aterrizaje.

Las tasas de interés hicieron lo suyo. La gente dejó de comprar, aterrada con los costos. Los que ya habían comprado empezaron a no pagar, forzados por el precio del dinero; los fabricantes, a no producir, los comerciantes, a no vender, los constructores, a parar ventas y proyectos. Todo iba a pedir de boca. Especialmente para los especuladores. En tiempo real aterrizaban millones de dólares que cada día buscaban el suculento banquete que el Banco les servía. Y, como eran tantos, inducían la revaluación del peso, que engrosaba las cuentas de sus ganancias fabulosas. Mientras tanto, los exportadores reventaban, los pequeños empresarios cerraban, los que se proveían adentro traían todo de fuera y los que competían con productos importados a tan vil precio, bajaban la cerviz y las cortinas de fábricas y almacenes.

Y el Banco, ahí. Cada décima que caían los precios era su orgullo y su conquista. Ya están aprendiendo a no comprar, parece que decían. Y a no comer, sosteníamos otros. Hasta que llegaron las cifras. El primer trimestre fue un desastre. Cosa pasajera, predicaban. Además, porque tuvo Semana Santa a bordo, lo que lo vuelve atípico. Pues llegó el segundo, sin días de Pasión, y ellos ya saben que ha sido tan malo como vendrá el tercero. Crecemos menos de la mitad del año pasado, con precios de carbón y de petróleo por las nubes, lo que mejora nuestras cuentas.

El aterrizaje suave se convirtió en un porrazo monumental. Pero todo se debe al entorno internacional, al petróleo, al maíz importado, a Chávez y a los rusos, a Ahmadinejad y al grupo Hamas. Y a las barras bravas. A la hora de las responsabilidades, el arsenal de las disculpas es infinito. Como el error que cometieron unos pocos para que lo paguemos entre muchos.

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