La ayuda oficial al desarrollo: a propósito de Haití

Haití es uno de los notables casos mundiales donde los efectos de la violencia política han sido mayores que los fuertes impactos de los desastres naturales, vistos en un contexto de largo plazo.

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enero 26 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-26

Aún más, estos últimos pueden asociarse en parte importante con la ‘tragedia’ política que ha sufrido durante la mayor parte de su historia y, en particular, desde que Dessalines, el esclavo negro que decretó la independencia en 1804, se proclamó asímismo como emperador (bajo el nombre de Jacques I) después del primer año de gobierno, pero fue asesinado en 1806. La historia haitiana de vida ‘independiente’ ha sido territorio fértil de gobernantes convertidos rápidamente en reyes, emperadores y presidentes vitalicios, mediante revueltas militares, golpes de Estado, sublevaciones populares o en forma democrática. Hasta la invasión estadounidense en 1915 desfilaron unos 30 tiranos distintos (Semana, enero 16 de 2010, contabiliza 23). La ocupación militar norteamericana entre 1915 y 1934 trajo una relativa estabilidad política. En general, los presidentes constitucionales pudieron culminar sus períodos, tranquilidad que se prolonga hasta 1950 cuando nuevamente regresa la inestabilidad institucional. Entre 1957 y 1986 se instaura la dictadura feroz y sanguinaria de los Duvalier (padre e hijo), convertidos en presidentes vitalicios, con la ayuda militar y financiera de Estados Unidos. Desde la caída de Baby Doc (Jean-Claude Duvalier), debido a una insurrección popular, la historia haitiana ha continuado siendo la misma: una sucesión de presidentes de facto, provisionales y constitucionales (17 periodos presidenciales), así como golpes de Estado, juntas militares y revueltas populares. Solamente, el presidente actual (René Préval) ha culminado sus dos períodos sin traumatismos. Según César González-Calero, un reportero español de El Universal, Haití es un país que todavía en el siglo XXI continúa debatiéndose entre el grito independentista de Toussaint y el machete fratricida de los Tonton Macoutes, y resume la historia haitiana como “entre desastres naturales y golpes de Estado”. El Barón de Holbach afirmaba que el poder absoluto fue y será siempre la causa de la decadencia y de las desgracias de los pueblos, que tarde o temprano llegan a padecer los mismos reyes. Esta puede ser la síntesis de la historia haitiana. En el 2008, el ingreso per cápita de Haití ascendía a 660 dólares y sólo superaba el de los países más pobres de África y Asia, situándose entre los 25 países de menor ingreso per cápita reportados por el Banco Mundial. Las estadísticas muestran también que, en términos reales, el ingreso per cápita en el 2008 representaba únicamente el 64,3 por ciento del registrado en 1980. Haití ha marcado una caída continua del ingreso per cápita real, levemente interrumpida en la segunda mitad de los 90, como también entre el 2004 y el 2007. El ingreso per cápita es aproximadamente 2,5 veces la línea de pobreza extrema de 1,25 dólares diarios por persona, ambas en poder de compra de paridad (PPP, por sus siglas en inglés). El ingreso per cápita en PPP del conjunto de los países de ingreso bajo es 1.407 dólares. El de Haití es 1.180. A su lado se encuentra República Dominicana con un ingreso per cápita en PPP 6,7 veces mayor. Haití no dispone de estadísticas oficiales recientes. El informe sobre el desarrollo mundial 2010 del Banco Mundial reporta que, en el 2001, el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza internacional de 1,25 dólares diarios ascendía a 54,9 por ciento y por debajo de 2 dólares diarios a 72,1 por ciento. Para una comparación, en Colombia estos mismos indicadores en el 2006 son 16,0 y 27,9 por ciento, y en República Dominicana en el 2005 eran de 5,0 y 15,1 por ciento. La tasa de mortalidad infantil en menores de 5 años fue de 76 por cada 1.000 niños el en 2007, en Colombia 20 y en República Dominicana 38. El porcentaje de personas que usan Internet en el 2008 es 10,4 por ciento, en Colombia 38,4 por ciento y en República Dominicana 26,0 por ciento. Quizás, para los haitianos las palabras de William Faulkner describan su situación: “Un hombre es la suma de sus desdichas. Se podría creer que la desdicha terminará un día por cansarse, pero entonces es el tiempo el que se convierte en nuestra desdicha”. La asistencia oficial al desarrollo neta per cápita de Haití fue de 73 dólares en el 2007, superada sólo por algunos países ex socialistas, africanos y asiáticos que han enfrentado recientemente o enfrentan graves conflictos internos. Desde 1975, Haití ha recibido en ayuda oficial al desarrollo de los países de la CAD, en promedio, el 6,0 por ciento del PIB anualmente. Entre 1974 y el 2007, la ayuda oficial al desarrollo, en términos reales, aumentó en 7,5 por ciento anual, es decir, se multiplicó por 11 veces. Y, sin embargo, el desempeño económico y social haitiano es decepcionante, como también parece haber sido la eficacia de la ayuda. El caso haitiano es bastante generalizado entre un grupo importante de países en desarrollo. De hecho, las naciones más pobres han recibido un flujo de ayuda significativo y creciente en las últimas cinco décadas. El optimismo y la confianza iniciales en los impactos favorables de la ayuda extranjera se han moderado con el transcurso del tiempo, dando paso en muchos casos a un enorme pesimismo. En África, por ejemplo, pese al continuo flujo de ayuda extranjera de las naciones desarrolladas, la mayoría de estos países no despegan. El dinero ‘gratis’ los ha atrapado en un círculo vicioso de corrupción, burocracia, ausencia de espíritu empresarial y persistente pobreza. Las razones de estos resultados fueron anticipadas desde los 50 y 60 por Milton Friedman y Peter Bauer, respectivamente. Pero la evidencia empírica reciente muestra otras explicaciones. Las investigaciones sobre la efectividad de la ayuda implícitamente suponen que los objetivos de los donantes son única o fundamentalmente la promoción del crecimiento económico y la reducción de la pobreza en los países receptores: la retórica de las políticas de ayuda. Por lo menos, dos argumentos principales han sido expuestos: mala asignación (los donantes proporcionan ayuda a malos destinatarios por razones estratégicas) y mala utilización (los gobiernos receptores no tienen objetivos de desarrollo). De un lado, una importante literatura sobre la asignación de la ayuda muestra que la mayoría de los donantes usualmente siguen una agenda ‘oculta’ diferente y asignan la ayuda de acuerdo a sus propios intereses estratégicos. De otro lado, la mayoría de los estudios respecto a la eficacia de la ayuda suponen que los gobiernos receptores comparten los propósitos altruistas de los donantes oficiales, lo que no necesariamente es cierto. Un gobierno receptor y un donante altruista pueden perfectamente tener objetivos contrapuestos, debido a que el primero representa muchos intereses, incluidos aquellos de los grupos económicamente privilegiados que pueden influir en la distribución de la ayuda. Boone (1996) muestra que sus resultados empíricos son consistentes con un modelo donde los políticos o gobiernos maximizan el bienestar de una élite rica. Si la ayuda está mal asignada y utilizada no cabría esperar un impacto positivo alguno en el crecimiento o en la reducción de la pobreza. Pueda ser que la gran ayuda de emergencia y alimentaria ofrecida por muchos países a raíz de la reciente catástrofe natural no sea dilapidada o asignada a otros propósitos y grupos de población económicamente privilegiados. HELGON

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