Bahía Solano y Nuquí (Chocó), lugar de veraneo de las ballenas jorobadas, tiene desempleo del 70%

El motor que impulsa la economía en estos pequeños caseríos es el turismo. El auge de visitantes es durante la temporada de ballenas, entre julio y octubre, cuando llegan para aparearse.

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septiembre 19 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-19

Bismar López tiene 31 años y desde los 19 trabaja como guía turístico, lanchero y mesero en El Almejal, uno de los ecolodge de El Valle. Cuando empezó, tenía que barrer las hojas que caían de los árboles y recoger la basura. "Los jóvenes en El Valle solo piensan en salir adelante, pero no se preocupan por cómo van a conseguir la plata -dice-. Después del colegio, la mayoría se dedica a la pesca o a atender a los turistas".

Por las calles de El Valle los jóvenes se acostumbran a ver pasar el tiempo, y los adultos a jugar dominó o a hacerles trenzas a las niñas.

Este año, el invierno dejó fuera de servicio la Hidroeléctrica de Mutatá, que surte de energía a los 14.000 solaneños. Hace dos semanas, la planta diésel que atiende la emergencia se quedó sin combustible.

Las antenas de televisión satelital, instaladas en los techos de las viviendas de madera, resultan poco útiles con apenas 5 ó 12 horas de corriente al día para encender el televisor.

En medio de la tupida selva húmeda del Baudó, en donde las huinas crecen hasta 47 metros para ganarles la luz a helechos y palmeras, el día termina cuando el sol se hunde en las aguas del Pacífico.

Atractivo turístico


A esta zona del Chocó los turistas apenas llegan desde hace 20 años. Pero las ballenas jorobadas, las tortugas golfinas, los piqueros de patas azules y los cardúmenes de sardinas visitan la costa desde hace siglos.

'Pozo', que de niño se entretenía en los charcos que dejan las repetidas lluvias que caen en el Chocó, trabaja desde hace 15 años como lanchero de El Cantil, en Nuquí, y ha visto ballenas miles de veces.

"Ya tengo el ojo cuadrado para ver a kilómetros los chorros de agua que expulsan cuando respiran", dice y agrega que ver nadar, retozar y respirar a los mamíferos más grandes del planeta, que llegan a medir hasta 18 metros y pesar 45 toneladas, son imágenes que quedan impresas en la retina.

En El Valle, los niños se arremolinan para que los turistas también les 'tiren' una foto.

"Dirán que somos conformistas -comenta Bismar-, pero la idea es que el turismo crezca y la gente se dé cuenta de que el Chocó es grande y productivo".

En cada kilómetro cuadrado de la reserva natural de Utría hay cerca de 2.500 especies de flora, y la galería de fauna incluye osos hormigueros, osos perezosos, micos de cara blanca, jabalíes, armadillos, venados, pumas, fragatas, pelícanos, delfines y peces voladores.

"Aquí no solo se ven ballenas. Entre abril y mayo, durante la temporada de pesca, el espectáculo es mágico. Meros, peces vela, albacoras, pargos y marlines pintan el océano de colores", dice Jhon Jairo, administrador de Piedrapiedra, otra posada en Nuquí.

Este pedazo del Pacífico es ideal para desterrar el afán y huir de la convulsión de la ciudad.

Para quienes además del descanso buscan aventura, hay caminatas guiadas para internarse en la selva y ver ranas venenosas, helechos arcaicos, aves e insectos. También se pueden recorrer en canoa los manglares del río Tundó, nadar en las piscinas naturales del río Cascadas o disfrutar de una sesión de baños termales en el corregimiento de Termales.

De octubre a diciembre llegan a desovar las tortugas golfinas, y entre abril y septiembre las mejores olas del mundo para surfear se rompen contra las costas de Nuquí.

La temperatura en esta zona oscila entre 25 y 30 grados centígrados y la humedad llega a 95 por ciento. Impermeable, gorra, bloqueador solar y mucha paciencia son indispensables en la maleta de viaje.

*Invitación de Proexport

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