Biocombustibles, demonio de moda

En estos tiempos livianos, de glorias y tragedias que duran un día en la memoria colectiva, del vértigo constante entre titulares, los hechos sociales tienen héroes y villanos fáciles, que todo lo explican. Un mundo en blanco y negro. Con alta frecuencia, el análisis de los hechos se reduce a encontrar el culpable del mal, el origen de la peste, el ángel vengador. Para tener con ellos breves accesos de odio o amor.

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mayo 14 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-14

Un demonio de moda es la economía de los biocombustibles. Una franja de la opinión mundial los ve como los culpables del hambre que ahora se cierne sobre centenares de millones de personas, que hasta ahora sobrevivían a trancas y a mochas con una mínima capacidad de compra. Son las nuevas huestes de miserables del mundo, víctimas de la explosión de precios de los alimentos. Para esa franja, de muy variados orígenes y colores, los biocombustibles son una de las causas principales del alza de los precios relativos de los alimentos. Se dice además que el etanol y el biodiésel, dejados al arbitrio de los subsidios estatales, arrasarían buena parte de la agricultura alimenticia, quitándoles el pan de la boca a muchísimas personas en el mundo pobre. La referencia más frecuente es a lo que ocurre con la producción de maíz en Estados Unidos, donde la cuarta parte de la cosecha de este año se usará como insumo en la destilación de etanol. Hace cuatro años, ese porcentaje era solo el 3 por ciento. Áreas muy grandes en el cinturón cerealista de Estados Unidos, antes mantenidas fuera de cultivo, han entrado en producción gracias a las enormes transferencias fiscales gratuitas a las destiladoras de etanol (crédito tributario de 51 centavos de dólar por galón de gasolina mezclada con un 10 por ciento de alcohol carburante), a la tarifa arancelaria de 54 centavos aplicada sobre el biocombustible importado y a la variedad de subsidios y regalos directos a los productores rurales. Los agricultores gringos conforman uno de los grupos humanos más prósperos sobre la tierra hoy día. El maíz goza de la estrategia del Gobierno y el Congreso norteamericano que busca duplicar la producción de etanol entre el 2006 y el 2012, “por razones de seguridad nacional” en la diversificación de las fuentes energéticas. Y los demás cereales viven una situación de altos precios, sin precedentes en la historia, y este hecho nada tiene que ver con la historia del etanol. La caña de azúcar en Brasil es la otra referencia frecuente. Sin fórmula de inventario, los buscadores de demonios dicen que la selva amazónica está muriendo a manos de la expansión desmesurada de la producción brasileña de caña de azúcar para la producción de etanol. La verdad, sin embargo, es que las regiones cañeras no pertenecen a la Amazonia. Es insensato afirmar que el etanol desplaza la producción de alimentos en Brasil. Cincuenta millones de brasileños sufren hambre cotidiana, pero la solución no consiste, simplemente, en aumentar la oferta de alimentos a cambio de bajar la producción de etanol. Si Brasil no produjera etanol, habría allí más gente con hambre. El problema es la capacidad de compra de los pobres. Querámoslo o no, prevalecen los imperativos de la economía de mercado. En medio de la agitación por la crisis de los alimentos, Jean Ziegler, un alto portavoz de la ONU, dijo que ella tiene que ver con la especulación en las bolsas de bienes primarios (lo cual es cierto) y con la expansión de los biocombustibles, lo que resulta absolutamente desproporcionado. El hombre llegó a decir que este es un crimen contra la humanidad: perfecto para un titular de prensa. Solo que nada se resuelve con esta simpleza, dicha desde un alto sitial. '' Una franja de la opinión mundial los ve como los culpables del hambre que ahora se cierne sobre centenares de millones de personas.WILABR

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