Bogotá cada vez más festiva

Quiero referirme a un tema muy serio y muy rico. Tan serio, que puede llegar a paralizar la ciudad. Pero -paradoja- a paralizarla por el exceso de movimiento de las multitudes de personas que quizá, hasta dejen suspendidas sus cosas en las casas. Y tan rico, que es un tema para degustar con todos los sentidos.

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agosto 03 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-03

Es tan complejo y tan extraordinario, que no me atrevo a dar la cara, no porque se me caiga de vergüenza, sino porque, de pronto, en algún momento, deje entrever su contrario. Porque hay quienes dicen que de este tema no se debería hablar, sino más bien cantarlo, vivirlo y dejarlo vivir. Claro, el tema es ni más ni menos, que la fiesta, el festival, la feria, el jolgorio, la juerga, el fandango, la fanfarria, la congratulación, el ferretreque, el festejo, el festín y el festón, la rumba, el baile, la verbena, el guateque, el zarandeo, el zafarrancho. ¡Ah! ‘El Carnaval’, y se saborea la música la pura lujuria de esas palabras, que desde la A hasta la Z contienen la sinonimia de lo único que en el mundo no necesita del juego de palabras ni la metáfora para describir lo que es, porque fiesta es fiesta. Sí. Hasta este raudal de palabras, como un santoral, tiene cada una sus infieles devotos, a quienes les vale nada cambiar de santo... La fiesta que es, como diría alguno de nuestros grandes pensadores carnavalescos, todo lo contrario de lo que no es fiesta... ¿cómo qué? como la dura condena adámica al trabajo de sol a sombra; la fiesta, que se opone a la adusta y sombría tragedia de lo cotidiano; la fiesta, ese poder legítimo cuya fuerza consiste en ironizar de tantas formas; la fiesta, aquel aliento que adelgaza los linderos de la discriminación; ese gesto abierto que incluye las diversidades -lo cual es su sentido y su forma-; ese frenesí que provoca el abrazo fraterno o el encuentro espontáneo y franco. La fiesta, esa comunión de la vida, la materia de la reconciliación, el encuentro y el reencuentro, la risa y la felicidad. La fiesta, la festividad, lo festivo, que es si no, lo que nos hace humanos, lo que más nos acerca a la humanidad. Pero como no todo es gratis en la vida, la fiesta también tiene su precio, el que hay que pagar con creces para poder participar en ella: la fiesta vale su peso en alegría, cuesta gestos risueños, cobra poses livianas, disfraces ligeros, mascarones. Por eso, hay que ser previsivo y empezar a ahorrar desde ya, para dilapidar más tarde. Pues con ello, nos estamos auto-invitando el viernes 11 de agosto al Desfile del Carnaval, a partir de las 12 del día del Parque Nacional a la Plaza de Bolívar, convirtiendo la Séptima en el gran escenario de la reconciliación que es nuestra Bogotá sin indiferencia. Para que el carnaval aligere los cuerpos y le suba la temperatura a los deseos, para que la fiesta de la diversidad no nos sorprenda distintos, para que las comparsas y los bailes truequen creativamente y los torneos no sean sólo algo bonito para ver, sino para celebrar y participar y sobre todo para que, en los parques, en las calles y avenidas, en los cuatro puntos cardinales, el carnaval de la vida alce su voz contra los monstruos del miedo y la guerra.*** Martha Senn Directora Instituto Distrital Cultura y Turismo Hay quienes dicen que de este tema no se debería hablar, sino más bien cantarlo, vivirlo y dejarlo vivir”.

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