Brasilia cumplió 50 años como capital del Brasil

El 21 de abril de 1960, el entonces presidente de Brasil Juscelino Kubitschek, un líder amoldado al desarrollismo de la época, inauguró oficialmente la capital que sustituiría a Río de Janeiro, una ciudad exuberante de playas y paisajes paradisíacos muy distante física y visualmente de la nueva sede administrativa.

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abril 24 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-24

En el paraje desértico en que se levantó Brasilia, sólo había el día de la inauguración una gran cantera, un hospital y la Plaza de los Tres Poderes, en la que se constuyó el imponente Palacio presidencial de Planalto, la sede del Congreso Nacional y el edificio del Supremo Tribunal de Justicia. También existía ya el cine Bandeirantes, uno de los pocos espacios de recreo que tenían los obreros y en el que la mayoría de las películas exhibidas era de vaqueros, escenificadas en un Lejano Oeste pero muy cercano a aquel seco paisaje brasiliense. UN CRUCE DE CAMINOS La inauguración en medio de esa precariedad y el frenético hacer de los obreros coronó, sin embargo, el sueño de Kubitschek de llevar la capital hacia el centro del “país continente”, que es Brasil, para fomentar el desarrollo en regiones olvidadas desde la colonización portuguesa y promover el futuro más allá del litoral Atlántico. Los biógrafos de Kubitschek dicen que buscó el sitio durante meses. Sobrevoló todo el centro y el noreste del país hasta que un día vio desde el aire un cruce de caminos de tierra roja, hasta entonces poco frecuentados, y dijo: “Será allí”. El Gobierno convocó un concurso nacional para elegir un diseño que se adecuase a una obra de tales proporciones y acabó eligiendo el presentado por dos de los mejores arquitectos de la época: Lúcio Costa y Óscar Niemeyer, fervientes estalinistas y seguidores de Le Corbusier, que había influenciado el ideario de ambos. La construcción de esa ciudad imaginada por el Consejero imperial comenzó en 1956 y supuso trasladar a unos 60.000 trabajadores hacia el inhóspito paraje elegido por Kubitschek, donde fueron alojados en frágiles casas de madera de polvorientos campamentos ubicados en los alrededores de las obras. Recuerdan algunos ancianos que, además del cine, las pocas distracciones estaban en bares y burdeles que florecieron al mismo tiempo de la llegada de más obreros, en su mayoría oriundos del todavía hoy empobrecido noreste. SUDOR Y SANGRE Como ocurrió en todas las obras monumentales desarrolladas a lo largo de la historia, la construcción de Brasilia también costó un número de vidas que nadie sabe precisar y que la historia oficial no registra. El cineasta Vladimir Carvalho recuperó esa historia en el filme Conterrâneos Velhos de Guerra, en el que mediante diversos testimonios afirma que, en el campamento de la constructora Pacheco Fernandes, decenas de trabajadores fueron asesinados por agentes de Policía enviados para poner fin a una huelga. Las autoridades siempre negaron la matanza, aunque admitieron que hubo “un muerto y tres heridos” en el incidente. En el filme de Carvalho, sin embargo, los obreros que estaban en el lugar dicen que los muertos se sumaron por decenas y que sus cuerpos fueron cargados en camiones y volcados en los profundos pozos de las fundaciones. PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Brasilia hoy supera el millón de habitantes, una cifra que sube a casi tres millones con las llamadas ‘ciudades satélites’, en las que vive la población más pobre. Pese -o tal vez por eso mismo- a ser muy diferente del prototipo de urbe tradicional, en 1987 la Unesco la proclamó parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad, en un reconocimiento único para ciudades construidas en el siglo XX. La capital tiene unos índices de seguridad propios de países desarrollados y un nivel de vida que contrasta con otras regiones del país. Existe acceso pleno al agua potable, y adecuados servicios de saneamiento básico. En las ‘ciudades satélites’, la realidad es otra y cunden la inseguridad y los problemas de servicios básicos como el transporte público, caótico y casi inexistente tanto en Brasilia como en esas localidades vecinas. Óscar Niemeyer Brasilia es, además, un verdadero museo a cielo abierto de la obra de Óscar Niemeyer, quien, pese a cumplir 102 años en diciembre pasado, sigue en activo y se mantiene como un mito de la arquitectura del pasado siglo. En el ‘plan piloto’, como se conoce al proyecto original trazado en forma de avión, están muchas de las mejores obras del centenario arquitecto, como el Palacio Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores; el Palacio de la Alvorada, residencia presidencial; o la Catedral de Brasilia. En muchos de los monumentos que proyectó para Brasilia, Niemeyer dio rienda suelta a su pensamiento político y grabó con sutileza la impronta comunista. ADRVEG