Toda una calamidad

“Una calamidad sin precedentes en Colombia”. Así, con esas palabras, describió Juan Manuel Santos, el pasado martes en la noche, los efectos de la ola invernal que ha perjudicado a buena parte de los departamentos del país, y que está lejos de terminar. Es cierto que avalanchas como la de Armero, hace un cuarto de siglo, dejaron un saldo muy superior de muertos, mientras que terremotos como los que asolaron al Eje Cafetero y Popayán destruyeron más edificios, pero en este caso, la cifra de damnificados rebasa todas las anteriores. Según el Gobierno, ese número supera los 1,7 millones de personas, a lo que hay que agregarle 277.000 viviendas averiadas, 200.000 hectáreas de cultivos bajo el agua y 40.000 reses ahogadas.

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diciembre 09 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-12-09

Aparte de lo anterior, están las catástrofes como la del barrio La Gabriela, en Bello (Antioquia), cuyo siniestro saldo ha vuelto a poner de presente que buena parte de los asentamientos urbanos se encuentra en áreas de riesgo a las que hay que prestarle mucha más atención. El motivo es que los fenómenos climáticos derivados del calentamiento global hacen que aumente el nivel de alarma en un país rico en agua, que tiene una geografía difícil y variada. Con razón, al hacer una proyección de las naciones que más peligros enfrentan por cuenta del efecto invernadero, la Organización de las Naciones Unidas ubicó a Colombia en la lista de los cinco con más vulnerabilidades. Pero la reacción ante la amenaza exige comenzar por las urgencias. Ese fue el propósito del Ejecutivo al declarar la Situación de Desastre en el país, al igual que la Emergencia Económica, Social y Ecológica a que se refiere el Artículo 215 de la Constitución. Dicho Estado de Excepción fue adoptado inicialmente por 30 días, que pueden prorrogarse por 60 más, con el fin de expedir decretos con fuerza de ley, para hacer traslados presupuestales, crear y fortalecer los entes encargados de atender la emergencia o adoptar tributos temporales para financiar un emprendimiento, cuyo costo supera, de lejos, el billón de pesos. Aunque todavía faltan las disposiciones precisas, el objetivo es claro. En una primera fase se trata de salvar vidas y darle atención humanitaria a cerca de 330.000 familias, muchas de las cuales lo han perdido todo. Ese esfuerzo implica la construcción de albergues temporales, la entrega de ropa y alimentos, al igual que la provisión de servicios médicos y de asistencia a quien los necesite. Semejante labor no es fácil de coordinar, pues requiere que las diversas instancias a nivel nacional, departamental y municipal, se entiendan entre sí, y que quienes resulten socorridos sean los que realmente lo demandan. La segunda etapa tiene que ver con la rehabilitación de vías, diques, jarillones, escuelas y otros edificios. El propósito en este caso no sólo es devolver la infraestructura a la situación en que se encontraba antes de que comenzaran las lluvias, sino tomar correctivos tendientes a evitar nuevos episodios cuando vuelvan a subir las aguas. Eso exige una impecable gerencia en la cual se definan bien las prioridades, para que las obras se realicen con transparencia y respetando los estándares técnicos fijados. De tal manera, tanto los entes estatales, como la ingeniería, tienen ante sí un desafío formidable. Finalmente, está prevista una labor de reconstrucción que el Gobierno define como la más ambiciosa de todas. Si bien en este caso será preciso volver a tender puentes y recuperar carreteras, quizás lo ideal es que haya un énfasis en la mitigación, que no es otra cosa que poner en práctica aquel dicho que afirma que ‘es mejor prevenir que lamentar’. Eso implica la actualización de los mapas de riesgo, tanto en zonas rurales como urbanas, lo cual puede llevar a la necesidad de trasladar a barrios enteros fuera de las áreas en peligro. La justificación es clara en el corto y en el largo plazo. De un lado, la pluviosidad en el país debería disminuir durante diciembre y enero, pero todos los modelos indican que los aguaceros torrenciales estarán de vuelta cuando empiece la primera temporada invernal del 2011, por lo cual hay que reaccionar ya. Y más hacia adelante, los disturbios climáticos recientes sugieren que ‘La Niña’ seguirá visitando a Colombia, un motivo adicional para hacer de la actual crisis una oportunidad que consiste en corregir los errores del pasado y prepararse para la ola de chaparrones que viene. "Más allá de la decla- ración del Estado de Emergencia, es bue- no recordar que ‘La Niña’ seguirá visitan- do a Colombia, un motivo adicional para hacer de la actual crisis una oportunidad".ADRVEG

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