‘Calientasillas’ en las juntas directivas

‘Calientasillas’ en las juntas directivas

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octubre 20 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-10-20

Integro una junta directiva con dos miembros que, durante el año pasado, han dicho y hecho muy poco. Pese a ello, ambos fueron reelectos por unanimidad con el apoyo del comité de nominación. ¿Qué piensa? Nombre retenido, Nueva York Nos dice que dos ‘calientasillas’ en su junta directiva acaban de ser reelectos por unanimidad. ¿Significa eso que usted también votó en favor de ellos? Si lo ha hecho, no se preocupe. No es el único miembro de una junta directiva que debe soportar una persona ineficaz o disfuncional. No es cuestión de preconizar la desaparición de las juntas directivas. En su conjunto, añaden valor real. Pero éstas suelen tolerar con frecuencia desempeños preocupantes de uno o dos de sus miembros. Es simplemente poco cortés erradicarlos. Y es por eso que, lamentablemente, muchas juntas directivas, del sector público como del privado, no efectúan la contribución plena que deben hacer. Para señalarlo con más claridad: no estamos hablando acerca de la conducta de una junta directiva que es criminal. Con escasas y célebres excepciones, las juntas directivas echan a cualquiera que no respeta la ley. No, estamos aludiendo a la conducta de ciertos miembros de la junta directiva, que, aunque perfectamente legal, es también destructiva. Hay al menos cinco de esas conductas que, según nuestro conteo son contraproducentes. Comencemos con el tipo de mal miembro de la junta directiva descrito en su carta: El que “no hace nada”. Algunas de esas personas están demasiado ocupadas con sus propias empresas, otros directorios o sus vidas en general, para preocuparse por una junta directiva en particular. Algunos carecen de un auténtico interés. Y otros no quieren hacer olas para proteger sus empleos. Con un salario de entre 25.000 y 100.000 dólares en el mundo de las corporaciones, ser un director puede representar una buena suma de dinero. En el sector privado, el prestigio suele ser la recompensa. Quienes nada hacen tampoco cuestionan o investigan en el curso de reuniones, o se atreven a internarse en la empresa para tomarle el pulso, o chequean para asegurarse que lo que escuchan en la sala de conferencias acerca de valores y de estrategia coincide con los sentimientos de los empleados. Pero si bien quienes no hacen nada resultan seres desagradables, hay otro tipo más peligroso en nuestra taxonomía, el que alza la ‘bandera blanca’. Esas personas viven aterradas de que se las involucre en algún tipo de controversias, como una demanda de un grupo de personas o la protesta de los activistas. Les falta coraje, un atributo primordial de cualquier buen miembro de una junta directiva. Cada vez que surge un desafío público o privado, contaminan la sala de conferencias reclamando zanjar una disputa, inclusive si eso significa vender los principios para eludir la mira telescópica. Por cierto, en ocasiones, una junta directiva debe zanjar una disputa, pero nunca antes de examinar los hechos en su totalidad. Tal proceso crea una cultura de confianza entre la gerencia y la junta directiva, y es solo en tal medio ambiente que pueden y deben asumirse los riesgos. ‘El cabalista’ es la tercer clase de mal miembro de una junta directiva. Suele ser una persona que actúa con tranquilidad en las reuniones, y que en ocasiones respalda a la mayoría. Pero luego, postula su causa entre bastidores, creando aliados para concretar otra agenda, la de él. En muchos casos, buenos miembros de una junta directiva logran acallar a esos practicantes de intrigas de palacio. Pero en ocasiones, un cabalista es su propio comité ejecutivo. El resultado es la existencia de una junta directiva dentro de una junta directiva, que actúa en secreto y controla todo. Y eso convierte al resto de los directores en ciudadanos de segunda clase. Tal dinámica afecta la mayoría de los cerebros de la junta directiva una gran pérdida pero también socava la relación de la junta con la gerencia. Los ejecutivos nunca saben si un miembro de la junta directiva está hablando en su nombre, en nombre de toda la junta directiva, o en nombre de la pandilla de conspiradores. Los buenos directores se concentran en el panorama en su totalidad. Eso incluye la sucesión y la estrategia. En cambio, basta considerar lo que hace el cuarto tipo de transgresor, el ‘entrometido’. En lugar de reunirse con talentos potenciales y discutir la dinámica de la industria, los entrometidos lo traban todo discutiendo detalles operacionales. Parecen olvidar el hecho de que los miembros de la junta directiva están allí debido a su conocimiento, no para controlar diariamente lo que se hace en una empresa. Y luego, está el ‘predicador’. Se trata de una persona que se cree muy importante. Le gusta escucharse a sí mismo. Y pontifica sobre ‘asuntos de estado’, como eventos mundiales, tendencias sociales, la historia de la empresa, o su área de experiencia. Como los entrometidos, los predicadores distraen a las juntas directivas de las verdaderas labores, irritan a sus colegas. Como miembro de una junta directiva, es más fácil permitir que un grupo de personas que nada hacen se queden allí hasta su jubilación. Y también pueden tolerarse algunos que alzan la bandera de rendición mientras otros lidian con la crisis. Pero imagine qué bueno que sería si los comités que designan miembros de una junta directiva, y cuya tarea es investigar a potenciales candidatos, se enfrentasen con los casos difíciles que tienen sentados frente a ellos. Después de todo, nadie puede mantener la mejor conducta de una junta directiva sino la propia junta directiva. Jack y Suzy Welch son autores del libro ‘Winning’. Puede enviarles preguntas por correo electrónico a Winning@nytimes.com. Con escasas y célebres excepciones, las juntas directivas echan a cualquiera que no respeta la ley. No estamos aludiendo a la conducta de ciertos miembros que aunque legal, es destructiva”.

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