El campus de la pachanga

Muchos de estos ambientes poco académicos y nada saludables, tienen horario de pachanga. Abren lunes y martes, pero desde el miércoles el asunto se prende. Jueves, viernes y sábados son días candela.

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abril 29 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-29

¿Qué no han hecho las universidades para erradicar el entorno de parranda que las asedia, y en el que un grupo de sus estudiantes sucumbe a la esclavitud semanal del licor y ofrece deplorables espectáculos de beodez, violencia y lujuria? ¿Qué no han hecho para que los escandalosos amplificadores y la bulla exaltada no enmascaren los riesgos de drogadicción, promiscuidad, abuso y robo que acechan a colegialas y universitarias?

Lo más reciente que implementaron con la Secretaría de Gobierno de Bogotá fue una carrera atlética. La llamaron 'Metámonos un pique, deja el alcohol atrás', y la inscribieron por tercera vez en el marco de la campaña 'Entornos académicos y culturales saludables', que trata de proteger a colegios y centros de estudio del embudo vicioso que se chupa voraz a niños y jóvenes.

Muchos de estos ambientes poco académicos y nada saludables, tienen horario de pachanga. Abren los lunes y los martes, pero desde el miércoles el asunto se prende. Jueves, viernes y sábados son días candela. Entonces, una masa crítica de jóvenes, estacionados casi todos en una edad vulnerable y con escasa capacidad de tolerancia al fracaso y al espejismo de la sociedad de consumo, se toma estos lugares.

A las cinco de la tarde hay fuego en el aire y en los cuerpos, y ese volcán estalla convertido en embriaguez, situaciones aparatosas y en una algarabía que hace tortuoso el vecindario e imposible la convivencia con familias y niños. Entre los jóvenes, acecha el maloso de la droga, de la prostitución. La producción de basura y el deterioro de los espacios públicos son evidentes, para no hablar de la perturbación del tráfico y el entorpecimiento de la circulación peatonal.

En estos lugares, como en otros espacios privados, la promoción del licor y el cigarrillo es el recurso de muchas empresas para paliar el veto en los medios de comunicación. Con ambos, una sociedad como la colombiana vive una relación ambigua, de toma y dame, de pecado necesario para financiar obligaciones del Estado. Yo me alcoholizo, hijo, para que el departamento pueda educarte.

No se trata de desconocer la realidad económica de estos lugares, en los que se genera empleo y se crean diferentes opciones de consumo. Se trata de regularlos, de responsabilizarlos, de alejarlos definitivamente de las universidades, de erradicar la vida subrepticia de muchos y de no negociar la seguridad real en las condiciones de funcionamiento de todos (¿Tienen las reglamentarias salidas de emergencia, una adecuada distribución del espacio, una infraestructura sanitaria y de circulación del aire?).

No se trata, tampoco, de coartar opciones individuales, sino de generar labores de cultura y persuasión, de pedagogía, junto al ejercicio de la autoridad. Precisa un estudio de la Universidad Nacional que la composición genética de los colombianos nos hace altamente proclives al consumo de alcohol. Y ahí vamos, como el tercer país que más chupa en Latinoamérica.

Pero salir de clase y encontrar la cantina, mientras los padres trabajan para pagar el semestre...

Pregunta: ¿por qué se vende licor y cigarrillos en las droguerías?

cgalvarezg@gmail.com

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