‘El carbón no tiene futuro y Colombia deberá prepararse’

Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Columbia, considera que abrir nuevas áreas para la explotación del mineral puede ser riesgoso para el país y advierte que el cambio climático colombiano es un asunto que no puede ser pasado por alto.

‘El carbón no tiene futuro y Colombia deberá prepararse’

Yomaira Grandett

‘El carbón no tiene futuro y Colombia deberá prepararse’

Finanzas
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junio 19 de 2015 - 03:02 a.m.
2015-06-19

Cuando Jeffrey Sachs habla, la gente lo escucha. Así sucedió este jueves en Cartagena, cuando el profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York y director del Instituto de la Tierra, se dirigió a los delegados que asisten a la Convención Bancaria.

En su intervención, el experto internacional tocó temas como la pobreza, la innovación o la desigualdad, pero hizo sobre todo énfasis en el cambio climático, al cual Colombia debería prestarle mucha atención, en su concepto.

Por su trabajo en este campo, el académico fue informado de que es el próximo recipiente del prestigioso premio Planeta Azul que le será entregado en Tokio en octubre. Sobre este y otros temas, Sachs habló en exclusiva con Portafolio.

¿Cuál es su visión de la economía global?

Como un todo, es el periodo más normal desde 2008, porque las cosas están volviendo a su cauce. Pero hay una gran incertidumbre, y es cómo Europa maneja la crisis griega. Frente a esto hay decisiones muy importantes que tomar.

Considero que sería un error si Grecia es forzada a salir de la Zona Euro, pues habría repercusiones negativas no solo en el Viejo Continente, sino en todo el planeta.

¿Qué tanto le debería preocupar a Colombia la crisis griega?

Si Grecia cae en una moratoria de su deuda -algo que puede pasar si Alemania sigue con una postura intransigente-, no sería solo una crisis nacional, sino que se extendería a la Zona Euro. También habrá unas presiones sobre otros países que son percibidos como débiles en esa región, porque cuando se tiene presión en una unión obligatoria y uno de sus miembros sale o se pone en riesgo, se afecta la confianza. Europa es uno de los tres centros de la economía global y se está desempeñando relativamente mal. La recuperación empezó el año pasado, pues el Banco Central comenzó a actuar en una forma más coherente. No obstante, un escenario como el que describo generaría tempestades que se sentirían en todas partes, incluyendo a América Latina.

¿Qué otros elementos destaca de lo que pasa a nivel global?

El resto del mundo está creciendo a una tasa razonable. Asia se ha desacelerado, pero China todavía avanza al 7 por ciento. En cuanto a la caída en los precios de las materias primas, ha afectado a países exportadores como Colombia, pero no es un gran choque en todo el planeta.

En general, las políticas monetarias de los bancos centrales son expansivas y por eso las condiciones de liquidez se mantendrán vigentes. Las acciones están en niveles de precios altos. Hay un montón de negocios, con compras, fusiones y emprendimientos, de manera que no creo que estemos en una crisis, sin desconocer la situación de Grecia. Pero si se adoptan políticas sensatas y modernas, la economía global recuperará el rumbo en el mediano plazo.

¿Qué le inquieta?

Sobre todo los asuntos de largo plazo: el cambio climático, la pobreza extrema, la inequidad. No son temas macro ni se resuelven de un año a otro, ni tampoco en una década.

El mundo está negociando tres grandes acuerdos en los próximos meses, uno es para el desarrollo financiero sostenible, otro es la adopción de metas en crecimiento sostenible y el tercero es una negociación sobre cambio climático, que es importante para cambiar la perspectiva global. De todas maneras, la situación no es tan mala y creo que en el largo plazo hay retos, pero también oportunidades.

¿Comparte la impresión de que América Latina perdió sus años de esplendor?

La región crece más lento porque los términos de intercambio se deterioraron, pues es el mayor exportador de alimentos y minerales del mundo. Esos precios habían estado en niveles récord durante la última década, pero las supercondiciones ya no están, porque las cotizaciones de las materias primas cayeron, y el crecimiento alto de China –que sobrepasó el 10 por ciento– no va a volver.

Pero en conjunto, soy optimista frente a la región y considero que esta no es proclive a caer en una crisis profunda. En la última década se han hecho avances en inversión y en educación, pero hay preocupaciones, como pasa con la situación política en tres de los grandes países: Brasil, Argentina y Venezuela. Al tiempo, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, la mayoría de Centroamérica y México tienen asuntos estructurales para resolver, pero han sido bien manejados y deberían seguir progresando.

¿Cuáles son los desafíos?

La estructura productiva debe depender menos de los bienes primarios y tiene que ser más diversificada y basada en la tecnología. Después de un boom de materias primas, que fue muy importante es claro que ahora no se está sintiendo muy bien, pues los presupuestos se han apretado. Hubo muchas buenas noticias en la región en el pasado reciente y si bien ya no son tantas, soy optimista todavía.

¿Por qué el cambio climático es prioridad?

Es un tema clave. Nuestras investigaciones muestran que es un asunto que debe tomarse en serio porque existen muchos riesgos, como que el nivel de los océanos está aumentando. Pero ha sido difícil enfocarse en eso, porque hay otros factores que despiertan más interés. Aunque no es fácil llegar a consensos, el reto es encontrar nuevas formas de hacer negocios, organizar las ciudades y generar energía en forma distinta, favoreciendo fuentes limpias y renovables.

El carbón es el tercer producto de exportación de Colombia...

Existe consenso en que hay muy poco futuro para el carbón. No es algo inmediato pero pasará. Es una gran preocupación, y solo se mantendrá si se crean tecnologías para utilizarlo en forma limpia. Creo que abrir nuevas áreas para la explotación de carbón será riesgoso para el país, incluso desde el punto de vista netamente financiero. Colombia debe estar alerta de que el mundo se moverá lejos del carbón. Eso está pasando en Estados Unidos, que es el mayor socio comercial colombiano.

Si Colombia no tiene futuro en carbón y sí en otras energías, ¿a qué se refiere?

Hay potencial en energías renovables. En el país buena parte de la generación es hidroeléctrica y hay muchas oportunidades de desarrollar nuevos proyectos en la zona andina. También debo mencionar posibilidades en geotermia, al igual que en energía eólica y solar en el Caribe. Eso requiere evaluaciones ambientales muy profundas, pero no dudo de que las posibilidades están ahí.

¿Cómo hacerlo?

Le sugiero al Gobierno que haga un estudio serio con los mejores científicos e ingenieros del país sobre las fuentes de energía renovables, qué se puede hacer para usarlas, y cómo se pueden almacenar lo que se genere.

Una buena ingeniería es el siguiente paso pero, como hay riesgos, es necesario combinarla con expertos en clima. De todas formas, el futuro es prometedor e incluso Colombia puede no solo proveer su propia energía, sino que puede ser un exportador muy importante. Para hacerlo, la tecnología existe y aunque aún no es comercial, en algunos años podrá serlo. Menciono por ejemplo la opción de capturar el dióxido de carbono y producir combustibles líquidos que no sean fósiles, sino sintéticos.

¿Cómo ve la lucha contra la pobreza sobre la que tanto ha escrito?

Nadie tiene una varita mágica para hacer que todo el mundo pase a pertenecer a la clase media en el 2030, pero sí se puede reducir la pobreza extrema a cero. Y ese debe ser el foco porque esa es la pobreza que mata: cuando no se tiene acceso al agua potable, a la alimentación básica, a la salud. Y esto tiene que acabar, para lo cual se requiere voluntad.

Eventualmente, las fuerzas del mercado deberían hacer desaparecer la pobreza extrema, pero eso tomaría décadas porque muchas de esas personas ni siquiera hacen parte del sistema de mercado. Por eso señalo que no hay que depender del crecimiento económico para realizar las tareas que hagan falta. No es fácil porque muchos de los ricos no están de acuerdo en destinar algo de sus recursos para eliminar la miseria, pero es un tema de voluntad porque al final de cuentas no es algo que puedan resolver los economistas y ni siquiera el Papa. Esta es una obligación moral de la humanidad.

O sea que no se trata de dinero...

El problema no es el dinero, aunque claro que se requiere y hay mucho disponible. Creo que al menos el 1 por ciento de los recursos del segmento de altos ingresos bastaría para lograrlo, pero eso no es fácil de lograr. Me impresiona que en las sociedades más prósperas es más fácil conseguir fondos para la guerra, que al final no deja nada, que para este propósito.

La inequidad está creciendo en el mundo y Latinoamérica ha mejorado pero todavía le falta mucho...

Mirando el coeficiente de Gini, que es el mejor indicador individual, se ve que en los países escandinavos este es de 0,3, mientras que en Colombia supera el 0,5 y en Estados Unidos está entre 0,45 y 0,5 por ciento, lo que es alto para un país de ingresos elevados.

La estrategia es preguntarse si un niño que nace en un hogar pobre tiene oportunidad de avanzar en la escala social o si va a ser pobre. En Estados Unidos la respuesta es que sí hay una alta probabilidad de que quien nace pobre se mantenga pobre.

¿Qué se puede hacer?

El acceso a nutrición y educación para cada niño es el punto de partida. Y si no se tiene todo lo que uno desea, al menos un mínimo de buena educación secundaria y alguna formación adicional. De lo contrario, los únicos trabajos disponibles no serán suficientes para salir de la pobreza. Esto es resultado de otras inequidades en mercados, en calidad de vida, en poder político. Hay que preguntarnos cómo veremos a la sociedad en quince años. En Suramérica las cosas han ido en la dirección correcta, especialmente porque la gente de origen pobre puede acceder a mejor educación, pero como un todo la calidad del sistema educativo no es buena y hay muchas brechas en esa materia.

¿Eso explica el rezago en innovación?

Cuando uno mira las comparaciones internacionales, América Latina no ocupa un lugar alto. Las diferencias son grandes en materia de matemáticas y ciencias con los países asiáticos. Hay una gran tradición en esta región de producir buenos artistas, literatos y diplomáticos, pero no científicos ni ingenieros. Los profesionales sobresalen en otros campos. Y la innovación comienza con las ingenierías.

¿Cuál es su visión sobre Colombia?

Este es un país que quiero mucho. Tiene mucho potencial, es diverso, cuenta con varias ciudades grandes que pueden ser de clase mundial y él ha estado bien manejado por años, con gobiernos que han sabido lidiar con crisis muy complejas.

Pero la paradoja es que si bien es uno de los países más moderados de la región en términos políticos, ha sido el que ha tenido la violencia más profunda en su historia. Y eso no es excusa porque la mayoría de problemas que uno ve aquí están en otras naciones. Todos los esfuerzos que se hagan para mejorar en este frente, serán un gran impulso para el país.

¿Cuál puede ser el dividendo de la paz?

La paz siempre va a tener dividendos, empezando por la disminución del sufrimiento a nivel individual, que es incuantificable. En el plano económico, Colombia había sido vista como peligrosa para la inversión y esa imagen ha cambiado marcadamente en la última década. No obstante, si el conflicto acaba como producto de una negociación vendrá un impulso enorme. Eso atraería a muchas empresas de afuera que verán las posibilidades que tiene una nación diversa con un mercado interno que es importante.

Ricardo Ávila Pinto
Director de Portafolio